El maltrato infantil

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Por Editorial agosto 16, 2017  más artículos

 

Soy una mujer de 48 años. He vivido la experiencia de ser hija, hermana, madre y profesora. Hija que ha convivido con un padre y una madre, hermana menor de una familia numerosa de varias hermanas y un hermano, madre de dos hijos varones, que ya son adolescentes. Actualmente, profesora de adolescentes, en un colegio. Añado estas breves acotaciones a mi presentación como persona en contacto con menores porque, como feminista excéntrica, me gusta ir del centro a las afueras, de lo personal a todo lo demás: lo político, lo social, lo cultural.

A lo largo de mi vida he tratado de comprender, como todo ser humano, los porqués de las injusticias que me rodean. He tenido suerte y lo digo con humildad: he nacido y crecido en una familia amorosa. Patriarcal, como casi todas, porque el patriarcado es un sello cultural difícil de eludir, pero armónica y amorosa. He sido bien tratada y aun así (o quizá por eso, no lo sé) he sido súper consciente, a lo largo del tiempo, de los muchos daños que la educación nos inflige a las personas. También he comprendido que la familia es una influencia vital, muy importante pero no la única. Que hay otros factores enormemente influyentes en el desarrollo del ser. El peso de la religión como elemento inculpatorio, el chantaje emocional, el control, las relaciones verticales. Ojalá todo ser humano estuviera libre de ello; yo no lo he estado a pesar de un entorno favorable, ni creo que nadie esté totalmente libre de algo de eso a lo largo de su vida. La contradicción está presente en nuestra convivencia de modo casi ineludible y a menudo me sorprendo de ver lo “bien” que salimos adelante a pesar de tanto peso educacional y cultural.

 

Nunca he tenido miedo a afrontar el tema del maltrato infantil. Me parece necesario. Sigue siendo un gran tabú. ¿Por qué? ¿Quizá porque es muy doloroso? Sin duda. ¿Porque requiere afrontar vivencias propias que se han silenciado? Muy posiblemente. ¿Porque afrontar esas vivencias, reconocer el maltrato pasado, implica reconocer otros maltratos presentes? Más que seguramente. ¿Porque hablar del maltrato significa deconstruir de arriba abajo todo el entramado patriarcal y por tanto deconstruir todo el engranaje social? Sin duda ninguna.

¿Quién se apunta a denunciar el patriarcado de arriba abajo, partiendo del eslabón más débil de nuestra sociedad, que es la infancia? ¿Quién quiere realmente acabar con las estructuras de poder desde la propia familia? ¿Quién quiere ponerle el cascabel a ese gato?

 

Y lo central de este breve apunte que me ocupa hoy: ¿Qué puede el feminismo aportar a esta reflexión?

 

Entiendo el feminismo, en primer lugar, como sitio para cuestionar los esquemas de sumisión. Y, además, como sitio de encuentro y colaboración. No lo concibo otro modo. Y en esto veo muchísima confusión a día de hoy, sobre todo, en las redes sociales. Tal vez, la confusión es necesaria para seguir avanzando, seguir cuestionándolo todo. Me preocupa mucho, sobre todo, que en el tema del maltrato infantil abundan discursos como: “las madres somos las responsables de perpetuar el maltrato” o  “las mujeres somos las primeras colaboradoras del patriarcado”. Incluso la frase: “las mujeres también maltratan” que concluye que el feminismo está equivocado porque las mujeres no somos tan buenas como nos quieren hacer creer.

Solo tenemos que recordar el clamor en las redes últimamente para ver lo que la sociedad espera de las madres y lo mucho que tiene que reprocharnos. Los casos de la niña Naiara o el de Juana Rivas han sacado a la luz, además de una gran oleada de conciencia y solidaridad, numerosas críticas inculpando a las madres por lo sucedido. Madres culpables por no haber evitado el asesinato. Culpables por dejar a sus hijos, culpables por llevárselos. Culpables por todo. Malas madres.

 

En ese mar de confusión, en el que se mezcla el maltrato ejercido por el hombre con la imposibilidad de protección de la mujer hacia sus hijos e hijas, crecen desde hace tiempo otros subdiscursos de popularidad creciente que incluso generan talleres, encuentros y cursillos destinados a revolucionar la sociedad creando “madres mejores”. Seguramente, en la creencia (sumamente ingenua) de creer que unas “madres mejores” evitarán los maltratos. Serán las nuevas súper heroínas del futuro: mujeres extraordinarias que derribarán el patriarcado. ¿Para qué necesitamos el feminismo, para qué la movilización social? ¡Ya lo resolveremos las madres!

