Preguntando se llega a Roma

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Por Q septiembre 17, 2017  más artículos

Capítulo I

     Izu alzó la cabeza y divisó el ingente letrero que ocupaba la mayor parte de la entrada del supermercado, que decía así: “Supermás, más para todos”. Mientras leía esas palabras, sus oídos atendían al retumbante taconeo de su madre que llegaba apresurada desde el coche.

 – Izu, coge mi mano y no te separes ni un momento- le decía ella mientras ahogaba con todas sus fuerzas los delicados dedos del niño.

Una vez atravesado el umbral de puertas automáticas, el chico adentró la mano en el bolso de su madre y sacó en un instante con la agilidad de todo un experto en el arte del despojo una moneda que, poco después, introduciría en el carrito de la compra. Estando ya al volante del carro y con su madre de copiloto, se dirigió hacia la entrada de acceso al supermercado, donde a cada lado podía divisar una larga tirada de establecimientos de ropa, complementos y joyerías.

Al chico no le interesaban aquellos atavíos que, sin embargo, deslumbraban en los ojos de su progenitora. Así, de un volantazo, el pequeño adelantó su cuerpo hacia la sección de videojuegos. Su madre aún seguía ensimismada apreciando la estrambótica sortija central del escaparate de una joyería de lujosa apariencia, maquinando ya unos eficaces planes para persuadir a su gentil marido de regalársela por “buena esposa”.

Cuando su compleja mente dejó de dar vueltas examinando la excusa perfecta para extraer la tarjeta de crédito y entrar en aquella tienda, recordó que tenía un precioso hijo que, sin saber cómo ni cuándo, había desaparecido de su vista. Lo encontraría poco después probando un nuevo videojuego que se ofrecía como muestra en una pantalla de ordenador con el objetivo de embaucar mentes infantiles que se dejarían llevar con una facilidad pasmosa por el atractivo entretenimiento virtual. Así ocurrió con la cabecita de Izu, quien lloraba y pataleaba pidiendo a su mamá el dinero necesario para adquirir el tan deseado pasatiempo.

Tal y como su madre no había logrado hallar una buena excusa para comprar el anillo, ahora Izu no poseía recurso alguno para convencerla de la magnífica inversión. La madre, abrumada ante la desesperanza agónica del hijo, tiró del jersey de Izu y se lo llevó de una sacudida hasta la sección de congelados. Ella no hacía más que deambular de un lado a otro adquiriendo infinidad de productos que, más tarde, volvería a depositar en su sitio sin explicación aparente. 

     Desde allí divisó la señora una rojísima pierna de cordero de excelente jugosidad y, sin pensarlo ni un segundo, se adelantó hasta el aparato de los tickets para hacer cola en la carnicería.

Entretanto, Izu hacía lo posible por huir de las garras de la que se había convertido, ante sus expectantes ojos, en una loba intentando proteger lo suyo, en este caso, un pequeño lobezno que se mostraba atemorizado ante tanta fiera, y adelantar posiciones en la manada que allí se había congregado.

El niño volvía a insistir, en esta ocasión, con el fin de que su mamá le dejase marchar de allí y disfrutar, aunque fuese por unos momentos, del videojuego nuevo. Aquella loba le sugirió la idea de ir en busca de un producto determinado, el detergente para prendas delicadas.

 – ¿Cómo?- interrumpió Izu. -No quiero ir a por ninguna cosa rara y, además, no sé dónde está eso.

 – Cariño, no es tan difícil- continuó su ingeniosa madre con una frase típica de madre: -“Preguntando se llega a Roma”.

Izu recordó en ese mismo momento la lección de su profesor de Historia sobre la civilización romana, un tema que le había parecido muy atractivo y que, por aquel interés, aún lo retenía en su memoria. Así, sin pensarlo más, se dirigió a su madre y le dijo: – Vale, mamá. Me has convencido. Me voy a Roma. Luego vengo.

La madre ampliaba su sonrisa ante el desparpajo de un niño de nueve años que ella misma había traído al mundo. Su cara de satisfacción brillaba en la carnicería viendo perderse la figura difuminada de su niño en la inmensidad del mercado.

