Lo siento, pequeña

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Por Editorial noviembre 28, 2017  más artículos

 

Lo siento. Comienzo así esta carta que dedico a todas las mujeres que he vejado a lo largo de mi vida, pero en especial a ella, a la que hice su vida imposible. 

Han pasado más de 10 años. Ella, probablemente, no me habrá olvidado. Me tendrá grabado a fuego por todo lo que le hice. Y la entiendo. Yo también me odiaría. Yo también me odio. Me desprecio por todo lo que le hice.

Yo tenía 17 años. Ella, 15. Era preciosa. Seguramente, ahora será una bella mujer por dentro y por fuera, no me cabe duda, aunque por suerte para ella, no hemos vuelto a vernos. Cuando comenzamos a salir, ella era mi tercera novia. Yo, para ella, el primero. 

La quería con locura. Pensaba todo el tiempo en ella. Le decía constantemente que era mi vida, la persona más importante. Y así lo era, así lo sentía. 

Nos conocimos de fiesta, aunque nos veíamos a diario por el instituto. Teníamos amistades en común. Pero esa noche, por fin fue mía. Sí, así lo creía yo. Atrapada en mi red para siempre. Las chicas que había conocido antes eran todas unas auténticas guarras y sus amigas no iban a serlo menos. Pero ella era distinta. Era dulce y recatada. Más de una vez discutimos por su ropa. Iba de compras con sus amigas y la liaban para comprarse bodys y shorts minúsculos que yo odiaba. Joder, mucho menos minúsculos que los de ahora. 

Un día, estando en su habitación mostrándome toda la ropa que había comprado, comencé a decirle que por qué ahora iba a empezar a vestirse como una puta con lo guapa que era tal y como era. Ella rompió a llorar. Fue la primera vez que le rompí el corazón. Fueron muchas más, por desgracia.

Su mejor amiga no me hacía ni puta gracia. La absorvía mucho. Al principio, cuando yo quedaba con mis colegas, me parecía bien que ella estuviera con sus amigas, pero cuando fui conociendo por boca de ella las cosas que hacían, empecé a odiarlas y a conseguir que mi chica también lo hiciera. Finalmente, se peleó con todas y comenzamos a salir en pareja con un colega mío y su novia que, aunque era idiota, no me suponía ningún problema, al menos de momento.

Pero el problema llegó. Los dos primeros años transcurrieron entre el bachillerato y las clases de piano, así que estaba muy ocupada estudiando y atendiéndome a mí. Poco tiempo tenía para lo demás. Su madre era una mujer sencilla que no se metía en nada. Trabajaba como una mula para sacar adelante a sus tres hijos, de los que mi chica era la mediana. El padre de familia, desaparecido en combate, era de los que se fue a comprar el pan y no volvió jamás. Un desgraciado. 

Su hermano mayor se convirtió en uno de mis mejores amigos. Pasábamos muchas tardes encerrados en casa fumando porros mientras mi chica y su hermana pequeña estudiaban o ayudaban a la madre en la casa. Él jamás levantó un plato de la mesa, y yo no iba a ser menos. Nos reíamos de las dos mientras limpiaban la casa y nos jodían la partida pasando por delante de la tele. Yo, cada vez, me fui haciendo un lugar en su casa y abandoné a los míos. Mis padres eran un coñazo, propio de mi edad pensar así de ellos, solo me exigían que estudiara, que trabajara, pero por lo demás, me consideraban un cero a la izquierda, pasaban del hijo rebelde que no echaba cuentas a lo que le decían. Ella me ayudó a terminar mis estudios y comenzar una carrera. No acabé tan mal como iba pareciendo. 

Pero aquí comienzan los problemas. Hasta el momento nos habíamos relacionado con poca gente. En su casa era un hombre más de la familia, con tres mujeres que hacían todo en casa para tenernos como reyes. Ella era un tesoro. Mi tesoro. A veces, me burlaba de ella, pero nunca lo hacía con mala intención. Yo era así de gilipollas. Me hacía gracia dejarla en evidencia, reírme de ella y menospreciarla, pero siempre entre bromas, siempre con un achuchón final que le demostraba lo mucho que la quería.

