El desarrollo de los roles de género en la infancia

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Por Q agosto 22, 2017  más artículos

 

¿Cómo es posible que, durante siglos, media humanidad haya discriminado a la otra media? Si comenzáramos a analizar la discriminación de la mujer desde los principios de la historia y todas sus consecuencias, deberíamos llenar folios y folios de datos, causas y consecuencias. Por ello, analizaremos la que es, desde el punto de vista de la ética, la principal causa de la discriminación sexual: la debida a la educación que reconoce, de entrada, un rol masculino y un rol femenino

Gregorio Marañón escribe “el gran error de nuestra sociedad ha sido educar al hombre contra la mujer y a la mujer contra el hombre”. Sin duda alguna, esta es una de las más importantes causas de la discriminación de la mujer, ya que este aspecto ha influido de forma determinante en la educación de hombres y mujeres

Las diferencias de género son, por tanto, inculcadas desde nuestra infancia. Nuestro sexo determinará la forma en que vamos a ser educados, pues en función de nuestras características físicas, se nos asignarán unos colores, se nos promoverán unas actividades específicas e, incluso, se nos dará un tipo diferente de afectividad y libertad, todo ello crucial para la construcción de una identidad propia que irá muy ligada a nuestro género y lo que se espera de este.

Podríamos incluso afirmar que ya desde antes de nacer condicionamos los estereotipos de género. Por ejemplo, la mayoría esperamos a saber el sexo del bebé para escoger el color de las paredes de la habitación y de la ropa, pues es innegable el significado cultural que le asignamos a los colores.

Aunque pueda parecer que el color no es un factor tan importante en las diferencias de género, sí lo es en cuanto a lo que se desprende de ellos. Si miramos unos años atrás, hubo una época en que los bebés vestían todos de blanco, independientemente de su sexo. No sería hasta después de la segunda Guerra Mundial cuando se les asignaría un color a cada uno, siendo en un inicio el rosa para los niños y el azul para las niñas, al contrario de la moda actual. Lo curioso fue la explicación que se le dio a ello, justificando que el rosa (asociado al rojo y a la sangre) era un color más fuerte y decidido, mientras que el azul era un color más delicado y fino. Como todas las modas, esta cambió invirtiéndose los papeles, justificando entonces un nuevo significado a cada color que cuadrara con el rol de género establecido. Así, se pasó a considerar el rosa como un color más fino y delicado, símbolo de la feminidad. 

Ahí comienza el absurdo devenir humano en cuanto a roles de género se refiere, en cuanto a la implantación sistemática de una sociedad rigurosamente patriarcal que nos limita desde pequeñas, desde antes de nacer, y desde muchos focos diversos. Los primeros, las grandes industrias y la moda, como venimos viendo con los colores, las imposiciones morales (y malditas) de la moda, que obligan a las madres menos tradicionales a dar arcadas ante tal espantosa crueldad estilística de los bebés, y ya si hablamos de niños y niñas algo más mayores, la cosa empeora. Las niñas encuentran muchísima ropa de multitud de colores brillantes y claros, siendo el color prioritario el rosa. Los niños se marcan en azul y en los colores más tristes y apagados de la escala. Ya, desde aquí, vamos formando en ell@s una etiqueta que lucirán durante muchos años, al menos hasta que rompan por ell@s mismos las duras cadenas del matrimonio capitalismo-patriarcado y hagan lo que les salga de su alma, sin seguir modas ni imposiciones. 

La publicidad, la política, las mayores industrias dominadas por hombres que mueven todos los hilos de este teatrillo que se han montado desde el inicio de los tiempos, han ocultado nuestra cara, nos han convertido en sumisas, en acatadoras de normas y leyes. La educación, desgraciadamente, implantada y dirigida por los mismos incautos, también peca desde su base de la misma tiranía. Y las mujeres, fieles títeres en una función milenaria, han seguido ahí porque les puede el amor, les puede el poner la otra mejilla, el creer que todo puede cambiar a mejor, porque ellas, porque nosotras, tenemos algo muy preciado, algo único, esperanza.