 

  @IRLOT

 

Capítulo II

Izu ya se adelantaba hacia el interior del mercado, donde debería encontrar el detergente o, según él, Roma. Este refrán había llegado a los oídos del chico como una brisa fresca de geniales ideas repletas de fantasía. “Roma,.. ¡qué sitio tan bonito!”, iba pensando él mientras recorría el supermercado.

Conocía bien la cultura romana, los vestidos y los edificios de la época gracias a las enseñanzas del profesor de Historia, don Custodio, un personaje sacado directamente del mundo clásico. Izu siempre hablaba de él en casa, incluso decía que solo le faltaba la túnica y el laurel de la cabeza para ser un romano auténtico.

Ya cuando don Custodio hablaba en clase, lo veía a este como al mismísimo Cicerón, recitando elogiosamente el tema del día con una retórica cuidada propia de un gran orador. Se imaginaba, en medio del aula, el tribunal romano en vivo y en directo precedido por este amable señor con inmensa barriga y con un “garbanzo” [1] en la calva.

Izu adoraba sus clases, sus historias extraordinarias, las esculturas conservadas del mundo antiguo que mostraba a sus alumnos, las fotos de lugares tan lejanos para él que le acercaban en papel impreso una realidad muy hermosa aunque ya deteriorada por el largo paso de los siglos. Él divisaba ahora en aquel “Supermás” todo ese mundo, ya no en ruinas, sino tan floreciente como entonces, tan magnánimo como nuestras mentes puedan imaginar.

Así, imaginando, vio Izu al torcer a su derecha, un increíble edificio que se salía de su propia vista. Era tan inmenso que, mirase donde mirase, solo hallaba a su alrededor arena y gradas de piedra. Era el anfiteatro romano, también denominado por muchos el Coliseo. Así es, él se encontraba por arte de magia, allí mismo en el primer pasillo, con el fastuoso Coliseo, totalmente reluciente, como el chico podía recordarlo por fotos y por la admirable recreación que había visto pocas semanas antes con su padre en la que se había convertido en su peli favorita, “Gladiator”.

Se situaba en el centro de los graderíos, en una plataforma de arena donde, en pocos minutos, se iba a celebrar un gran espectáculo presenciado por numerosos asistentes que ya comenzaban a ocupar sus lugares. Esta gente asistía con gran deseo por contemplar las más sangrientas imágenes. No se conformaban con las carreras que se daban en el Circo, cuya sangre allí derramada era un juego de niños respecto a lo que se cocía en el Coliseo.

Izu había visto ya en su película preferida luchas entre gladiadores, que ahora podía percibir en carne y hueso frente a él. Estos se situaban con gran rapidez en sus puestos, preparados para morir por Roma y pronunciando la continua frase de “Ave Caesar, morituri te salutant!” [2]. Izu observaba a algunos gladiadores corriendo sangrando para esquivar los golpes; otros eran azuzados a latigazos para que volvieran a combatir, pues estaban atemorizados. Cuando uno tenía en el suelo a otro vencido, reclamaba la opinión de sus espectadores y, entre la división de opiniones, el presidente de los juegos decidía la vida o muerte del perdedor y, pocas veces, salvó alguno la vida. Los esclavos retiraban al muerto y el vencedor recogía los aplausos del público dando una vuelta triunfal al anfiteatro. Tras esto, se daría lugar a una ejecución de algunos condenados a muerte arrojándolos a las fieras, por si el público aún no había quedado satisfecho de sangre [3].

En poco apareció allí mismo, junto al niño indefenso y cada vez más atónito, una inmensa bestia de medidas insospechables que procedía del foso subterráneo donde se ubicaban las jaulas de las fieras [4], dispuesta a devorar a un lánguido señor cuyo cuerpo formaría no más de una cuarta de la totalidad de la fiera.  

