Más silencios

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Por Carmen Marrero julio 28, 2017  más artículos

 

Es viernes. Un sol radiante baña todos y cada uno de los poros de mi piel, ayudándome a ser consciente de que estoy, de que aún sueño de cuando fui y no me reconocí, de que día a día pienso en lo que seré y con quién estaré. Ser y estar, los más complicados de los verbos de la lengua española que parecen escaparse de nuestro control cada dos por tres. ¿Quién soy? La respuesta a esa pregunta varía a cada rato y aún estoy intentando averiguar si eso me encanta o me aterroriza.

Giro en la esquina de siempre, acercándome más y más a casa, pero algo ha cambiado. Conozco esa zona como la palma de mi mano, cada milímetro de acera, pared y cartel y aunque no sepa el qué, tengo la certeza de que hay algo nuevo.

Me detengo frente a una de mis paredes favoritas y comienzo a inspeccionarla cacho por cacho — ¡debo encontrar ese “algo”! Mientras busco, iré explicando por qué es una de mis paredes favoritas. Yo la llamo “la pared de los silencios”. Mucha gente pinta, grafitea, dibuja y escribe en ella (me incluyo en ese grupo) — pero lo que realmente la caracteriza, el detalle que la hace completamente diferente al resto de paredes pintadas de la ciudad es que esta es nuestra pared; la pared de los que están completamente llenos de silencios. ¿Que como lo sé? Porque es algo que percibes. No es que seamos una especie de club ni nada por el estilo. De hecho, no conozco a ninguno de mis compañeros. Y supongo que ellos tampoco sabrán de mi existencia, ni de que considero que están llenos de silencio. ¿Que cómo lo sé? Porque he visto mi dolor plasmado en sus frases y dibujos, mi corazón roto, a ratos etéreo, en cada una de las tildes de sus versos y mi alma aniñada en la manera en la que dibujan el desordenado pelo de una chica de ojos verdes y ojeras marcadas.

No podría sentirme más orgullosa de ser capaz de aportar mi granito de arena a la pared de los silencios.

La pared de los silencios.

Supongo que todos tenemos una pequeña enumeración mental de características, momentos, personas, conceptos e ideas que nos apasionan. Yo, admiradora por excelencia de los momentos, me decanto por aquellos que paso en silencio. Los silencios son, irónicamente, los que más nos dicen. Los que nos ayudan a entender cómo somos, los culpables de que no nos sentamos cómodos con cierta gente o todo lo contrario, los que propician una buena relación entre dos personas.

Y es que no hay momentos más inefables que aquellos que pasamos en silencio junto a los que nos han tocado sin rozarnos; aquellos que nos han besado sin unir sus labios a los nuestros, los mismos que nos dan la mano e introducen en un estado de ataraxia en el que nos sentimos como en nuestra propia casa.

Los silencios también cuentan con características crueles — pueden llegar a ser atronadores. Nos dicen lo que no queremos oír, lo que tratamos de obviar por medio de inútiles palabras que tratan de decorar una situación fría, sin conseguirlo. No hay peores silencios que los comprometidos, los silencios por obligación.

Estar en silencio está infravalorado. Todos caemos en la trampa de la resiliencia y nos dejamos llevar por los instintos — hablamos de cosas que nos dan igual con personas que nos son completamente indiferentes, porque es lo que hay que hacer. Porque es lo que llevamos haciendo toda nuestra vida: adaptarnos a la situación. ¿Hasta qué punto es conveniente dejarse llevar por la corriente?

Y también están mis silencios favoritos: los que establecen que sobran las palabras. Los silencios que decoran las miradas penetrantes, miradas que se hablan sin decirse nada, pero dejándolo todo claro. Miradas que se toman de la mano y permanecen así para siempre. Esos son los silencios que merecen ser experimentados. Los inmarcesibles.

Así, infinidad de silencios se aglomeran en torno a nosotros, preparados para cubrirnos en todas y cada una de las situaciones de nuestro día a día. Y nosotros, pobres ilusos, los evitamos constantemente — nos aterran.

Por fin, entre un par de grafitis y dos micro-poemas, lo encuentro: el cambio. En un solo renglón, tres palabras: “pide un deseo”. Sonrío, me encojo de hombros y respondo a la inquisición de mi compañero secreto: —Más silencios.

 

 

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Foto de portada: pinterest