Y ahí comienza el desastroso error de todo. En creer, en apoyar, en acatar órdenes, en tener miedo y en callar. Hasta que algunas, y cada vez muchas más, ya no callan, ya no acatan órdenes y, además, luchan por el resto, por todas nosotras, desde las menos privilegiadas a las mejor posicionadas en la escala social. Aquí no hablamos de otra cosa que de igualdad. No es tanto pedir. Es solo abrir los ojos, entender, darnos cuenta de lo que nos rodea y apoyar a la otra, aunque ella aún no sea consciente, aunque ella forme parte de la estructura patriarcal, aunque sea una víctima de los valores impuestos a lo largo de una Historia muy larga.

Volvamos a la infancia. En ella, además de un tipo de ropa y de color, nos imponen unos determinados juguetes en razón del sexo. L@s niñ@s muy pequeños no entienden aún de normas sociales ni estereotipos, por lo que juegan con todo tipo de juguetes, sin discriminar ninguno. Cuando crecen y se relacionan con su entorno comienzan a sentirse influidos por la cultura que los envuelve, de la cual recopilan información constantemente. Alrededor de los 4 años empiezan a aprender lo que “es de niños” y lo que “es de niñas”. Lo aprenden por el tipo de juguetes que se les compra, por la publicidad que les rodea o por el tipo de juegos que ven que sus compañer@s del mismo sexo usan. En la misma publicidad, siguen siendo niñas las que mayoritariamente anuncian muñecas, juegos domésticos y artículos de belleza, mientras que los niños se relacionan con coches, construcciones, deportes y juegos de lucha. Esto supone un potente mensaje para una personita que empieza a relacionarse con su entorno.

Pero no solo se inculcan estos estereotipos con los juguetes que les compremos o los colores que les pongamos, sino también con el modelo que les estemos dando. Aunque el promedio de participación de los hombres en las tareas del hogar haya aumentado en los últimos años, en la mayoría de familias, las mujeres siguen dominando en cuanto a responsabilidades domésticas se refiere. Y esto es una realidad por mucho que queramos obviarla o escuchemos la frasecita tan bien traída de "Yo ayudo en casa". Los niños aprenden, sobre todo, por modelaje, son esponjas que absorben todo lo que llegan a ellos, y tienden a identificarse con los adultos de su mismo sexo, por lo que aunque les intentemos enseñar valores de igualdad, hace falta predicar con el ejemplo.

Si nos centramos en la educación recibida hacia los distintos sexos, es sabido y mostrado que la educación ha hecho hincapié en que la mujer es más débil que el hombre y que este debe ser preparado para tomar decisiones, afrontar riesgos y ser dominadores de las situaciones. Este tipo de educación es incorrecta y debe ser inaceptable.

Los roles de género están muy arraigados en nuestra cultura. Somos seres sociales, y como tales, estamos influidos por las normas y estereotipos de la sociedad para poder encajar y sentirnos parte de ella. Y si para ello, necesitamos hacer creer que nos gusta jugar al fútbol, solo para que nuestros compañeros nos hagan sentirnos partícipes de su grupo, lo haremos, o para que nuestro padre nos reciba con una palmadita en la espalda. Estar fuera de lo establecido, el no gustarte lo habitual, lo que a "todo el mundo", solo te acarreará problemas, así que te obligan a mantenerte en tu posición, en tu rol.   

Aunque, afortunadamente, los roles han ido cambiando a lo largo del tiempo, y actualmente la gente cada vez está más concienciada y comprometida a romper con estos estereotipos, seguimos viviendo en una sociedad machista en la que hay que seguir luchando para alcanzar la igualdad.

Cambiar estos estereotipos es cosa de todos y se debería hacer en todos los ámbitos desde la infancia. No es cosa de unos o de otros, sino de la sociedad en conjunto. Es necesario hacerlo en casa, en las aulas, en los medios, en los dibujos y películas, en el lenguaje, en los juegos, en las canciones... Requiere, pues, un esfuerzo generalizado que les dé un mensaje común y coherente, desafiando así a los estereotipos de género tan arraigados en una sociedad de base sexista y de los que cuesta tanto deshacerse, ya que nos lo han metido con calzador desde toda una vida.

Todos los niñ@s deberían tener la oportunidad de explorar diferentes roles y diferentes estilos de juego en la infancia para crecer como seres libres sin ataduras ni prejuicios de ningún tipo. Hay que darles las mismas oportunidades y transmitirles que tod@s ell@s, independientemente de su género, pueden vestir, jugar o ser como ell@s quieran o sean. Ell@s también pueden ser sensibles y ellas pueden ser fuertes. Y tod@s pueden llegar donde ell@s deseen.