Ella gritaba furiosa, mientras él, con aspecto de no haberse percatado todavía del problema que se le venía encima, le daba la espalda a esta y observaba detenidamente una gran arca que se ubicaba junto a él. En su interior pudo divisar Izu, que no andaba muy lejos del despistado hombre, una gran variedad de latas de cerveza de todas las marcas, incluso pudiendo leer el niño entre las marcas algunas tan conocidas como “Cruzcampo”, “Heineken”, “Carlsberg”,.. Izu no entendía bien aquella situación, pero de lo que sí se daba cuenta cada vez más era del delirio de la señora bestia ante la indiferencia del hombre. Ella se postraba ante la arena tirando como podía de un ingente carrito de la compra [5]. Mientras, el público aplaudía, gritaba y hacía señas al hombre avisándolo de que pronto sería hecho pedazos. En ese instante, el señor se giró con mucha tranquilidad, y la fiera, aún más colérica, se abalanzó sobre él prohibiéndole la posibilidad de respirar.

El público se emocionaba ante aquella terrorífica imagen. El chico ya conocía las extrañezas del pueblo romano, pero verlo con sus propios ojos, le producía aún más pavor. La descomunal masa de la señora asfixió a aquel desamparado. Izu no fue capaz de ver más allá, y antes de ver derramada la sangre de la víctima, decidió abandonar la arena.

Él temía ser el próximo en probar la violencia de la fiera indomable y escapó en pocos segundos del gran anfiteatro. Una de las dos puertas que daban acceso a la arena, estaba entreabierta y pudo salir sin problema. En una situación habitual jamás hubiera salido de allí, sino hubiera sido en pedazos por la puerta por la que se evacuaba a las víctimas [6].

Miró por última vez hacia atrás y vio la lucha encarnecida entre engendro y mártir y, como fondo algo más agradable, el exterior del edificio organizado en cuatro pisos, separado por cornisas. Lo más hermoso, sin duda, era la admirable armonía que creaban las filas de columnas revestidas de mármol que formaban cada uno de esos pisos. Las curvas de los arcos de medio punto eran perfectas expresiones de un arte dominado por la sucesión de tres órdenes bien reconocidos por los entendidos en belleza: el toscano, el jónico y el corintio. Una última planta coronaba a las demás con una hilera de pilastras.

Al salir de allí, Izu respiró hondo y se introdujo en un nuevo camino. Este era empedrado y a cada lado se erigían filas de casas de poca altura con las puertas entreabiertas. Estas casas recibían el nombre de “domus” y, desde el vestíbulo, se podía ver el interior del atrio principal donde se situaba una especie de fuente a la que iba a parar el agua de lluvia [7]. Las mujeres patricias [8] salían al vestíbulo a charlar con sus amigas vecinas para informarse de las últimas noticias acontecidas en el barrio.

Izu paseaba por el camino empedrado observando las curiosas pinturas murales en las paredes de estas casas, donde podía leer en algunas la común frase: “cave canem[9] con la figura de un perro defendiendo la puerta de entrada.

Cuando ya llevaba buena parte de la calzada recorrida, se tropezó con un joven vestido de uniforme [10] que transitaba en dirección contraria al chico. Izu se alegró mucho al verlo, pues era la primera persona que le inspiraba confianza y cordura como para poder preguntarle sin miedo dónde poder hallar las termas romanas. Izu sabía que, sin duda, el detergente debería estar allí, donde los romanos se aseaban.

 – ¡Perdona!- detuvo Izu al joven –¿Puedes indicarme el camino hacia las termas?-

 – Sí si si si esta ta ta ta pasa sa sa san do do do la la la la la...

Después de un buen rato, aún estaba el chico intentando captar alguna coherente señal.

 – ¿Cómo dices?- interrumpió el niño estupefacto.

 – La la la pla pla pla zazazaza del del del del..

 – ¡Imposible!- dijo para sí Izu - no entiendo ni una palabra.

