El lema propio del Orgullo: vendemos lo que le gusta al público

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Por Claudia Sánchez junio 23, 2017  más artículos
 

Los disturbios de Stonewall consistieron en una serie de manifestaciones espontáneas y violentas contra una redada policial que tuvo lugar en la madrugada del 28 de Junio de 1969, en el bar conocido como Stonewall Inn del barrio neoyorkino de Greenwich Village. Frecuentemente se citan estos disturbios como la primera ocasión, en la historia de EEUU, en que la que la comunidad LGBT luchó contra un sistema que les perseguía con el beneplácito del gobierno, y son generalmente reconocidos como el catalizador del movimiento moderno pro derechos LGBT en Estados Unidos y en todo el mundo.

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Ahora la imagen del colectivo se usa de una forma transformada y subyugada al negocio. Los más visibilizados, hombres gay blancos y cis (no transgénero). ¿Qué ha pasado? Fácil.

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La apropiación y uso de las luchas sociales para un beneficio económico es algo ya habitual en las grandes empresas. Mientras que Youtubers (Dulceida), así como cantantes o actores/actrices (Ellen Page), lucen de reconocimiento público y respeto (en mayor o menor medida), la mayoría de las personas del colectivo que no somos famosas y no salimos en los medios sufrimos la parte más oscura y por ende menos visibilizada de la lgbtfobia.

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Aproximadamente, según encuestas de un instituto de Cataluña, el 47% de las personas jóvenes homosexuales, bisexuales o transgénero han planteado suicidarse y un 18% lo han intentado una o varias veces. Es por ello en parte, que el suicidio es la segunda causa de muerte más frecuente en adolescentes. Y además, el 43% de estudiantes NO aceptarían a una persona transgénero en su clase, así como que un 72% de personas encuestadas pegaría a alguien de su mismo sexo que intentase ligar con él.

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Que encima, a pesar de toda esta ola de toxicidad, intolerancia, violencia y sangre nos salpique hasta el punto de incluso ahogarnos, me hace dudar del rigor periodístico (como siempre), de la ética de las empresas (obviamente) y, sobretodo, y menos esperado, de un sector del colectivo LGBT, ese sector de personas de clase alta/media-alta, cisgénero, lesbianas o gays que no se mueven en los ambientes populares y la intolerancia bajo la que se crían niños y niñas potencialmente agresores en un futuro.

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Así, se concibe el día del Orgullo bajo el lema propio del negocio: vendemos lo que le gusta al público (en realidad, es solo por la fiesta, luego bien que nos agreden cuando la borrachera se les pasa). Así, tanto grandes como pequeños comercios reciben a las personas LGBT por una vez al año, interesados, no por la inclusión, sino para llenar sus bolsillos. Eso de “apoyo al colectivo, pero mi hija que no se haga lesbiana” es un reflejo de la poca capacidad de entendimiento que posee la inmensa mayoría.

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Me resulta irónico cuanto menos un supuesto caso (hipotético) de una realidad en la que todas las personas LGBT fuéramos pobres o tuviésemos poco nivel adquisitivo. Entonces, ¿nos recibirían con tanto entusiasmo? Particulares que cobran 200 euros/día por alquilar su piso en el centro de Madrid, que cuando pasan las jornadas del Día del Orgullo nos tratan como si fuéramos enfermos, cuando han compartido cama y cuarto de baño con nosotros.

 

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Foto de portada: quo.es