Aventura lectura (II)

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Por Q abril 23, 2017  más artículos

 

Por si quieres leer Aventura Lectura (I)

La niña de rizos oscuros y mente curiosa no dudó en adentrarse en aquel bosquejo que se divisaba desde lejos. Ella, tomo en mano, surcó mares y océanos, conoció a Reinas y Princesas, se aventuró en todo aquello que frente a ella se erigía y cobraba vida. Era feliz en esos mundos, no podía negarlo. Cada vez que llegaba hasta ellos, la niña reía, aunque, a veces, también lloraba, sentía, sufría, incluso, a cada paso, se sorprendía. Un cúmulo de sensaciones que podía vivir en soledad, pues solo ella conocía ese camino, solo ella sabía qué podría ocurrir al otro lado sin importarle las consecuencias, sino todo lo contrario, buscándolas en cada aventura, soñando con que llegara el día en que se uniera a sus personajes favoritos para siempre.

La niña creció y se convirtió en mujer. Atrás quedaron las aventuras, las lecturas, los tiempos de ocio, de soledad, esa que tanto llenaba a la niña cada día, pues cada día la suplía con sus mejores amigos de ficción, esos que los grandes autores le brindaron, le hicieron creer en la magia, en el amor, en la felicidad eterna e, incluso, por qué no afirmarlo, en los príncipes azules.

Y, así, esta mujer, cuando creció, vagó por el mundo real buscándolos a todos. Cuando hallaba una preciosa princesa, le preguntaba a esta: “¿Dónde está tu sonrisa, dónde están tus ganas? En el reino de Literalia, tú parecías más feliz, más hermosa, incluso, más real.” La chica no entendía porque sus princesas de cuentos de hadas se tornaba ante ella como mujeres oscuras o débiles, frágiles o sin sonrisa, o todo en la misma. Ella no las recordaba así. De eso estaba segura. Tampoco recordaba que el lobo feroz fuese tan feroz ni tan desgraciado. Los malos de Literalia no eran tan malos como los que se ocultan en las faldas de la impía Realidad.

En Literalia, la Reina de todos los habitantes era la Esperanza y, con ella, todos conseguían llegar a buen puerto. En Literalia, hasta las historias más crudas se tornaban bellas engarzadas palabra tras palabra. La niña aún recordaba ese mundo en el que podía escapar de su propia y cruda realidad, aquella que la privó de infancia, que la convirtió en mujer demasiado pronto, aunque, jamás consiguió disipar del todo a la niña que yacía dentro.

La niña interior se quedó dormida durante un tiempo, y cuando no dormía simplemente disfrutaba de la vida sin más, intentando encajar en un mundo al que nunca había pertenecido. Un tiempo que se tornó de oscuridad, de pura y fea realidad, de momentos vacíos, materiales, difusos, sin alma. La mujer que quedó y que abandonó a la pequeña, también parecía no tener alma, parecía uno más de ellos. Había dejado atrás todo aquello que la hacía ser especial.

Había ganado, o al menos así ella lo creía, toda una vida, divertimento, amistades, más de las que nunca tuvo, más que las que nunca tendría. Era popular, reía mucho, parecía realmente feliz. ¿Qué importaba ya el mundo de Literalia? Fue su cobijo en años sombríos, pero esa vida ya quedó atrás y con un prometedor futuro esperándola, qué más podía pedir que seguir así para siempre, junto a los personajes que fue encontrando por su nuevo camino que, aunque diferían bastante de los que había conocido en sus viajes a Literalia, la mujer aprendió a amarlos por lo que eran, seres reales.

Pasaron los años y la mujer seguía creciendo. Se había convertido en una bella persona, por dentro y por fuera, que vivía su vida al día disfrutando de lo que le ofrecía la misma. Todo parecía ir bien… Y lo iba, pero… Siempre hay un pero…

Pero la niña seguía ahí, adormilada, mientras la mujer que había tomado su lugar la mantenía alejada bajo el hechizo de la fama social y efímera que la dormitaba en su torre de piedra marmolizada. Cuando la niña espabilaba, a veces afloraba en modo de mueca, en modo de broma de niña pequeña. Y era en esos momentos donde la mujer era más ella.

