Rohingyas: el pueblo sin tierra

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Por Editorial octubre 5, 2017  más artículos

 

Hay ocasiones en las que los motivos para la discriminación ya no importan, el resultado es que los ricos sigan disfrutando de aquello que les está siendo negado a la gran mayoría que se conserva pobre, y no solo económicamente hablando.

En este caso volaremos hacia Birmania, ese lugar que no todos ubicaremos a voz de pronto en un mapa pero que existe, late y hoy sangra como cualquier otro de los que estamos acostumbrados a oír mencionar por ser vecinos más cercanos o porque su poder nos es más relevante. Colindante con China, Laos, Tailandia, Bangladesh e India, Birmania es más grande que España, aunque a ti siga sin sonarte. Hay un dicho que dice “lo que no se menciona, no existe”. Esto podría pensar el millón de rohingyas de los que seguramente no hayas oído hablar hasta hoy.


En esta República de la Unión de Myanmar, nombre por el que también es conocida Birmania, ubicada en Asia, se desarrolla una gran injusticia que, justificándose en variables basadas en la creencia religiosa, conlleva a que se permita la matanza sistemática a modo de limpieza étnica de cientos de personas que no son consideradas ciudadanos de pleno derecho y, no solo esto, sino que son asesinados y expulsados por su raza llegando a plasmar uno de los genocidios más impactantes aún en acción.

Los rohingya, este pueblo originalmente de Bangladesh, ha cometido el “pecado” de ser musulmán en un territorio (Birmania) con mayoría budista y controlado por militares. Ellos confirman que provienen de los indígenas de Rakhine (antiguo Arakan), otros indican que son migrantes musulmanes de Bangladesh que tuvieron que emigrar a Birmania mientras se sucedía la ocupación británica. Este rifi y rafe entre su procedencia ha desembocado en una situación insostenible desde 1948, siendo víctimas de tortura, negligencia y represión.

Entre los derechos reprimidos encontramos que no tienen autorización para casarse o viajar si no cuentan con un permiso específico dado por las autoridades. Llevando esta censura a su cúspide es impensable que a cualquier ciudadano, en su propio país y basándonos en el sistema de mercado capitalista en el que estamos sumidos, se les niegue el derecho a poseer ni tierras ni propiedades.

Los budistas están en pie de guerra contra los musulmanes rohingyas por las revueltas provocadas por los cambios políticos y sociales. Estos últimos suponen el 5% de la población birmana, aunque tengan retirados muchos de los privilegios que les corresponden como habitantes del país. En su caso, tienen la natalidad controlada por lo que no se permite que una familia pueda tener más de dos hijos. Estas diferencias no se dan solo en cuanto al credo, sino que se han extrapolado al día a día, creando un clima de desconfianza y desinformación que realmente no beneficia a ninguno de los afectados directos.

Han sido acusados de provocar este odio contra su pueblo incluso siendo el segundo estado más pobre de Birmania. Pero el hilo de la historia nos lleva mucho más atrás, pudiendo apreciar una rivalidad histórica comparable a la de los sunitas con los chiítas. El objetivo de todas las vidas sacrificadas por el camino bajo diferentes excusas es mucho más ambicioso y no responde a otro que a la expulsión de esta comunidad del territorio birmano. Tras el velo del miedo se esconde la política y la economía cada vez que interesa. Naciones Unidas los describe como uno de los pueblos más perseguidos del mundo, una minoría “sin amigos y sin tierra”.

 

Ante semejante panorama que parece sacado de un argumento de cine malo, la ONU y varios organismos defensores de los derechos humanos, con acceso restringido y controlado en la zona, están pidiendo a las autoridades birmanas que revisen su Ley de Ciudadanía establecida desde 1982 para considerar a los musulmanes rohingya como birmanos. Hoy en día, hay quienes les llaman “musulmanes bengalíes” dotándolos del mayor desprecio que pueden desprender.

  BBC

Los militares excusan sus actuaciones con otras, supuestamente cometidas por los extremistas rohingyas. El pasado 18 de septiembre, la líder birmana, Aung San Suu Kyi, tuvo la oportunidad de usar su cargo y su poder para bloquear los ataques contra toda esta vejada comunidad. La Premio Nobel de la Paz no asume las informaciones que le indican los abusos militares ni las publicadas por Naciones Unidas por lo que, de momento, sigue sin tomar cartas en el asunto, aunque los militares, por su parte, sí lo han hecho y la han encarcelado.  

Mientras, diversos líderes mundiales barajan la posibilidad de intervenir en Birmania para dar una solución a ese millón de rohingyas que vive en condiciones infrahumanas en pos de su bienestar dándoles alimentos, un lugar en el que poder permanecer y atención médica. Esta situación ha provocado la indignación de otros 13 Nobel de la Paz que. mediante una carta conjunta, han reclamado al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas una actuación inmediata para evitar un genocidio mayor.



 

Fuentes: 20Minutos   
               ABC
               Amnesty.org
               BBC
               BBC
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