     Aburrido de tantas sílabas seguidas sin formar un solo término descifrable, pasó a observarlo detenidamente, mientras el pobre muchacho falto de locuacidad, intentaba explicarle al niño lo requerido por este. Observaba detenidamente al soldado que iba provisto de una coraza que revestía la diminuta túnica que le dejaba las piernas al descubierto y un casco en la cabeza. Llevaba en la mano izquierda un escudo y en la derecha una lanza.

Procedía de un cuartel muy cercano, que Izu podía divisar con perfecta nitidez desde su posición con solo esquivar la mirada del tartamudo. En la puerta del cuartel se levantaba la escultura del emperador Octavio Augusto [11] representado como un militar victorioso, con los pies descalzos y el brazo derecho alzado a la altura del codo saludando a sus soldados romanos.

Mientras el soldado seguía intentando formar una palabra clara, Izu pensaba en el poco estudio que este había realizado de la oratoria, pues se encontraba, sin duda, frente a la antítesis de su profesor don Custodio, al que había denominado anteriormente como el más grande de los oradores del mundo clásico, el Arpinate [12].

Este, en cambio, era un precoz soldado dedicado únicamente al mundo de las armas y desprovisto de la poca claridad necesaria para poder tan solo avanzar por un camino empedrado sin demorarse demasiado. Izu recordaba cómo su madre le reñía al no dedicar las suficientes horas a hacer los deberes y a la lectura. A partir de este momento, tenía muy claro lo que iba a hacer cuando llegara a casa.

– del del del del fo fo fo fo ro ro ro ro- acabó de decir el muchacho.

Algo entendió Izu a pesar del repetidísimo tartamudeo del soldado y, tras agradecerle el empeño demostrado para acabar la interminable respuesta, siguió el niño su camino hacia las termas.

 

(Anotaciones Capítulo II)

[1] El término de “garbanzo” hace referencia al nombre de “Cicerón” que, en español, posee este significado. Era un mote que se le dio a este personaje por la gran verruga que ocupaba parte de su calva y que se semejaba a un garbanzo por su tamaño.
[2] Esta frase era todo un himno para los gladiadores. Se acercaban al César y, alzando la vista hacia su palco pronunciaban estas palabras con el brazo alzado en forma de saludo: “Ave, César, los que van a morir te saludan”.
[3] Esta condena a muerte mediante el arrojo a las bestias recibía el nombre latino de “condemnati ad bestias”.
[4] Bajo la arena se ubica un foso subterráneo donde, además de jaulas de fieras, estaba la enfermería y el depósito de cadáveres. Durante el espectáculo permanecía el techo del foso cubierto con tablones de madera.
[5] En realidad, Izu está situado en uno de los pasillos del supermercado y se ha encontrado con un matrimonio. La mujer, que arrastra su carrito de la compra como mejor puede, se queja de la falta de ayuda por parte de su marido, quien permanece ensimismado ante la gran variedad de cervezas en el estante de las bebidas.
[6] En el eje del ruedo de arena se sitúan dos puertas, una en cada extremo. Por la primera entraban los gladiadores y, por la segunda, se evacuaba a las víctimas.
[7] La “domus romana” es la vivienda de los patricios. Es una lujosa y amplia mansión unifamiliar. La entrada recibe el nombre latino de “vestíbulo” y el patio principal con forma cuadrada se denomina “atrio”. Es una sala descubierta de recepción pública y, en su centro, se sitúa el “impluvium”, la fuente a la que va a parar el agua de lluvia.
[8] Estas son las mujeres de los patricios, personajes de buena posición social y económica en Roma.
[9] En español significa “cuidado con el perro”, frase que hoy día también podemos ver en las entradas de muchas casas.
[10] Se trata, esta vez, de un joven dependiente vestido con el uniforme propio del supermercado.
[11] Era habitual encontrar la figura del emperador en diferentes complejos, vestido de una particular forma dependiendo del lugar donde se fuese a situar. Si era en un templo, aparecía con atuendos propios de un dios. En este caso, nuestro protagonista lo ve en la entrada de un cuartel, de ahí que porte uniforme militar. Se hace referencia también a sus pies descalzos, un detalle que lo diviniza, puesto que así eran representados los dioses.
[12] Cicerón también recibe el nombre de Arpinate.

