Vuelven los tiempos oscuros

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Por Nieve Cruda octubre 3, 2017  más artículos
 
 
Yo nací en una época en la que la guerra fría hacía estragos en un mundo convulso por las crisis económicas y las décadas de reconstrucción por las diferentes guerras. Dentro de mis pesadillas infantiles se manifestaba la amenaza de un petardo nuclear. Un hongo devastador que lo arrasaba todo. En mis terrores nocturnos la piel se derretía y ardía al estilo Sarah Connor en Terminator II.
 
En mi época no había centros comerciales, ni marcas blancas, ni cuarenta opciones de cosas. Si te ponían gafas eran de pasta horrendas que te dejaban un sentimiento de Torcuata que te duraba toda la vida. Con unas grandes distorsiones perennes de la realidad aumentada. El cine costaba muy poco, nos pegábamos en la calle y al rato éramos tan amigas. Había dos bloques, dos bandos, los buenos y los malos. Los indios y los vaqueros, las princesas y las reinas malas, las vírgenes y… todas las que dejamos de serlo.
 
Heredé de las anteriores generaciones el miedo. Un miedo impreso en el ADN, no sabes que existe pero está ahí. Lo detectas cuando la abuela cierra la ventana para hablar de temas políticos, no sea que alguien escuche algo. Lo detectas cuando tienes que volver corriendo del colegio porque en la radio han anunciado violaciones a mujeres por parte de grupos fascistas. Cuando la secreta ha matado de un tiro en la nuca a un vecino en el entresuelo del edificio. Lo detectas cuando las bombas explotan y hacen saltar por los aires la razón y la esperanza.

Al crecer pasé por tres estados:

La depresión de la generación X (como dice una amiga somos viejenials): Aquella en la que sientes una desidia total y piensas que nada puede ser cambiado.
 
El velo del hedonismo: Yo, solo yo y nadie más que yo. Sexo, drogas y mucho rock and roll.
 
El despertar del dragón: Esto ocurre cuando se produce la fractura interna, cuando tu pensamiento se divide y se recoloca. Se multiplica y acoge todas las corrientes. Las corrientes se pelean entre si haciendo que tu perspectiva se convierta en miles de algoritmos con posibilidades infinitas.
 
Después de vivir esta especie de destrucción mental e ideológica, nace un ser nuevo. Nace la visión sin sesgo. La visión que no es de nadie más que la tuya propia.
 
La que no puede ser arrastrada por ningún tsunami, la que no puede ser destrozada por ningún engranaje del sistema.
Llevo 48 horas sumida en un dolor intenso, en un ir y venir de  recuerdos. Cosas enterradas, cosas olvidadas. Los viejos cadáveres que siempre apestan en algún rincón de nuestra memoria.  Zombis post modernos que se levantan clamando cerebros. Con sus alaridos, sus sonidos inconexos e incomprensibles. Cerebros dormidos, corroídos, podridos por el agua estancada del status quo.
Y llega el shock, el shock de la información incesante que no nos deja pestañear que nos mantiene clavados al sillón. Que hace que nos hierva la sangre y nos cueza por dentro. En una implosión nuclear de dentro hacia afuera. Mis pesadillas infantiles se hacen realidad. Cortinas de humo. Mientras damos palos de ciego el diablo obra en silencio. El diablo conjura, negocia  y se regocija. La mentira se instaura como verdad única, pretendiendo usar  nuestras emociones como sables afilados contra nosotros mismos.
 

Despues del shock cualquier cosa nos parecerá mejor, más amable. Líneas rojas cruzadas que hacen de este camino un viaje sin retorno.

Tiempos oscuros que vuelven cíclicamente para recordarnos que no hemos aprendido un ápice de nuestra historia como seres humanos.

 
Si te has criado en territorio comanche y has visto y oído cosas viviendo como normal la represión ejercida por el Estado. Porque te lo mereces como pueblo. Porque soñar otras realidades es una felonía. Y en tu banda sonora vital se encuentran las pelotas de goma silbando en los oídos, los controles policiales con palos incluidos: Sabes de lo que hablo.
 
Cuando te han pedido que te definas y tú no has querido hacerlo porque nunca estabas ni de un lado ni del otro. Cuando la política establecida te la suda porque no encuentras nada que te identifique ni te abandere. Porque no crees en un sistema que te pone un bozal y tira de la cadena que te rodea el cuello hasta que saques tres metros de lengua: Sabes lo que nos jugamos.
 
Cuando te deslizas  en un tablero de ajedrez, donde una mano invisible mueve las piezas. Enroca, devora a los otros. Enfrenta negras contra blancas. Con sus reyes y reinas bien protegidos por la caballería y sus torres de marfil.: Sabes que tú también eres peón igual que lo somos nosotras.
 
Y acabo citando a Martin Luther King:
 
“No somos enemigos sino amigos, no debemos ser enemigos. Si bien la pasión puede tensar nuestros lazos de afecto, jamás debes romperlos. Las místicas cuerdas del recuerdo resonarán cuando vuelva a sentir el tacto del buen ángel que llevamos dentro.”
 
 
Foto de portada: Thomas Roberts