#Mascarilla19

 1551
Por Q abril 11, 2020  más artículos

 

Hoy he subido la reja quince minutos antes. Como si haciéndolo, vaya a conseguir lo que llevo esperando los últimos cinco días. Que ella vuelva. Maldita sea, tuve que estar más ágil, pero me pilló por sorpresa. No me esperaba que una de mis clientas habituales, la que viene cada semana a por cremas, pañales o alguno de los medicamentos para su marido, que padece estrés y ansiedad, fuese a pedir la jodida mascarilla 19. “Lo siento, no tenemos ese modelo”, le dije intentando buscar en mi memoria si sabía de lo que me estaba hablando. Pero no. Ella, temblando, miraba a todos lados esperando no ser escuchada y mucho menos reconocida por alguien del barrio.
Es joven y muy guapa, aunque siempre tiene cara de cansada. Hasta ese día lo achacaba a su tarea como madre de dos criaturas. Sin embargo, es otro el cansancio que está arruinando esa belleza. Menudo cabronazo. Es que aún lo pienso y casi no me lo creo. Tan correcto siempre, tan educado, tan… guapo. Con tan buena planta que seguro que todos los que conocemos a la pareja coincidimos en decir que son perfectos, un ejemplo de felicidad rebosante sin duda alguna. Joder. Este pensamiento me hace sentir aún peor. Cuántas veces juzgamos sin tener ni idea de lo que hay detrás. Ojalá lo hubiera visto venir. Pero no, no vi una mierda.
Cuando se marchó, le pedí a mi compañera que siguiera atendiendo y me fui al baño con mi móvil. Busqué “mascarilla 19” y entendí qué significaba aquello y odié a mi jefe por no informarnos.
“A mí no me ha llegado nada. No tenía ni idea”, me dice despreocupado y sin darle mayor importancia. Pero tiene muchísima importancia. Toda la que puede tener una vida en juego. No una, sino tres. Me estaba pidiendo ayuda y yo ni siquiera me di cuenta.
Todos los días desde entonces me he despertado buscando en el móvil cualquier desastrosa noticia de violencia de género que me revele un desolador desenlace. Todos los días he suspirado aliviada al no encontrar nada relacionado en la zona, aunque me sorprende comprobar cómo los asesinos, maltratadores y delincuentes no se detienen ni con una pandemia de la leche ni con un jodido estado de alarma en todo el país.
No quiero imaginar el infierno que tiene que ser estar confinada con tu agresor. Sé que vive cerca de la farmacia, pero no sé exactamente dónde. Un momento, puedo averiguarlo. Después de un largo rato consigo recordar su apellido por las veces que he introducido su tarjeta de puntos en el ordenador. Doy con ella.
Descuelgo el teléfono y marco el número.
–¿Sí? –al otro lado la voz del monstruo.
­–¿Puedo hablar con…
–No puede ponerse ahora. Está ocupada –me interrumpe aceleradamente–. ¿Quién es?
–Su farmacéutica. Ha llegado la crema que encargó. Si le pudiera decir que pase a recogerla…
–Se lo diré– lo siguiente que escucho es el atronador pitido al colgar.
Dos horas después, ella aparece como una brisa fresca que me permite respirar de nuevo.
–Oh, gracias a Dios. ¿Estás bien?
Su semblante serio y las enormes gafas de sol que ocultan parte de su rostro contestan a mi pregunta. No es un día soleado precisamente. No ha parado de llover desde anoche. Ella, parece que tampoco.
–Lo siento, mi marido me ha dicho que han llamado por…
–Sí, he sido yo. En realidad, quería saber si conseguiste la mascarilla 19.
–No ha sido necesario. Me asusté. Eso es todo. Estos días están siendo muy complicados, ¿sabes? Todo el día en casa. Tiene mucha ansiedad el pobre.
El pobre, dice. Además lo compadece. Un clásico. Joder, cómo odio pensar así y saber que llevo razón. Que los justifican, que los perdonan, que se sienten culpables.
–Entonces, ¿ya no la quieres? Seguro que pueden ayudarte en medio de toda esta locura. Solo tienes que…
–De verdad, te lo agradezco.
Sale como alma que se la lleva el diablo y yo me quedo igual que estaba. Bueno, peor, porque he perdido la oportunidad de salvarla. Pero, claramente, ella no quería salvarse.
“¡Qué coño!”, retrocedo unos pasos antes de coger la calle de camino a mi casa después de cerrar la farmacia y me dirijo a su dirección. Está diluviando, pero la lluvia no me detiene.
Es un primer piso. Desde la calle veo la luz de la televisión y de una lámpara de mesa. Escucho unos gritos desgarradores. Es ella. Estoy segura. Tengo que actuar rápido.
“No te metas donde no te llaman, niña”, me dice una vecina que parece estar al tanto de toda la situación.
Llamo al 112. La policía llega en pocos minutos. Pero hace rato que no escucho sus gritos. Entran. Salen con él esposado. Tiene sangre en su camisa. Mi cara es un poema. “He llegado tarde, joder”, pienso en voz alta.
Después de varios minutos interminables, sale una pareja de la policía local con ella y las dos niñas. Están a salvo. Ella, con la cara destrozada, me reconoce cuando me acerco. Le pide a los agentes un segundo para llegar hasta mí. Estoy acojonada. Me va a decir que por qué me meto donde no me llaman, como la despreocupada vecina.
–Menos mal que no me hiciste caso con lo de la mascarilla y has venido tú misma a traérmela –me guiña el ojo que menos dañado tiene–. Hubiera acabado con nosotras.
Me abraza. Tiene sangre por todas partes. La cara amoratada. Pero está viva, está a salvo. La abrazo con fuerza. La beso. No escucho las recomendaciones de la policía en cuanto a la distancia de seguridad. No podemos estar más seguras que ahora. El virus me da menos miedo que el monstruo. Ha dejado de llover. Ella, también.

Historia de Question Femenina (Q - Pilar Mármol)

Foto de portada: @questionfemenina