 

Capítulo III

Pasado el camino empedrado y el cuartel del que provenía el soldado tartamudo, llegó el niño hasta una espaciosa plaza rectangular situada en el centro de la ciudad [13]. Allí mismo, en el conocido Foro de Roma, confluía una multitud de personas, unas curiosas, otras ocupando sus cargos en la Curia y otras efectuando sus relaciones comerciales en la Basílica [14]. En el centro se situaban dos hombres bien dispuestos que conseguían acercar a su alrededor un ingente auditorio. Ellos debatían un tema muy disputado: el amor verdadero frente al amor vano.

Estos dos personajes habían ido juntos a comprar unos perfumes para sus mujeres con motivo del día de los enamorados [15]. El primero de ellos intentaba escoger para su dulce rosa el perfume más merecedor de acariciar su delicada piel.

 – Mi florecilla seguro que desea el perfume más fino y caro- decía para sí el enamorado incondicional. - Pues si eso es lo que quiere mi pichoncito, yo se lo regalaré.

Mientras tanto, el compañero que tenía a su lado derecho le observaba con rostro hastiado: – ¡Por favor, cuantas tonterías!- interrumpía este con su peculiar tono de agotamiento. -Yo le voy a comprar algo para que no se le ocurra asfixiarme como le ha ocurrido hace un rato a un compañero nuestro en manos de su enfurecida esposa.

 – ¿¡Cómo puedes decir eso!?- se indignaba el otro. – Mi mujer es el sol que alumbra mi oscuro mundo con su angelical mirada. Ella me proporciona el aire que necesito para respirar cada mañana. ¿Crees, así, que ella me impediría esta necesidad?

 – Pues claro, las esposas solo sirven para eso.- El angustiado marido seguía manteniendo sus ideas firmemente.

Entre tanto, Izu ya había llegado al centro de la plaza y había podido escuchar esta acalorada conversación. El marido angustiado criticaba a su esposa y contradecía las palabras de amor de su contrincante. El otro, sin embargo, defendía el amor puro, la pasión imposible de apagar a pesar del transcurso de los años. Hablaba alegremente y alzaba sus ojos al cielo azul como si allí mismo, en medio de la gran bóveda celeste, estuviera plasmada la imagen de su amada esposa.

 – ¡Qué hermoso es el amor!

 – Lo dudo  - interrumpía el compañero cada vez más disgustado subiendo el tono de su voz. –Tu juventud te hace pronunciar esas ingenuas palabras. Pasados unos pocos años, cuando tu bella señora se convierta en una foca gracias a los bombones que le regalas continuamente, me dirás cuánto la deseas.

 – Pero, por favor, amigo. - intentaba calmarlo el amante encarnecido – Tu mujer tiene que ser lo más importante de tu vida. Ten en cuenta que solo la tienes a ella en el mundo.

 – ¡Anda ya! Lo más importante es el fútbol y los provechosos coloquios que aquí tienen lugar. Piensa, muchacho, que el amor es vano y perecedero.

En ese momento interrumpió Izu a los dos oradores: – Perdonen, señores, ¿pueden decirme cómo llegar a las termas?

 – ¡Qué barbaridad! ¿Has visto, Tulio?- se sorprendía el orador de la discordia al ver entrar en escena un niño impertinente.

 – Sí, sí, Marco, ¡vaya!, ¡lo que hay que aguantar!- le respondía el orador enamorado que había pasado a formar parte del bando contrario por unos instantes.

 – Lo siento mucho, señores. Estoy perdido. ¿Me pueden decir cómo llegar a las termas? - insistía el muchacho.

 – Niño, ¿tú crees en el amor puro y verdadero? - el declamador invitaba a Izu a participar en la conversación.