Pero, al poco tiempo, la mujer despertaba de su escarceo por Literalia, pues ya no tenía tiempo para volver a su mundo de ensueño. Los deberes de la Realidad la hacían mantenerse en tierra, dejando a un lado a esa niña traviesa y tan necesitada de un amor puro como el que sintió una vez en sus aventuras de lectura, un abrazo caliente como el que le brindaron sus sueños de otros tiempos. 

Cuando surgían estos pensamientos, algo se tambaleaba en su realidad enmascarada. Aún así, la mujer intentó obviarla, ignorarla, no pensar más en ella. Y lo consiguió. Fue llenando su mundo de cosas preciosas, de objetos increíbles, de vestidos, de zapatos, de marcas y de máscaras. Relegó a un rincón su antes honorada biblioteca, y envolvió todo su corazón para regalo, pues parecía no necesitarlo. Ahí quedó, relegado al lugar que ocupaban sus libros. Y nunca más se acordó de ellos.

Ocho largos años pasaron allí olvidados, ocho largos años de letargo, mal gastados por la desidia del olvido, del hastío, siendo testigos de la transformación de su niña en la mujer vacía que se erigía ante ellos.

La mujer, algún que otro día, fingía amarlos, cuando le convenía, fingía conocerlos bien, y se apoderaba de ellos a ratos, quizá para no soltarlos del todo, pues algo en ella vibraba, aunque muy lentamente, aunque muy tristemente, algo en ella vibraba…

La mujer ya no creía en nada, ni en príncipes azules ni en casas encantadas. Solo veía una realidad marchita que ignoraba, que no le importaba, pues ella en su bonita zona de confort de todo disponía y nada le dolía más allá de la pantalla. Así pasaba la vida, olvidando lo que había sido, lo que había sentido y lo que a su alrededor pasaba.

Cuando menos creía, cuando más se había acomodado a la banalidad del mundo físico, pasó algo que lo cambió todo.

La mujer se enamoró. 

Un flechazo que se forjó un año antes sin ella saberlo, un momento que eclipsó su vida sin ella saberlo, sin ni siquiera pretenderlo. Fue en su madurez cuando ella regresó a ser la que era, cuando a través de los ojos de Él se reflejó todo el mundo que escondía desde hacía tanto tiempo. La mujer no podía explicarlo, no entendía qué le ocurría. No quería pensar que fuera un simple capricho, fruto de su aburrimiento, de sus ganas de cambiar de vida o de sus ganas de sentirse amada por una vez, pues hacía ya mucho que no lo sentía por parte de la persona con la que compartía su cama cada noche y su mundanal vida cada día.

Con Él entendió muchas cosas. Con Él se mostró como Ella era, como siempre había sido, se despojó de todas las cargas, de todos los ropajes que la engalanaban de falsa apariencia y le relató su propia alma. 

Con ningún otro llegó a tanto en tan poco tiempo. Con ningún otro sintió estar viendo en sus ojos a alguien reconocible para Ella, alguien que ella conocía desde hacía mucho tiempo de sus largas aventuras por Literalia.

No con ello todo fue felicidad. La mujer lloró, más de lo que nunca recordaba haber llorado. Aunque muchas lágrimas portaban la palabra Libertad, Descanso, Despertar. El Arrepentimiento, el Rencor, la Frustración al derrumbar todo el mundo que había creado en esos años de un solo plumazo, se apoderaron de su cansada alma.  

Esos miedos la tuvieron presa por un tiempo, que fue muy corto gracias al coraje que demostró en esos momentos. Ella arriesgó todo por esa Luz que la había devuelto a su Yo más puro, a su Yo más etéreo.

No fue solo cosa de una mirada o de un furtivo beso que la despertara de su profundo sueño, no fue solo eso. Hubo mucho más allá por lo que Ella decidió apostar. En sus momentos de calvario en los que debía tomar una decisión crucial en su vida, la mujer llamó a la puerta de aquella niña que recordaba como su amiga. La niña, que dormía plácidamente en un rincón de su corazón, salió airosa al rescate. Le recordó a la mujer los escritos que guardaba de la época en la que aún se comunicaba con el alma. La mujer los leyó y volvió allí, y más aún, en ellos también lo vio a Él, y así entendió que no había más que hacer que dejarse envolver por la magia que se había creado, por lo que se había despertado en su interior y que llevaba apagado 16 largos años.

