Ya no tengo miedo al cáncer

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Por Editorial octubre 19, 2017  más artículos

 

Un día recibí una llamada telefónica del hospital donde suelo hacerme las mamografías. Acababa de tener mi revisión anual y 48 horas después me citaban de urgencia para la unidad oncológica del hospital. Traiga zapatillas, una bata y venga acompañada. Al ser algo tan repentino, decidí ir sola por no asustar a nadie de mi familia.

Mi cabeza daba vueltas, suelo ser una persona centrada y no me gusta alarmarme antes de tiempo. Estaba claro que algo habían encontrado. Me hicieron la biopsia y era un tumor de carácter maligno. Yo siempre le he llamado el bicho. Los médicos nunca nombran la palabra cáncer, siempre le llaman de formas más académicas, adenomas, fibromas, carcinomas, melanomas. Parece que las pacientes vamos a afrontar las cosas de otras maneras por el simple hecho de cambiarle unas letras.

Yo decidí llamarle cáncer desde el principio y, de esta manera, con el tiempo, quitarle el hierro y el dramatismo al asunto. Mis hijas se aterrorizaron, mi familia también y, al final, me vi consolándoles yo a ell@s, explicándoles que el cáncer no es lo que era antes, que se cura en la mayoría de las veces y que, a lo sumo, me dejarían con una medicación crónica para toda la vida y que seguiríamos mucho tiempo junt@s.

Mientras veía que ell@s se relajaban, yo me comenzaba a tensar por dentro. Mi padre había muerto de cáncer de pulmón, y yo ya había tenido episodios con algún melanoma que se me había extirpado con anterioridad. Pero no dejaba de ser un hecho aislado.

Después de salir del hospital, me fui a comer sola, pedí una gran ensalada como las que me gustan a mí bien completas, una chuleta de ternera y un buen postre. Creo que era la primera vez que me iba a comer a un restaurante sin tener la compañía de nadie. Comí lo que quise y disfruté de ese momento como nunca antes había hecho.

A partir de ese momento, mi vida cambió para siempre, dicen que puedes hacer vida normal, pero no es verdad. Una vez que empiezas con ese periplo de médicos, es muy difícil salir de él.

Me hicieron una mastectomía parcial. Durante un tiempo estuve bien, pero el bicho que es muy listo, ya había encontrado otro sitio de mi cuerpo donde clavar sus dientes. El cáncer de mama se convirtió en linfoma de no hodking, un tipo de cáncer silencioso rápido y agresivo.

No quiero hablaros de los demás, sino de los cambios que se han operado en mí desde entonces. De repente, todo ha dejado de tener importancia, los problemas cotidianos me parecen pequeñeces que se pueden resolver. La mayoría de las ocasiones, solo es cuestión de tiempo y paciencia. Llevo un reservorio clavado en el pecho por donde me ponen la medicación y la quimioterapia.

Se me ha caído el pelo, y cuando me miro al espejo desnuda a veces me entra la risa floja porque me recuerdo a un bebe gigante. Lo peor no son los mareos, ni siquiera los dolores que a veces me entran por los brazos. Lo peor es este frío que me recorre el cuerpo y que no sale de él.

He tenido varios ingresos por estar neutropénica, no tener ni una sola defensa. Viene todo el mundo a verme, me traen cosas que no puedo comer y flores que no pueden estar en la habitación. Con las mascarillas puestas les observo divertida porque parece que ellos me empujan, me dan ánimos, me dicen que no me rinda.

No entienden que esto no es como una carrera de fondo, sino que es, más bien, saludarle a la mañana y prepararte para cómo será el día, cuántos fármacos te van a dar, cuántos trozos te van a quitar de la piel, del cuerpo, de la sangre.

Un día más para contar en el calendario, para dejarme cuidar por todas estas enfermeras fantásticas y estas médicos que luchan junto a mí, que no se rinden, que prueban cosas nuevas. Médicos que se niegan a perder y que yo pierda.

Pienso en las que salen de esto, lo valientes que son y el regalo tan grande que tienen. Pienso en mí, en lo valiente que soy y en el regalo que me ha dado la vida. Una vida plena que me ha enseñado a amar, que me ha traído de todo; penas, alegrías, emociones y placeres. Sin dejarme ni un recoveco, sin un solo hueco por recorrer. Y que pase lo que pase, seguiré viviendo a través de los míos, de mis hijas, de mi nieto. Me llevarán en sus genes y me repetiré en sus risas, en sus gestos, en una especie de extraña eternidad. No tengo miedo. Ya No.

Dejé de fumar hace años y doy gracias porque si no el tratamiento habría sido mucho más duro de llevar. Planteároslo seriamente, dejad de fumar, nutrid vuestro cuerpo con productos lo más naturales posibles y procurad ser felices. El bicho tiene una extraña atracción al sufrimiento interno. Y si un día llega, nadie os podrá quitar eso.

El mundo por montera y que nos quiten lo bailao. Carpe Diem.

 

María.

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Foto de portada: pinterest