Instagram y la agonía del Eros

 2960
Por Editorial agosto 15, 2017  más artículos

 

Aquellas personas que son parte del tercer milenio han sido testigos de distintos “fenómenos” que han surgido con la promesa de mejorar la vida de los seres humanos. Sin embargo, es posible ver hoy en día cómo la humanidad ha sido víctima de sus propios inventos; para esto, simplemente es necesario observar las redes sociales, las cuales, en vez de favorecer lugares propicios para las relaciones humanas, han contribuido al surgimiento de una sociedad en donde prima el narcisismo y en donde somos extraños ante los demás. De esta manera, los diálogos se quiebran, los acercamientos se desgarran y la responsabilidad que tenemos con el otro disminuye.

Actualmente, se hace imposible hablar de la representación del otro como se hacía antes del boom de las redes sociales, pues hoy en día se pone en tela de juicio la finalidad expresiva de las publicaciones hechas en Instagram, el valor de juicio que posee un “like”  y la presencia de lo “social” en este medio de comunicación. Es así como Instagram se ha convertido en el burdel de la sociedad tardomoderna, el cual, al favorecer la hipervisibilidad de la imagen, nos impide ver más allá de lo que se presenta, ocasionando la desaparición del otro, las fantasías relativas a este, y con ello, la agonía del Eros.

Ahora bien, en primer lugar las imágenes en Instagram se vuelven obscenas al carecer de sentido, narratividad y, sobre todo, trascendencia. El rostro, como aquella huella que queda en ausencia de algo, inspira en el ser humano un sentido de responsabilidad con el otro y, como consecuencia, surge una relación ética entre individuos en la cual cada uno es consciente de que sus elecciones afectan al otro y, por ende, debe hacerse cargo de esos efectos. Sin embargo, al mejor estilo de un burdel, Instagram borra el rostro de sus usuarios al preferir imágenes que no expresen nada narrativo o simbólico.

De igual modo, la obscenidad ha alimentado lo que hoy se llama la sociedad de la exposición, la cual ha establecido un canon de belleza, haciendo de ella algo público y maleable por todos. Lo bello adquiere su condición de sublime en la medida en que permanece escondido, como si se encontrara detrás de una máscara. No obstante, la sociedad tardomoderna, al exponer todo aquello de lo que pueda hacer uso, ha privado a la imagen de esa expresión sublime al someterla a la exposición; por consiguiente, toda imagen también ha dejado de ser interesante al perder ese objeto desconocido que atrae al ojo humano. Desgraciadamente, la sociedad de la exposición es como un pueblo pequeño: todo se ve, todo se sabe.

Como consecuencia de la sociedad de la exposición, en la que se encuentra sumida la humanidad actualmente, la cercanía no existe debido a la falta de distancia. Aunque parezca que son un mismo concepto, difieren en la medida en que mientras que la cercanía representa un camino que el ser humano ha ganado con respecto al otro a partir de su interacción, la falta de de distancia es simplemente algo vacío que no requiere ningún tipo de trato con aquello que se denomina como el Otro. 

En segunda instancia, Instagram tras la desaparición del rostro, solo muestra una cara descubierta del ser humano; “la faz” carente de misterio y de toda posibilidad de expresión. Es así cómo el rostro del otro se limita a la mera superficie al convertirse en una forma de mercancía. De este modo, en esta sociedad de la exposición donde los acontecimientos deben ser vistos para ser, como consecuencia, desaparece el valor cultural y, por consiguiente, todas las prácticas que nos hacen realmente humanos pierden sentido.


En este orden de ideas, cabe resaltar que en la sociedad de la transparencia, cada individuo es su propio objeto de publicidad, por ende, desaparece el placer, ya que para que esto suceda, debe haber secreto y fantasía erótica sobre el otro. En palabras de Kant, “no hay imaginación sin juego”.

Además, es importante resaltar que, actualmente, gracias a la mercantilización de la vida humana, el otro es considerado como un objeto sexual parcial, puesto que se considera como un juguete que debe consumirse y disfrutarse. En este orden de ideas, a través de Instagram, se configura un modelo de cuerpo perfecto: tonificado, bronceado, sin imperfecciones. Una imagen fija a la cual estamos expuestos día tras día, y la cual se va configurando, poco a poco, en un deseo que queremos alcanzar. Queremos tener lo que aquella persona tiene, sin valorar, amar y ser conscientes de quiénes somos.

Por añadidura, esta red social refleja la manera en que en el siglo XXI se aniquila el amor, debido a que se reduce a un simple concepto relacionado con la intimidad y placer efímero. Parece ser que esta noción es utópica, solo existente en otra dimensión, en películas o en cuentos. Asimismo, la seducción se pierde, pues ya no parece haber una necesidad de conquistar, de coquetería. De este modo, Instagram invita a una relación instrumental, en donde el otro es un simple producto comercial como Barbie o Ken.

Como idea final, Instagram incrementa la discrepancia entre un estilo de vida imaginado y la vida real. Esta red social vende una realidad que aparenta ser perfecta, pero no lo es. Esto pone en evidencia el miedo a la realidad que tenemos, pues no nos detenemos a trabajar en las experiencias que causan dolor, por lo contrario, las publicaciones se centran en los aspectos positivos, en la apariencia.  

En otras palabras, todos muestran quienes quieren ser mientras esconden quienes realmente son. Esto conduce a una idealización del otro, a asignarle un valor dependiendo de aquello que se observa, por ende considerándolo solamente de manera superficial, y eliminando la posibilidad de una verdadera preocupación y cuidado por el otro.

En este orden de ideas, la decepción es una de las repercusiones más graves que genera Instagram, puesto que el usuario va configurando estereotipos y prejuicios sobre el otro, pero cuando estas expectativas no se cumplen, el individuo se desencanta rápidamente. Por ende, la fantasía sobre el otro se erradica, y el Eros comienza a desvanecerse.

Adicionalmente, el capitalismo utiliza Instagram como el medio ideal para generar ingresos al implantar necesidades y anhelos a los usuarios, ofreciéndoles una basta oferta tanto de contenidos como de productos. Es así, como el otro queda relegado, mientras que se le da prioridad a lo material. Esto pone en evidencia cómo la sociedad está en decadencia y cómo sufre una terrible enfermedad, que solo puede ser curada al trabajar en aquello que nos hace humanos, y sanar profundamente, no de manera superficial.

En conclusión, Instagram es el burdel del siglo XXI al hipervisibilizar la imagen y convertir el rostro en una simple faz, que desnuda constantemente, no permite ver su propósito o esencia. Asimismo, pone en evidencia la sociedad de la hipercomunicación y vigilancia, en donde soy visto, ergo, existo. Adicionalmente, es el reflejo de una lógica de mercado que se aprovecha incluso de la vida humana, convirtiéndola en un simple objeto, que al mejor estilo de cualquier McDonald’s, está a disponible las 24 horas del día. Es por esto que se hace fundamental entender la manera cómo la sociedad de la transparencia opera, con el fin de desarticular poderes y ver a ese Otro que está realmente sufriendo y necesita ayuda.

Colaboradora externa: Carolina Chaparro

 

 

Y recuerda... ¡Si ayudarnos a crecer quieres, compartir este post debes!  

Fuentes: Chul Han, Byung. (2013). La sociedad de la trasnparencia. Barcelona: Herder Editorial, S.L.
               Chul Han, Byung. (2014). La agonía del eros. Barcelona: Herder Editorial, S.L. 

Foto de portada: pinterest