Nos graduamos. El mismo año. Fue un año con nuestros más y nuestros menos, pero bonito. Yo terminé con un 5 raspado, pero terminé, que es lo importante. Ahora, 10 años después, pienso, qué imbécil. Si me hubiera dedicado a mí en lugar de estar pendiente de la vida de mi chica, mis notas hubieran sido más resultonas. Ella sacó un 8 de media. Siempre había sido una alumna de 10, pero entre el conservatorio y mis mierdas, no pudo llegar al máximo para estudiar lo que quería, medicina. 

No me gustaba cuando quedaba los fines de semana con sus compañeras de clase y compañeros para hacer trabajos o estudiar. Yo no quedaba con nadie, como mucho con mi colega del alma, pero ella siempre tenía algún moscón rondándole. "Solo somos amigos", me decía. "Y una mierda", le contestaba yo, "Es un tío, yo sé cómo te ve y lo que quiere de ti". Sí, era gilipollas, ya lo he dicho antes.

Al final acabó haciendo sola el trabajo y la penalizaron por ello. Hubo más momentos muy jodidos cercanos a exámenes muy importantes, y siempre por lo mismo. Ella tenía la culpa de todo. Ella había cambiado las reglas del juego sin avisar. Ella, ella. Nunca yo. Yo era el indignado, el dañado, el humillado por una novia que no se tomaba en serio esta relación que iba a durar toda la vida.

La noche de la graduación pasó mucho más. Ella estaba hablando con sus amigos de clase y uno de ellos la agarró por la cintura y ella, en lugar de apartarse, se apoyó en su hombro mientras reía. Me iba a volver loco. Yo estaba al otro lado de la pista de baile y eran más mis ganas de gritar y matar a alguien que la posibilidad de llegar al otro lado. Cuando por fin me planté delante de ella, el amigo había ido a por otra copa. La cogí del brazo y la saqué fuera. "¿Te das cuenta de que vas a conseguir que mate a alguien? ¿Qué coño hacías ahí rozándote con ese capullo? ¿Delante de todo el mundo?" Ella reía y decía que no me preocupara, que era uno de sus mejores amigos, que estaban hablando de los exámenes finales, de lo duro que había sido todo, bla, bla bla. Yo ya no la escuchaba. Estaba ciego de odio, de rencor, de sentirme como un imbécil al que una niñata había dejado en vergüenza delante de todo el mundo.

Le di una bofetada en ese mismo momento. Bueno, fue una hostia, de las de verdad, que bofetada suena muy delicado. Pararon las risas, comenzaron a brotar las lágrimas. Salió corriendo. Le dije que si se iba, se arrepentiría, que todos sabrían cómo era en realidad, una sucia puta. Sí, esas fueron mis palabras. No lo pensaba, pero quería hacerle daño. Quería que volviera.

Pero ella no volvió. Me bloqueó de todo, móvil, redes sociales. Fui a su casa. Tenía allí media vida. Su hermano me abrió la puerta y me rompió la nariz de un puñetazo. Salí de allí llorando y pidiendo perdón desde lo lejos. 

Después del verano, me fui a estudiar a la Universidad. Alquilé un piso con dos amigos y comencé a vivir mi vida. Salía de fiesta siempre que podía e intentaba llevar la carrera adelante. Mis padres me habían dado un ultimátum. Conocí a más chicas, la mayoría de una noche, lo que catalogaba como "más guarras". Después, empecé a salir con una chica, muy maja, pero con mucha mala hostia. Discutíamos todo el tiempo, y esta vez era ella la que me la liaba si salía con mis amigos, me miraba el móvil. Estaba obsesionada con que le pusiera los cuernos. En varias ocasiones me pegó alguna hostia y me dijo que ni se le ocurriera pegarle que eso era machista. No pensaba volver a cometer ese gran error. Estaba recibiendo lo que me merecía, la vida era la que me estaba devolviendo la hostia que te di a ti.

Una noche que salí con mis amigos me encontré contigo. Te dije que era el destino, que no la había olvidado, que tú seguías siendo mi único gran amor. Tú me creíste. Ya habías dejado a un lado la bofetada, que sonaba así de delicada entonces, y seguían brillándote los ojos cuando me mirabas.

