Narrativa patriarcal y madres: Magna Mater deorum idaea

Por The bloodymarys agosto 11, 2017  más artículos
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Este es el segundo artículo de la serie "Narrativa patriarcal y madres" 
 
 

Bloody

 
Siempre me han molestado los relojes y, desde pequeña, me he negado a llevar uno apretando mi muñeca, recordándome constantemente, con ese ruido apenas perceptible pero incesante, repetitivo e irritablemente rítmico, que somos esclavos de ese Dios invisible que nos dice cuándo levantarnos, cuándo comer, cuándo dejar de jugar… También sé que hay gente a quien le relaja llevar el tiempo constantemente pegado encima. Puede que sientan que, de esa manera, son ellxs quienes lo controlan, que siempre pueden ser más rápidxs que él, llegar antes a los sitios o, al menos, nunca tarde. En el silencio, las agujas del reloj retumban como mil tambores en mi cabeza, tambores lejanos, tambores que nunca cesan de tocar… Y nos movemos a su ritmo sin ni siquiera darnos cuenta, pensando que somos nosotrxs dueñxs y señorxs de nuestro tiempo.
 
El reloj social, ese reloj que marca nuestros tiempos durante nuestra breve existencia, que nos dice qué debemos lograr en sus diferentes etapas. Ese que hace que tantas veces se nos recuerde a las mujeres que “se nos está pasando el arroz” cuando en nuestros treinta y tantos aún no tenemos hijos. Ni siquiera se nos pregunta si los queremos. El deseo maternal es obvio, es un instinto, algo que toda mujer sana y en su sano juicio ha de aspirar a ser, Madre. La maternidad como aspecto crítico de nuestra feminidad. ¿Para qué hemos nacido si no para cumplir nuestro rol como madre, creadora, protectora de vida y cuidadora?
 

 
La presión del reloj social afecta tanto a hombres como a mujeres, pero las mujeres nos vemos especialmente presionadas porque nuestros cuerpos, y lo que sale o no sale de ellos, parecen ser asuntos de interés y dominio público. Se da por sentado que quien nace mujer, será madre culminando así su existencia en este planeta, transformándose a su vez en un ser asexuado. Las representaciones del amor materno como hecho instintivo e irracional que se manifiesta desde la infancia en toda mujer, predominarían en nuestra cultura. Sin embargo, ese instinto maternal es una de las muchas imágenes de la maternidad cultural y socialmente construidas.
 
La filósofa e historiadora francesa Elisabeth Badinter señala que el instinto maternal es un mito y que el concepto de amor maternal aparece en el siglo XVIII obligando a las madres a garantizar la educación de sus hijos y representando a su vez una exigencia para las mujeres a las que se les acusa de “malas madres” si no demuestran las formas de amor esperadas por la sociedad.
 
En la Antigüedad, la palabra “maternidad” no existía ni en griego ni en latín (Knibiehler 2000, 2001). No era un objeto de atención serio ni para los médicos ni para los filósofos. En las sociedades rurales de la Antigüedad y la baja Edad Media, la prioridad residía en la renovación de los grupos sociales y, dada la elevada mortalidad, se parían muchos hijos. La maternidad no era entendida como un compromiso con las necesidades de afecto en el niño, sino como función procreadora y el trato a los hijos difería según su utilidad económica, como trabajador o posible aporte a través de alianzas matrimoniales. Los niños eran poco valiosos, adquiriendo valor social solo como adultos.
 
Entre los siglos XVII y XVIII, se produjo un cambio en ciertos grupos de la burguesía y aristocracia que empezaron a considerar al niño como inocente y necesitado de protección y el papel educativo de la madre empezó a tomar forma, estrechamente determinado por la Iglesia. Para Victoria Sau (1995), ese nuevo concepto de amor maternal es una maternidad vigilada y necesaria para mantener el modelo patriarcal.
 

 
La idea de la existencia de un instinto maternal, que determine la conducta de las mujeres al respecto, puede cuestionarse desde el estudio de la historia que evidencia las evaluaciones y cambios de ese sentimiento en el tiempo. Al designar el ser madre como un hecho estrictamente natural, la ideología patriarcal niega a las mujeres su identidad fuera de la función materna. La posibilidad de parir se convierte en un mandato social a través de la afirmación del instinto materno universal de las mujeres. La maternidad biológica se transforma en maternidad sociológica, logrando que las diferencias biológicas entre los sexos se conviertan en la base del sometimiento femenino, predestinando a las mujeres a ser madres y a dedicarse con prioridad al cuidado de los niños que den a luz.
 
Mientras la capacidad de dar a luz es algo biológico, la necesidad de convertirlo en un papel primordial para la mujer es cultural. Esto anula otras posibles definiciones de lo que significa ser mujer.
 
