Son dos

Por Carmen Marrero agosto 9, 2017  más artículos

La primera es inocente, pero no el tipo de inocente que no entiende chistes subidos de tono o el sarcasmo, no; el tipo de inocente que mira a alguien y eso es lo que ve: una persona. No ve a “el que estuvo saliendo con…”, “la que se lió con…”, “la que los fines de semana hace tal…”, “el que hace dos años hizo cual…”. No. Tan solo ve personas.

Esta primera está llena de vida, de ganas de comerse el mundo, de sueños y aspiraciones; carece de miedo, se quiere a sí misma y confía en sus habilidades; se mira al espejo y repara en sus propias luces. Es feliz.

Pero, de nuevo, son dos.

La segunda no es inocente. Esta recuerda todo lo que ha oído de los que la rodean, no puede evitar que eso influya en lo que piense de ellos — la mayoría del tiempo, sin tan siquiera conocerlos. Para bien o para mal. Es ella la que corrompe a la primera. La que la coge del hombro y pregunta: “¿Estás segura de que quieres ir a hablar con él? ¿No te das cuenta de que se mueve en otros círculos? Es mucho más popular que tú, ni lo intentes”; la misma que se ríe de la primera al querer acercarse a alguien con una reputación determinada: “¿Con ese? — pregunta, de forma despectiva—¿Qué pensará la gente si te ve hablando con él? Puedes aspirar a más y lo sabes”.

Y así, poco a poco, la primera pierde su inocencia.

Pierde las ganas de bailar cuando suena su canción favorita, ya que la segunda está en lo cierto (“¿Qué pensarán los demás?”). Olvida sus sueños (“la suerte no está de tu lado, es muy improbable que lo consigas”) y comienza a conocer al miedo, poco a poco y sin darse cuenta. Encerrándose cada vez más en su cueva de autodestrucción. Ya no está segura de nada, se replantea todos los ideales en los que tan fielmente creía. Se mira al espejo y tan solo ve un vacío en el que, de repente, hay demasiadas imperfecciones como para observarlo un segundo más.

Ya no ve las luces, ahora vive en las putas sombras.

Tiene dos posibilidades: la más sencilla es anularse y fijarse en todo lo que la segunda señala, requiere un menor esfuerzo.

Aunque existe otra opción: enfrentarse a ella. Decirle que no. Callarla. Luchar. Dejar de mirar a otros por encima del hombro e incluso, de mirar al suelo en lugar de a los ojos de una persona por el miedo al “qué dirán”. Hablar con quien quiera, cuando quiera, de lo que quiera. Recuperar las ganas de bailar. Mirarse al espejo y reírse de sí misma. Volver a centrarse en sus ideas, en sus sueños, aspirar a todo y no dejarse ni un cabo suelto.

Darse cuenta de que nada de lo que la empuja al vacío es real. Los prejuicios, el pensar que alguien es mejor o peor, el hundir sus propios sueños… Nada de eso está establecido. El reloj no se va a parar por nadie y ella tampoco debería hacerlo. 

Somos monedas y nunca sabemos qué cara saldrá al lanzarnos. Somos uno, pero contenemos a dos. Y tan solo nosotros mismos tenemos el poder de hacer desaparecer a uno de ellos. ¿A quién vas a escoger?

 

 

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