Amigas, compañeras y extrañas

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Por Kollontai en Lesbos agosto 14, 2017  más artículos

 

Una bala que directamente atravesaba mi cerebro... ¡Bang! Un disparo a quemarropa, esa es la forma en la que los recuerdos de mis amistades pueblan mi mente y se expanden cual confeti tras terminar la fiesta.

Amistades he tenido de todo tipo, de las de andar por el patio del colegio interpretando una maternidad feliz, de contar historias a altas horas de la noche sobre libros que previamente había leído hasta que caía dormida, de entrar con botellas de Tequila a escondidas en nuestros pantalones a un concierto, de hacer un corrillo y bailar una rumba, de salir corriendo en plena noche y gritar sin saber muy bien el porqué, de salir ciega de una discoteca y llegar bien a casa, de saltar de un edificio a otro para entrar a un inmueble abandonado, de hacer recolecta y cargarnos de golosinas, de colarnos en un edificio en el que solo había la estructura para poder beber tranquilamente y, así, conformando todo un abanico de historias con las que entendí hasta ahora lo que es la amistad.

  

Quizá, echando la vista atrás, echo en parte de menos aquellos momentos de amistad en la que impulsividad reinaba a medias en nuestros actos, plagados de inocencia, de quien devora a mordiscos lo que aún le queda por descubrir, impregnados del vestigio de aquel espíritu quinqui de los 80, en el que todo debía ser probado y una nueva etapa se abría ante nuestros ojos.

A veces recorro ciertos lugares que me envían ecos del pasado, una sonrisa corona mi rostro, es la nostalgia que vuelve y entonces recuerdo esta frase de la película de Princesas de Fernando León de Aranoa: “Es rara, ¿no? La nostalgia. Porque tener nostalgia en sí no es malo, eso es que te han pasado cosas buenas y las echas de menos”. El autoreconocimiento en cada palabra es más que un hecho. Aunque hubo buenos momentos, en cierta medida los anhelo; sin embargo, ya no soy la misma. Eso, indudablemente, me llevaría a otro tipo de relaciones.

En aquel pasado, no todo eran nubes de algodón. A veces no estuve a la altura, otras veces no estuvieron. Sobre todo me acuerdo de esa fe ciega e innata que algunas se profesaban las unas a las otras, las que competían por ciertos afectos, como que por el mero hecho tener pareja se alejaban y no volvía a ser lo mismo, o como algunas que se dejaron llevar por quien atraía más la atención de los chicos.

Chicos que iban y venían. Siempre supe que nunca se quedarían ahí con nosotras. La rabia esta que manaba porque escogieran a tu amiga antes que a ti, esa sensación de que no eras suficiente (ahora lo pienso y no puedo evitar sentirme como una jodida imbécil). Sin duda, es muy complicado mantener amistades con estos contextos tan patriarcales donde el centro de las conversaciones eran ellos, siempre ellos.

¡Qué inocentes malgastar tanto tiempo en ellos en vez de centrarnos en nosotras mismas! Hablar de nosotras, si así hubiera sido, a ciencia cierta aún conservaría una amplia cantidad de amigas con las que tomar un café, esta lista tan escueta y diferente. 

 

Ante mis amistades con tintes tradicionales llegó mi querido Feminismo para completar la baraja, ese Feminismo hijo bastardo de la Ilustración que acogí en mi seno, me atravesó como un rayo que entra desde los ojos, traspasa por completo el alma y jamás vuelves a ser la que eras. Todos los conceptos, los esquemas en los que se basaban tus relaciones con mujeres se rompen para construir otros más justos. La incursión en él, no solo ha supuesto una transformación de la forma en la que veo la realidad, sino que ha alterado el modo en el que me relaciono con el mundo, ese pequeño mundo que es lo cotidiano. A fin de cuentas, el Feminismo es un bálsamo que ha cerrado heridas, absuelto culpas, ha puesto lógica en las relaciones y visibilizado responsabilidades donde correspondía.

Esa nueva óptica ha sido una pólvora en determinadas relaciones de amistades; tan sencillo como que hablas con las amigas, al final salen los temas en los que tocas la fibra y se ven cuestionadas (tal vez no use la pedagogía adecuada). Sin embargo, notas cómo sus gestos, sus palabras se vuelven distantes, la conversación se torna violenta porque al final interpelas, y llega el silencio, ese silencio que es un abismo de distancia relacional. Teniendo en frente este dilema, o te alejas u optas por no hablar de ciertos aspectos; la consecuencia sigue siendo la misma distancia, y más larga se torna esa distancia con el transcurrir del tiempo, de los silencios, y termináis siendo unas extrañas, hasta el punto de que cualquier encuentro fortuito es preferiblemente inevitable y desafortunado.

 

Ser Feminista y conservar amistades con mujeres que no sienten interés por el Feminismo es hacer malabares, o al menos yo aún no he dado con el truco y, si este existe, tiene que ser todo un arte.

Y es que, a pesar de todo, sigo sintiendo esa nostalgia de lo que aún esperas que te pase. Otra vez vuelve a mi esta conversación de la película de Princesas:

“¿Se podrá tener nostalgia de algo que aún no te ha pasado?
Porque a mí a veces me pasa.
Me pasa que me imagino cómo van a ser las cosas, con los chicos por ejemplo, o con la vida en general...
Y luego me da pena cuando me acuerdo de lo bonitas que iban a ser, porque iban a ser preciosas...
Y luego, cuando lo pienso, me da nostalgia, cuando me doy cuenta de que aún no han pasado y que a lo mejor no pasarán nunca...”
 
 

Esa posibilidad ínfima, finita es la que todavía late, donde seremos Virginia y Vita iniciando una revolución a lo Bloomsbury como bien refleja el poema de María Bastarós:

“A veces sueño con la amiga feminista definitiva
la conoceré en una rave,
se acercará,
con oscilantes pasos de Doctor Martens
y un trozo de pastilla en la mano,
y me dirá, toma tía,
Un cuartito para ti sola como la Virginia Woolf “

 

 

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Foto de portada: pinterest / Eugenia Loli