Izu no sabía qué responder. No entendía bien el tema que allí se debatía. Para él, el amor era eso de juntar los labios y babearse como tantas veces había visto por la pantalla de televisión o en sus padres, algo aún más repelente si podía caber. El chico solo deseaba conocer el camino hasta el detergente que poco antes le había pedido su madre y marcharse a casa para hacer los deberes. Pero, ante la pregunta de estos dos combatientes de la palabra, el niño de nueve años recién cumplidos recordó a su compañera de clase, una preciosa niña de rizos negros como el azabache y ojos tan azules como el terciopelo celeste. Izu se sentaba desde el primer día junto a ella en el pupitre, pues por orden de apellidos así les correspondía. Ella se recogía sus enormes tirabuzones oscuros en una coleta a cada uno de los lados de su cabeza. Izu, que se sentaba a su derecha, se dedicaba a tirarle de la coleta mientras don Custodio o doña Mercedes escribían en la pizarra. La niña, ante las travesuras de su amiguito, sonreía abiertamente y le dedicaba una intensa mirada marina.

Izu permanecía boquiabierto, con cara de satisfacción observando el cielo, viendo en él los ojos de Paula, la niña que le derretía el alma, lo mismo que un helado de chocolate ante el brillante sol de la mañana más fogosa. Ahora comprendía de forma más clara el deseo de Tulio, el joven marido que soñaba con la mujer más perfecta y que tenía la gran suerte de poseerla cada noche bajo una manta de estrellas. Incluso podía entender esos baboseos entre labios, pues más de una vez se le había escapado un beso dirigido a las bermejas mejillas de la niña más guapa de su clase.

Los parleros insaciables lo observaban cautelosamente: – Bueno, ¿qué nos contestas, niño?- decía el impaciente marido cuyo amor se perdió cuando su mujer engordó quince kilos.

 – Bueno, yo,.. no sé qué decir. Bueno,.. en mi clase hay una niña,.. Paula…

 – ¡Lo sabía! - interrumpió Tulio, que se sentía satisfecho al comprobar la tendencia positiva hacia el amor por parte del pequeño. – No digas más, te comprendo.

– Sí, bueno, ella es muy simpática.- continuaba explicando Izu con un tono desapercibido y con una mirada plagada de timidez.

– ¿A qué es maravilloso? Y eso solo es el principio, muchacho.

– ¡Deja al chico en paz!!- el receloso tapaba con sus manos la boca de su acompañante y proseguía exclamando: – ¡Qué pena me das, chico! Tan joven y pensando ya en el mayor peligro para el hombre.

Tulio intentaba sonsacarle a Izu más información que le venía muy bien para defender su teoría del amor puro, y no mejor ejemplo que el de un niño con su primer cosquilleo. Mario, sin embargo, le convenía más que nunca el despachar al chico lo antes posible, pues sus argumentos comenzaban a perder fuerza entre el auditorio que ya murmuraba y afirmaba ante las palabras de su letrado combatiente.

 Así dijo este: – Bueno, bueno,.. No interrumpas más, niño insolente.

 – Perdone, no era mi intención. Ya me voy.

 – ¡Espera, chico!- alzó la voz Tulio para detener la marcha de Izu. - Hemos sido muy descorteses contigo. ¿No nos preguntaste algo cuando te acercaste aquí?

 – Sí, solo quería saber el camino hacia las termas.

 – ¡Ah! Muy sencillo.- continuó Mario, que comenzaba a sentirse algo culpable ante el tono elevado con el que había tratado al pequeño. - Sigue el camino hacia el Circo. ¿Lo ves desde aquí?

 – Sí- contestó Izu.

 – Bueno, pues al torcer a la izquierda tendrás frente a ti las termas.

 – Muchas gracias.

 – Si tienes algún problema en encontrar el camino sigue a tu corazón, él te guiará.- exclamó Tulio.

 – ¡Ya empezamos! No lo escuches, chico. Tú sigue el dinero, y corre.

 – Gracias. ¡Adiós!- repuso Izu comenzando a andar.