Pero, ¿si estamos inmers@s en el sueño eterno de un patriarcado dominante en nuestra sociedad? ¿Cómo nos despertamos de él? Si a cada paso, a cada comentario, hay una ofensa dispuesta a dar el pistoletazo de salida para atentar en contra de las mujeres, en contra del tan temido y acusado Feminismo, ¿cómo cambiamos esta realidad? Aquí está la cuestión a razonar, la cuestión que desemboca en un "es lo que hay, es lo que toca, vive bien, no te quejes, hazlo lo mejor que puedas y, con suerte, te salen unos hijos maravillosos con cero rastro de machismo en sus venas". Con suerte. O con mucha desgracia, educas a tu hijo y a tu hija dentro de un marco de igualdad y la sociedad y la educación lo tira todo por la borda, pues de puertas para afuera, la contaminación machista diaria es más que brutal y agónica, pesada y cansina ya hasta la saciedad. Pero, no, las cansinas, las locas, las victimistas y las malas mujeres somos nosotras. Así es o así nos lo han contado.

"El patriarcado funde las bombillas de la inteligencia..." Qué expresión más acertada sobre la envoltura de idiotez humana que nos cubre, que nos hace presas, que nos vuelve títeres una y otra vez. El patriarcado también alecciona y crea un modelo de mujer ansiado por todos ellos y, por ende, deseado por ellas también. Además de reproducir mujeres objeto, hermosas, delicadas y muy femeninas, las moldea como seres colmados de amor, cuya máxima realización en la vida es la de ser madres que estén dispuestas a darlo todo por amor, un amor romántico en el que se nos condiciona a dar todo por el otro sin titubear. Amor a nuestra pareja, amor a nuestros hijos, amor hacia el sistema que nos pide amor y no nos deja amarnos a nosotras mismas. Amor al prójimo para darle aquello que desea de nuestro cuerpo y que no puede ni debería alcanzar de ese modo, pues supone una violación de nuestra dignidad como personas, pero que el sistema se lo ofrece envuelto en papel de regalo y aquí callamos todas, creemos todas, acatamos todas. ¿No? De eso parece ir el juego y el altruismo que nos venden. 

Ese amor que nos vuelve presas, que nos pone el listón por las nubes y al que no nos podemos abnegar. Debemos aceptar sus condiciones, sus límites y sus imposiciones morales en todos los ámbitos. Pues así, él ejerce su poder sobre nosotras, la especie dominada por los siglos de los siglos... Por ello, debemos aceptar que necesitamos un hombre a nuestro lado, que somos incapaces de hacer muchas cosas asignadas a ellos; debemos aceptar que nuestra amiga nos diga lo demasiado gorda, flaca, desmejorada, desarreglada que estamos. También aguantamos que nuestros hij@s no muevan un dedo para colaborar en una casa que es de todos, porque el modelo de esta sociedad no ayuda a una madre por muy feminista que pueda ser; el modelo de esta sociedad absorbe sus mentes y los convierte en borreguitos que no piensan, son felices, ríen, salen de fiesta y no se deben preocupar por nada. Su burbuja está intacta, por tanto, todo lo demás no parece ser importante. Tenemos que aceptar que cumplimos años, que se nos pasa el arroz si aún no hemos decidido dejarnos vislumbrar por la panacea de la maternidad, tenemos que aceptar que la publicidad nos marque cómo debemos ser, cómo debemos cuidarnos, cómo debemos ir evolucionando como mujeres a lo largo de nuestra vida. No nos preocupemos, chicas, ellos ya nos marcan todos los caminos, nosotras solo debemos seguirlos para ser aceptadas en una sociedad en las que siguen matando y violando a otras, pero nosotras estamos a salvo en los bajos del capitalismo y el patriarcado, estos dos apuestos machotes que nos aguardan en casa a la hora de cenar. 