 

Entre sus escritos pudo leer el siguiente mensaje que le dejó entre ellos la niña hace ya mucho tiempo: Para todas aquellas personas que abren cada día su mente, dejándola volar por un cielo completamente azul, hacia un universo nuevo lleno de sueños inalcanzables; ese lugar que todos idealizamos individualmente y que todos deberíamos plasmar en unas pocas hojas para recordarlo cuando la memoria falle. Para que la imaginación lejana de los niños, que en nuestro interior perduran vanamente, no deje nunca de darnos esa luz que nos cobija en las noches más melancólicas y apagadas de nuestra vida. Que nuestros sueños nos lleven hasta donde deseemos y que los infames miedos que nos acechan sean puras fantasías de las que los buenos escritores escriben para fascinarnos. 

 

Fue un camino duro, todo no fue fácil, no todo fue bonito. Ella tenía mucho rencor dentro, muchas contradicciones que la conducían al odio, al temor, a la vuelta a su soledad. ¿Había hecho bien alejándose de su vida real? ¿Él podía darle todo lo que Ella necesitaba? La niña le decía que sí. La mujer negaba con la cabeza y se enfadaba con el mundo.

Así pasaron algunos meses, en los que la niña iba apareciendo cada vez más y la mujer cada vez menos. La niña le otorgó un sitio privilegiado a su Biblioteca, ordenó sus ideas, comenzó a crear, volvió donde se había quedado años atrás. La mujer, de vez en cuando, exigía su sitio, quería seguir sobresaliendo en un mundo vacío y muerto. En esos momentos, la niña se hacía pequeña y se escondía en su rincón del alma favorito, junto a Literalia. La mujer siguió tropezándose, poniéndose ella misma las zancadillas que la hundían en su propia y constante contradicción. Seguía sin rumbo, sin saber qué estaba haciendo y si era lo correcto.

Pero llegó un día en el que todo se ordenó. No fue solo un día, fue una preciosa suma de días que van alzándose en nuestro camino, de días que si los aprovechamos bien y los admiramos con lucidez, pueden ser los mejores días de nuestra vida. Esos días condujeron a más días claros, hermosos, vibrantes. Y esa luz permitió a la mujer ver más allá de lo que simplemente veía a su alrededor. La niña también creció, pues ya era hora de salir del letargo de una infancia perdida y amarrarse fuerte a la realidad de verdad, a la que una misma debe intentar imponer en su propia vida. Y, por fin, ante el mundo pudimos divisar a esa Mujer de verdad, no un calco de la barata realidad que nos venden desde pequeñas como el sueño que debemos alcanzar, una mentira que nos hace volátiles, inseguras, tristes por naturaleza aunque de apariencia risueña, despreocupada, ignorada y, lo que es peor, ignorante que le vale a aquellos que no tienen alma, pero cuando sí que la hay, cuando está ahí, inevitablemente, no podemos obviarla, sino amarla por encima de todo, sentirnos únicas, fuertes, con o sin príncipe, pero sí siempre con mucha Luz, venga de donde venga. La luz es la que nos dice lo que valemos y lo que podemos llegar a conseguir si nos lo proponemos.

En ese momento, la Mujer nueva, la niña que fue y que persistió en su interior contra viento y marea, consiguió descifrar esa palabra tan compleja y que tanto perseguimos ciegamente envuelta de cosas materiales, de momentos vacíos y de conversaciones aún más necias: a esa que todos llamamos Felicidad. La mujer volvió a abrazar con fuerza a su Soledad, que la acompañaba en sus momentos más íntimos, cuando se siente a ella, cuando se ama más que a nada, momentos muy productivos, creativos y propicios para Ella. Así es como llegó a entender qué era Felicidad, lo que ella resumió en tres palabras: Soy yo misma. Todo ese cúmulo de letargos, de errores, de tropiezos, de experiencias, hicieron de Ella ser quien era, una persona, al fin, feliz. Y todo lo demás, nunca más volvió a importar.

 

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Foto de portada: pinterest