La ablación de Malaika

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Por Editorial junio 7, 2018  más artículos

 

Malaika se encontraba sentada mirando a los niños jugar, eran los niños de su pequeña tribu ubicada en Malawi en la que toda su familia vivía, excepto ella que vivía en una casa de refugio. Se encontraba allí porque su familia la quiso casar con un hombre de cincuenta años para convertirla en la segunda esposa de este. Cuando ella tenía tan solo doce años intentaron el casamiento aunque legalmente está prohibido, a la familia de Malaika no le importó y quisieron casarla a la fuerza.

Cuando ella estaba preparada para casarse, viéndose hermosa con las ropas diseñadas por las manos forjadas en la lucha de las mujeres del pueblo, pero realmente su rostro no podía cambiar, estaba lleno de tristeza ya que lo único que quería hacer era estudiar, Malaika no quería casarse y esperar que su vientre fuera fértil para poder engendrar, en su cuerpo de niña, otro niño, que nacería y viviría alimentado de miseria y dolor. Si quería ser lo suficiente buena mujer debía darle descendencia a su marido y de este modo solo le esperaba una vida vacía y dentro de su cuerpo miles de quejas que jamás fueron dichas. 

Nada le pertenecía a Malaika, ni su propio deseo, ese le pertenecía solo a los hombres. Las mujeres de su tribu se lo demostraron cuando tuvo su primera menstruación, a los once años, practicándole una ablación. Esto es un rito que va pasando de generación en generación basándose en la mutilación parcial o total del clítoris, con objetivo de eliminar el placer sexual en las mujeres, argumentando razones culturales, religiosas o cualquier otro motivo no médico. Esta pérdida va acompañada de traumas psicológicos. Hay mujeres que mueren desangradas o por infección en las semanas posteriores a la mutilación, ya que se realiza casi siempre de manera rudimentaria, a cargo de curanderas o mujeres mayores y con herramientas como cuchillos o cuchillas de afeitar. Es por eso que ese día Malaika miró al techo de paja de la choza en la que vivía y tan solo deseó por primera vez morir, fue el único deseo que se le permitió sentir durante su vida, pero no fue dicho en voz alta ni mucho menos llevado a cabo. 

Un año después se encontraba sentada junto al que sería su esposo y padre de sus hijos, el hombre que en cuestión de horas le iba a quitar lo que quedaba de ella y sus sueños por completo. La humillación era tan grande... su cuerpo yacería inmóvil en el suelo, mirando al techo de la choza que sería de ellos, entonces desearía morir nuevamente... mientras él disfrutaba de su cuerpo muerto por dentro, en el que solo pasa sangre desgraciada y castigada por pertenecerle a un cuerpo femenino, por dentro sentiría la revolución jamás realizada y la esperanza, la guiaría hasta el último minuto de su vida.

Malaika es la realidad de miles de mujeres que sufren en el mundo esta mutilación. 

Ellas gritan en silencio, el feminismo tiene que ser su voz. 

Alimentando un futuro sin violencia, en que las tradiciones no castiguen a las mujeres.

 

                                                                                                                                                     Colaboradora: María Martínez

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Foto de portada: mejor con salud