 
 

Mary

 
En este caso concreto, hablaré de la Señora X. Es un caso particular pero, a la vez, muy común en nuestra sociedad actual. Ni que decir tiene que contamos con el permiso de la Señora X pero que, por razones de privacidad, desea omitir su nombre. Cuando la Señora X supo de su embarazo fue un shock. Supuestamente, esto no era posible, estaba en lista de espera para operarse de un tumor paraovárico de 10 cms de diámetro, grande como una patata, ovarios poliquísticos y un endometrio más que cuestionable desde el punto de vista ginecológico. Dos días después de fallecer su padre, se empezó a encontrar mal, tenía unos dolores terribles y ella junto a su pareja decidieron ir al servicio de urgencias. La frase del ginecólogo fue "¿ve eso que brilla en la ecografía? Es el corazón de su futuro bebé. Usted está embarazada".
 
Aquel momento fue muy extraño, la Señora X lloro y rió, rió y volvió a llorar. Habló con su pareja y su madre puesto que, en ese momento, carecía de trabajo estable o de una fuente de ingresos fija con la cual poder hacer frente a la crianza. Su madre le dijo "no te preocupes, lo criaremos entre todas y todos".
 
La decisión fue muy difícil de tomar. La Señora X tenía 35 años, no vivía más de dos años seguidos en un sitio fijo, era dueña de su vida, su tiempo y su maleta. De alguna manera, X ya había asumido que no tendría hijos y, la verdad, no le suponía un trauma. Años atrás había sentido ese anhelo porque, como todas, tenía la idea de que una de sus funciones en la tierra era parir, tener un marido proveedor, una casita preciosa y esas cosas que una aprende viendo las pelis de Disney.
 

 
Debido a sus condiciones de salud, el embarazo amenazaba con ser de riesgo. Pero ellos lo hablaron, asumieron y tiraron adelante. El embarazo de la Señora X fue durísimo, agotador e insomne. Un punto a su favor es que, por primera vez, sus hormonas estaban por las nubes y vivía en una especie de felicidad permanente a pesar de todo. Comenzó a leer libros de colecho, crianza, necesidades de la criatura, psicología, intentando parapetarse detrás de la imagen de una madre moderna, fantástica, buena, aplicada y siempre al pie del cañón. Se imaginaba a sí misma en los momentos de crianza como una imagen de tonos pasteles, donde todo era equilibrio, cordura y buenas prácticas como las que leía en los libros. Ella no quería ser su madre, ni quería actuar cómo habían actuado con ella.
 
Seguía los grandes consejos que escuchaba o veía en todas partes y no soportaba el olor de los huevos. Llegó el primer gran trauma de la señora X. Fue después de una comida familiar, se quedó dormida en la sala. Mientras, las mujeres, todas ellas empezaron a hablar de cosas como puerperio, suturas, meconio, cacas, pises, estreñimiento y, lo más gordo de todo, ¡pezones agrietados! Supurantes y dolientes. Aquello se filtraba en su mundo onírico como una terrible pesadilla. Se despertó diciendo "¿Qué? ¿Pezones? ¿Cómo?". La sentencia salomónica fue "TÚ también lo tendrás…. pero con lanolina se cura todo".
 
Desde ese día, se miraba los pezones, oscurecidos por su estado, tiesos como los pitones de un toro y se los imaginaba como una especie de Troya arrasada, llenos de heridas que jamás se podrían cerrar por la lactancia. La siguiente experiencia fue ir a comprar la primera puesta, camisas de batista, trajecitos de perlé, ranitas de algodón… Y todas las gilipolleces, calentadores, lucecitas, cantidad  de trastos a los cuales jamás daría uso. La primera cosa que X compró a su hijo fue una camiseta negra que decía "My Mum Rocks". Su madre protestó: "¡Cómo le vas a vestir al niño de negro! El niño tiene que ir vestido de bebé". En fin, en pro de ser una buena madre, se dejó llevar y llenó el armario de piqués, organzas, angoras y, en un rincón, todo lo que ella había comprado y que le pondría aunque fuera a escondidas.
 
Su parto se adelantó 10 días, tuvo un shock séptico y una uvi móvil la llevó de su casa al quirófano. Como en una matanza la abrieron de lado a lado. Sacaron a su hijo y después le hicieron una salpingectomía parcial, dejándole funcional un ovario. Cuando despertó estaba catatónica. Todo el mundo estaba feliz, exultante, emocionado. Todos, menos ella. Estaba agotada, vacía. De pronto había dejado de existir. Ya no era mujer, ya no era nada, como una cáscara hueca de la que se espera un esfuerzo sobrehumano de recuperación.
 
Normalmente, las parturientas suelen estar 48 horas en el hospital, pero X estuvo prácticamente un mes. Culpable por sentirse cansada y necesitar dormir, culpable por tener los pezones planos y no querer que la enfermera se los retorciera durante dos horas produciéndole un dolor indescriptible, dejando a su hijo llorar de hambre. Culpable de tener tanto pecho y ni una gota de leche. Culpable de quedarse gorda, enferma, grapada como si fuera el monstruo de Frankenstein.