 

No me malinterpreten. Igual que todo ser humano, yo también deseo ser mejorar y revolucionar la sociedad. Lo perverso para mí nace cuando se fomenta la creencia de que todo depende de nosotras, más aún, de las madres y que, por tanto, una vez más, las mujeres seguimos teniendo la única y principal responsabilidad de cambiar todos los desastres que este mundo patriarcal nos ha legado.

El discurso de las “madres buenas” es tan viejo como el mismo patriarcado. Un revival de la Virgen María, del ángel del hogar. Una figura que periódicamente reaparece en cuanto la sociedad avanza hacia sitios más igualitarios. Se reviste con ropas nuevas, se maquilla, pero al final todo queda en el mismo sitio: la mujer en casa, con su criatura, para que así, la sociedad pueda evolucionar.

En estos nuevos foros de ensalzamiento de la maternidad se viene denunciando de manera recurrente también la violencia ejercida por madres hacia sus hijos e hijas. Una realidad que debemos abordar de manera crítica si realmente queremos avanzar y romper los enfrentamientos estériles a los que nos está llevando este tema tan doloroso.

 

¿Qué pasa cuando las madres son quienes ejercen violencia sobre sus criaturas? ¿Acaso eso no demuestra que los dedos inculpatorios tienen razón, que el problema somos nosotras? ¿Qué tiene el feminismo que decir respecto a eso?

La violencia ejercida por mujeres existe y ya Alice Miller, figura referencial entre quienes nos cuestionamos todo esto, apuntó en su momento lo que ella consideraba “un fracaso del feminismo”: la imposiblidad, según ella, de que el feminismo explicara o diera solución a este grave problema humano.

Igualmente, Casilda Rodrigáñez, otra gran pensadora convertida (creo que a su pesar) en gurú de la crianza natural, apela al feminismo a buscar la recuperación de la madre en términos distintos a lo que hasta la fecha ha venido reclamando, brindando una reflexión muy profunda e interesante pero, para mí, muy delicada y ambigua en gran medida también.

 

Puedo dar, como feminista, varios apuntes y opiniones, en la esperanza de añadir algo más a este debate abierto:

El feminismo no dice que las mujeres son buenas o malas. Sí nos habla de “Patriarcado”. Refresquemos a Gerda Lerner, que da la definición más sencilla y completa de esta construcción cultural que lleva miles de años materializándose:

Patriarcado: “Es una manifestación e institucionalización del dominio masculino sobre mujeres y niños en la familia y la extensión de ese dominio a la sociedad en general. Implica que los hombres ostentan el poder en todas las instituciones importantes de la sociedad y que las mujeres están privadas del acceso a ese poder. No implica que las mujeres sean totalmente impotentes ni que estén totalmente privadas de derechos, influencia y recursos”.

La base del patriarcado es la relación de jerarquía y control destinada a mantener ese orden. El feminismo lleva siglos tratando de cambiar esa manera de relación. Quien quiera que crea que el feminismo trata de invertir el orden, de poner a las mujeres arriba y a los hombres abajo, es que no ha entendido absolutamente nada de lo que el feminismo pretende.

En el tema que nos ocupa, que es el del maltrato, el feminismo tiene mucho que decir. Por ejemplo, que las relaciones verticales, caldo de cultivo de todo maltrato, son una característica inherente al patriarcado y del patriarcado no nos libramos hombres ni  mujeres tan fácilmente. Lo que sí dice el feminismo, es que en el patriarcado se busca sistemáticamente el dominio del hombre y su perpetuación. El hombre maltrata cuando se cree superior porque busca perpetuar su dominio. Si la mujer asume esa sumisión como forma de relación, puede darse el caso de que igualmente acabe ejerciendo violencia sobre las criaturas, aun de modo inconsciente, solo para que ese dominio siga existiendo y el hombre siga en lo alto de ese esquema de control.

¿Por qué la mujer hace eso? Por muchas razones: la primera, porque el maltrato desestructura las emociones hasta crear en muchos casos una total alteración de la conducta, que llega a ser patológica y enfermiza. Por miedo a las consecuencias de rebelarse que, como hemos visto en el caso de Juana Rivas, pueden volverse totalmente en tu contra o la de tus criaturas. Porque no ha sido capaz de cuestionar la sumisión y la ha integrado en su modo de vivir. Porque sobrevalora los principios patriarcales, que ya vienen ensalzados desde hace siglos por todo el imaginario colectivo. Porque menosprecia los principios feministas, que mayormente están menospreciados por el imaginario colectivo también.