Volvimos durante tres años más. Jamás volví a tocarte, pero sí volvieron los celos, las acusaciones, las prohibiciones. Mierda y más mierda. Cuando finalizaste los estudios, te marchaste de mi vida para no verme más. Te fuiste de un día para otro y solo me dijiste que no querías ser más mi vida, que no querías vivir así. Te fuiste sin más. No te detuve. Esta vez no necesitaste un hermano mayor que me rompiera la nariz. Me abandonaste como merecía, fuiste fuerte y te fuiste a vivir tu vida. Esta vez yo no necesité darme cuenta de lo que había perdido. Ya lo sabía, la había cagado una y otra vez, con comentarios, con humillaciones, con vacíos, con demasiadas cosas para cualquier persona. Nadie debería aguantar eso, jamás, por mucho que lo quieras. El amor no es para siempre, a no ser que te lo curres para que lo sea, y seas bueno y ames bien, no como hice yo contigo. 

Nunca olvidaré cuando te forcé a hacerlo por primera vez amenazándote con que si no lo hacíamos ya, me iría con otra chica porque no iba a esperar por ti pudiendo tenerlo tan fácil. Fui un imbécil. Fui un guarro. Ahora sé que te violé. Pero ni cuando tú me dejaste por segunda vez era consciente de todo esto. Ahora me doy cuenta de que eso no era amar, te veía como algo de mi posesión.

Soy consciente ahora, después de muchos años y de muchos casos que van dando transparencia al asunto del machismo, se va viendo como lo que es, un auténtico asco, una aberración para la dignidad de la mujer. Cuento todo esto para que los gilipollas como yo que me lean se den cuenta de que así no se trata a nadie, de que si quieres a una chica la tienes que querer libre, que no se ama más por centrarse más en una persona, que no se respeta más por no hablar con nadie, por no relacionarse con el mundo. Y que se puede poner los shorts más cortos que quiera, joder, que el problema está en tu puta mente de perturbado. 

Pasé varios años solo, sin pareja, conociendo a alguna chica que me duraba poco porque creo que rápidamente me fichaban como ser indeseable. Y no las culpo. Llevaban razón. Es lo que había sido y parecido toda la vida. Pero fui aprendiendo, dándome cuenta de lo idiota que podía llegar a ser con comentarios simplemente. Me convertí en un hombre independiente y en un hombre con cabeza. Maduré y aprendí de las amigas que fui haciéndome en el camino, mujeres que ya no sufrieron mi machismo.  

Hoy tengo 36 años y vivo en pareja con una mujer maravillosa y nuestra niña pequeña de un añito, el verdadero amor de mi vida. Mi pareja es feminista, como afortunadamente cada día más mujeres que despiertan de la lacra machista que llevan a cuestas desde que nacen. Ella ha sido la que me ha dado la mayor hostia de mi vida y sin manos. En realidad, la hostia me la he dado yo contra el suelo cuando me he visto dentro de ese sistema patriarcal que tanto me repite, que tantas veces le he dicho que yo no era así, que yo siempre he tratado bien a mis parejas, no más allá de alguna discusión o enfrentamientos por opiniones diferentes (era mi forma de ocultar mi claro machismo reflejado en sus ojos). "Cariño, tú eres machista, todo en tu entorno lo ha sido, o te das cuenta o te vas a la mierda". Y me di cuenta. La hostia de tu hermano fue la primera que me espabiló, tu abandono fue la segunda que me hizo estar solo muchos años, madurando y llevándome golpes de la puta vida. La hostia más hermosa me viene ahora acompañada de dos preciosas mujeres que me aman y que se sienten y se sentirán libres siempre, tanto si deciden permanecer a mi lado como si no. 

Y, vosotros, cabrones que vejáis, maltratáis y matáis a las mujeres que os dan sus vidas porque así se lo hacéis ver, espero que esta carta os haga ver lo despreciables que sois y que si no os dáis cuenta por vosotros mismos, ya os darán la hostia que os merecéis. 

 

Lo siento, pequeña. Cuántas veces te dije esta misma frase. Cuántas veces no fue verdad. Esta será la última vez que te lo diga para que te reconozcas en ella y sigas valiente tu camino, como hiciste aquel día. Esta vez, de verdad, desde dentro. 

Lo siento por haber sido tan imbécil, tan inconsciente, tan machista, tan poco hombre.

 

Testimonio de un lector anónimo que bien podrías ser tú.

Foto de portada: pinterest