X volvió a casa, la casa que ella había pintado a mano hasta el último mes del embarazo. La casa se llenó de gente, algunos extraños. Todos venían a ver al recién nacido y de X se esperaba que les atendiese cuando X lo único que quería era dormirse y no despertar. Las hormonas habían bajado a una velocidad meteórica. Y la temida depresión post-parto llamó a la puerta. Apareció porque aquella situación no tenía nada que ver con los tonos pasteles de sus ensoñaciones, porque aquel ser que solo demandaba y demandaba dependía de ella y toda la teoría que había leído no servía para nada. "Bienvenida al estado de terror permanente", le dijo una amiga. Así que, si el niño se cagaba y no se había dado cuenta lo suficientemente rápido, era una madre negligente. Si le tapaba demasiado negligente, si poco, negligente. Si no le daba el pellejo para que su casa estuviera limpia como un coral y los culos de las sartenes relucientes, sucia y negligente.
 
Hasta que un día, la Señora X explotó. Lo hizo porque había intentado encajar en ese constructo sociopatriarcal en el que las buenas madres son seres irreales, una especie de super mujer de artículo Cosmo en el que son capaces de parir, recuperarse, saber cocinar, tener a todo el mundo contento y, encima, ser terriblemente felices y sexualmente activas para el beneplácito de sus hombres.
 
El día que X explotó fue un día en la calle. Primero, se encontró con una mujer que destapó al niño para ver cómo iba vestido. Después, otra mujer le dio un golpe en la barriga aún grapada y le dijo "¡A ver si adelgazamos, que ya es hora!". X se retorció de dolor y mirándola con cara de rabia le dijo: "¿La conozco yo a usted de algo? ¡Váyase usted a que le den por donde amargan los pepinos!"
 
X se marchó a su casa y lloró amargamente, lloró por sentirse inútil, por no ser capaz de adelgazar como todos querían, por sentirse cansada como para incorporarse rápido al mercado laboral y que nadie la llamase mantenida (que para eso era una mujer moderna). Lloró por sí misma y por todas las que igual que ella no habían sido catedráticas en la Universidad de la super maternidad. Por aquellas a las cuales se les asigna el yugo de la perfección perpetuando así la sociedad de los padres ausentes y las madres vigiladas, para que nada cambie.
 
Han pasado diez años, X experimentó una profunda deconstrucción personal, podríamos decir que es una madre fantástica, no es de diez por las benditas imperfecciones que nos hacen peculiares y diferentes. Usa su instinto, sabe que su hijo nació libre y como tal debe de vivir. Le educa para ser persona, ecuánime en derechos y obligaciones, plural en su mente respecto a la época que le ha tocado vivir. Y cuando escucha a algunas personas hablar mal de las madres y culpabilizarlas de todos los males de este mundo, contesta para sí misma: "Vete a que te den por donde amargan los pepinos".

 

“Siempre hacemos lo que podemos con lo que tenemos”

Hay mujeres que, ya sea empujadas por presiones sociales o engatusadas por la promesa y ese carácter universal de la maternidad como una de las experiencias más maravillosas para una mujer, deciden cumplir su destino como creadoras de vida pensando que la maternidad les asegurará la victoria embriagándolas de un sentimiento de felicidad y realización como ningún otro.

Hay otras mujeres que, en un principio, no desean ser madres pero que, al quedar embarazadas y plantearse las posibilidades, son asaltadas por esos pensamientos, esas frases hechas que todas hemos escuchado en distintos momentos de nuestras vidas: "Una vez lo tengas entre tus brazos te embargará una sensación de amor y felicidad como ninguna otra", "en un futuro te arrepentirás si decides no tenerlo", o la muy famosa, "ahora igual piensas que no quieres tenerlo, pero una vez veas esa carita..."

Algunas de las mujeres que son empujadas a tener hijxs por esos motivos, serán madres felices y experimentarán la maternidad como algo maravilloso, aunque a veces, muy duro. Habrá otras muchas, sin embargo, que se arrepentirán de haber sido madres sin que eso evite que cumplan su función como tales, haciéndose responsables de la vida que han hecho nacer. Proveerán, educarán, darán cariño... aceptando su papel como madres, pero sin disfrutarlo y sintiéndolo como una carga constante.

Estas últimas son las madres de las que habla Orna Donath (2015) en su libro sobre madres arrepentidas. Un estudio que recoge las experiencias de 23 mujeres para las cuales la maternidad es una carga de la que hubieran preferido prescindir. Mujeres que, muchas veces, se sienten monstruos en una sociedad que las demoniza como malas madres, malas mujeres y que viven en silencio la carga de sus sentimientos por miedo a descubrirse como mujeres "deficientes". Estas madres relatan su decepción al sentir que la maternidad no es el reino mítico que venden y que la experiencia maternal no es lo maravillosa que se supone que debería ser. Para O. Donath, ser madre es una manera de estar en el mundo, por lo cual, incluso teniéndolo todo (dinero, tiempo...), hay madres que se arrepienten de serlo. La publicación de este libro levantó algunas ampollas, pero también sirvió para abrir un debate sobre la maternidad y sus mitos y, sobre todo, para hacer que muchísimas mujeres dejaran de sentirse monstruos.

En conclusión, la maternidad debería de ser una elección y no una expectativa. Algo que se espera de una mujer por el simple hecho de poseer la capacidad biológica de dar a luz.

Le preguntamos a la Sra X si alquilaría su vientre altruistamente y ya sabéis donde nos mandó...

 

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Foto de portada: Zarva Barroso