El hombre que ejerce maltrato busca su perpetuación en lo alto de la pirámide de control. La mujer que ejerce violencia doméstica busca la perpetuación de un sistema en el que el hombre y su entramado seguirán estando arriba. Un esquema que le resulta demasiado difícil o incluso imposible romper. A veces, simplemente no busca nada, tan solo es incapaz de hacerlo,  porque no ha tenido las herramientas, la posibilidad o los apoyos suficientes y se ha quedado estancada en una situación de profundo malestar. Como muy bien dijo recientemente una compañera, refiriéndose a su madre: “Ella seguía negando el maltrato porque sabía que le hacía más daño reconocer los hechos que seguir igual."

El feminismo también puede decir que las mujeres que ejercen violencia doméstica son y deben ser punibles en cuanto a su acción criminal. Pero nunca dirá que es nuestra naturaleza como mujeres el ser “maltratadoras”, “malas” ni el ser “santas”. No nos demonizará ni tampoco nos pondrá en un pedestal. No nos victimizará ni nos exculpará por el hecho de ser “mujeres” o “madres”.

La mujer que ejerce violencia no es “la peor enemiga” ni “la colaboradora” del patriarcado. La mujer que hace esto es solo un eslabón más en el engranaje del mismo ciclo patriarcal. Su autoritarismo, o trato violento hacia criaturas, será una consecuencia más de ese sistema piramidal que, desgraciadamente y al mismo tiempo, le permite seguir en pie y girando en torno al mismo eje.

El feminismo también puede aportarnos una comprensión de datos. Datos reales, por ejemplo, del maltrato infantil en España, en el año 2011. Son datos del Ministerio de Sanidad.

Los primeros datos oficiales nos dicen que las mujeres ejercen más violencia domestica sobre menores que los hombres, lo que, en principio, daría la razón a quienes opinan así. Según este documento, los índices de personas adultas procesadas por  maltrato infantil en ese año son mujeres: 57,74% (444) y hombres: 42,26% (325).

Ahora bien, al leer el texto, vemos que como maltrato se incluye, en esa estadística, la negligencia y el abandono, que hacen subir las cifras a ese nivel. Al desglosar esto, nos queda así:

“El padre biológico es responsable de los porcentajes más altos de maltrato físico (43,75%) y emocional (63,64%), mientras que la madre biológica lo es de la negligencia (72,73%). El abuso sexual es perpetrado en un 50% tanto por el padre biológico, como por los hermanos de las víctimas”.

 

Esto nos dice que la violencia infantil perpetrada por mujeres lo es, en su mayoría, por negligencia. Desde una visión feminista es necesario comprender que esa es una consecuencia directa de la falta de apoyos, la sobrecarga, la precariedad y el abandono institucional que sufren las mujeres, precisamente por el maltrato y por el mismo  patriarcado en sí. Muchas mujeres, lo he visto con frecuencia en el colegio, son acusadas de “maltrato” por negligencia cuando se van a trabajar y dejan a los hijos pequeños en casa solos, porque no tienen ningún tipo de ayuda alrededor. Si hay un accidente, ellas serán incluidas en esa negra lista. Y es una realidad cruel mucho más común de lo que podemos imaginar.

Los datos también desmienten uno de los mitos más típicamente patriarcales: que las mujeres ejercemos más violencia psicológica o emocional.

Desde una profunda recapacitación feminista, creo esencial dejar de demonizar a las mujeres igual que es necesario dejar de endiosar a las madres. El feminismo no puede exculpar la violencia ejercida por mujeres ni disculparla, pero sí puede tratar de comprender cuánto de esto tiene que ver con el patriarcado y el engranaje social. Me parece fundamental analizarlo siempre desde ahí para poder cambiar en lo posible todos esos condicionantes y que la violencia doméstica cese porque el maltrato ha dejado de existir.

Seguimos viviendo en una sociedad fuertemente patriarcal. El patriarcado tiene al ser humano en un desorden emocional continuado desde hace siglos y el feminismo sigue tratando de desmontarlo y de buscar maneras nuevas. Evidentemente, y respondiendo a la misma pregunta que hacía más arriba, “¿Qué puede el feminismo aportar?”, la respuesta es: tipificación del maltrato y de la violencia doméstica como acciones diferenciadas. Aportación. Lucidez. Conciencia y por supuesto, el recordatorio de que “feminismo” no significa “mujeres” igual que “personas educadoras e influyentes” no significa “madres”. Toda la sociedad tiene responsabilidad ahí. 

 

Autoría: María Cruz Garrido

 

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Fuentes: Alice Miller, El saber Proscrito. (Ed, Tusquets S.A.)
              Casilda Rodrigáñez, El asalto al Hades, (Ed. Traficantes de sueños)
              Gerda Lerner, la creación del Patriarcado., (Ed. Crítica)
              Datos del Ministerio de Sanidad sobre maltrato infantil:
              Observatoriodelainfancia 
 
Foto de portada: pinterest