Los dos disertantes comenzaron de nuevo a batallar retóricamente aprovechando estas últimas palabras. Izu podía aún oír algunas voces lejanas puestas en boca del desenamorado: “Pero cómo le dices eso al chico. ¿Quieres que cometa nuestro mismo error y se case con una mujer hermosa con los bolsillos vacíos? Tú sabes que no vale para nada, pues al cabo de los años pierde el atractivo, y ya ni tenemos belleza y, por lo tanto, deseo, ni nada que llevarnos a la boca, excepto sus malgastados pechos. En buena hora me fui yo a unir con la foca de mi mujer, que solo me da disgustos. Me paso la vida trabajando para ganar unas perras con las que comprarle en este absurdo día un regalo igualmente absurdo…”.

Izu se iba alejando y su rostro iba adquiriendo una apariencia sosegada librándose del entramado verbal que en la plaza se seguía dando sin expectativas de acabar jamás.

Llegó finalmente a la entrada de las termas. Se trataba de un amplio espacio dotado de salas de baño, jardines, gimnasios, pistas de atletismo y una biblioteca. Era un enorme complejo deportivo muy frecuentado por gran número de romanos que iban a asearse, a mantenerse físicamente y a relacionarse socialmente. Izu observaba todo aquel entramado de ingeniería decorado por jardines llenos de colores intensificados por la luz de un sol radiante.

El chico se mezclaba con los bañistas de las termas, que se cambiaban los atuendos en los vestuarios [16] y se iban paseando por las distintas dependencias con medio cuerpo al aire y con una toalla cubriendo lo justo. El núcleo del balneario lo constituía la piscina de temperatura ambiente [17], donde Izu tenía claro que encontraría el detergente.

En el momento en el que se disponía a sumergirse en el agua para hallar su propósito, Izu recobró el sentido. Sí, encontró el producto requerido tiempo atrás por su madre, pero fue en el estante de productos de higiene, y no en Roma.

Las deslumbrantes termas repletas de azulejos de colores que el niño figuraba en su cabeza no eran más que unos cuantos estantes donde se ubicaban diversos productos de limpieza.

 

Vemos en nuestro personaje un anhelo por soñar. Izu se imaginó todo un universo repleto de fantasías inalcanzables dentro de nuestro mundo mortal. Los sueños de nuestra infancia, concretamente, los sueños de Izu, pudieron crear a nuestro alrededor todo un mundo idealizado que no va más allá de la pura ficción. Aún así, Izu soñó y disfrutó de su mundo perfecto, de su viaje que su enorme imaginación le llevó a vivir.

  Para todas aquellas personas que abren cada día su mente, dejándola volar por un cielo completamente azul, hacia un universo nuevo lleno de sueños inalcanzables; ese lugar que todos idealizamos individualmente, y que todos deberíamos plasmar en unas pocas hojas para recordarlo cuando la memoria falle.

   Para que la imaginación lejana de los niños que en nuestro interior perduran vanamente, no deje nunca de darnos esa luz que nos cobija en las noches más melancólicas y apagadas de nuestra vida.

Que nuestros sueños nos lleven hasta donde deseemos y que los infames miedos que nos acechan sean puras fantasías de las que los buenos autores escriben para fascinarnos.

  Los sueños son los mejores alicientes para que la realidad sea más hermosa.

 

(Anotaciones Capítulo III)

 

[13] Esa plaza rectangular que Izu imagina como el foro de Roma, no es más que el centro del supermercado, del que se tiene acceso a las distintas dependencias o pasillos.
[14] El Foro romano era una plaza situada en pleno corazón del tejido urbano, donde se manifestaba el poder político (Curia), comercial (Basílica) y religioso (Templo). En época paleocristiana, la Basílica pasaría a ser el templo religioso para los fieles.
[15] El día de los enamorados no existe en la época clásica. Se refiere al presente, a la realidad de Izu. Dos hombres van a comprar unos perfumes para regalarlos a sus esposas en el día de San Valentín.
[16] Los vestuarios reciben el nombre en latín de “apoditerium”.
[17] La piscina central a temperatura ambiente se denomina “frigidarium”. También había otras salas climatizadas con el nombre de “tepidarium” (agua templada” y “caldarium” (agua caliente).
 
 
 
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Foto de portada: @IRLOT