Negarnos la posibilidad de romper el molde es la forma de mantenernos calladas para el patriarcado. Es la forma en que la dominación persiste y se alimenta de nosotras, de nuestros cuerpos, de nuestras alegrías, de nuestros sentimientos, de nuestras formas de expresar nuestros fuegos internos, y una vez madres, hasta de la forma de educar a nuestros hij@s. Y así, nuestro fuego interno se extingue si seguimos permitiendo que el sistema se alimente de nuestros miedos, de nuestra obsesión de ser “ella”, de ser buenas madres, buenas amantes, buenas esposas, buenas hijas… Ser buenas para ellos, ser buenas para el mundo, ser lo suficiente buenas para el resto y no para nosotras. 

A las mujeres nos enseñan desde niñas que existe una "otra" como antítesis de lo que somos. Y se nos hace creer que es algo natural. Las niñas buenas y las malas. Las madrastras, las brujas, las hermanastras de los cuentos. Las novias para entretenerse y las novias para casarse. Las jefas que son peores que un jefe. Las mujeres que cuando queremos somos más malas que los hombres. La otra que busca la ruina de hombres y matrimonios (pobres hombres siempre a nuestra merced). La mala. Las malas. Las que no somos nosotras. Las otras. Aquí sería interesante puntualizar la cita de Marañón: “el gran error de nuestra sociedad ha sido educar al hombre contra la mujer y a la mujer contra LA MUJER”.
 
El sistema patriarcal es férreo y nos educa para acatar el pacto originario del respeto entre hombres, pero no a respetarnos entre nosotras. Cuando estamos dolidas, rabiosas, cansadas o enfadadas acabamos recriminando a quienes esperábamos que nos acompañaran incondicionalmente. Esas esperanzas desmedidas siempre se focalizan hacia otras mujeres. Incluso, en el Feminismo, nos echamos mierda unas a otras porque nuestros Egos deben sonar más altos que los de las demás. Por ello, decidimos muchas veces por todas, planteamos que las mujeres deben ser las que salven a sus hij@s de este patriarcado, de la violencia que puedan recibir durante su infancia, que las madres son las super mujeres que deben saber plantarse cuando llegue la ocasión. Y si no, la culpa, de ellas, siempre ellas. 
 
El sistema patriarcal nos manda su estrategia cifrada en miles de formatos: "Divide y vencerás". Lo hemos visto repetido hasta la saciedad en los dibujos, en las películas, en el colegio, etc. Pero, para ello, las mujeres hemos creado otra: La sororidad. 
 
La sororidad es una práctica personal, intelectual y política. Es la conciencia de que, por encima de las diferencias de todo tipo existentes entre las mujeres, hay una opresión común por el hecho de ser mujeres. Y es previa a ser mujeres de una u otra raza, cultura, origen social, familiar o económico, o del origen biológico. Es por ello que la sororidad es nuestra meta, nuestro objetivo, tal vez una utopía, opinarán muchos, pero sobre todo, es nuestra esperanza.
 

La educación, como parte fundamental de la perpetuación del patriarcado, legitimiza esos roles y divide, crea seres inertes, sin motivación, sin preguntas, sin juicio crítico. A ellos, fuertes, bravos, inteligentes. A ellas, hermosas, educadas, complacientes y competitivas entre su mismo sexo.

Desde pequeñ@s nos hacen la marca que llevaremos arrastrando durante toda la adolescencia, en la que, si te separas de lo establecido, si eres diferente a lo que se espera de ti, quedarás recluido/a, tanto por compañeros como por profesores. Los adultos, los que deben estar ahí para apoyarte y salir de esa situación, te dirán que exageras, que son cosas de niños, que te haces la víctima, que eres muy pesada... Y, finalmente, desistirás. Seguirás tu camino sin llamar mucho la atención, intentarás que no se fijen en ti, en no dar la nota y pasar este tramo de tu vida (que ahora se te antoja un infierno, pero tranquila, es pasajero) lo más rápido posible. Así es, en el colegio o en el instituto no te enseñarán a quererte, no te motivarán, no te apoyarán y solo te harán el vacío si te sales de lo establecido como "normal". Y te lo digo, y os lo digo, porque lo vivo y lo sufro cada año en las aulas, en los angostos pasillos que caen como lápidas en las destrozadas mentes de niños y niñas a los que no se les explica la importancia de ser como son y de tratar a los demás igual, en constante cooperación, pudiendo hacer todo lo que se propongan en igualdad de condiciones. 

A estas niñas y niños, y con el sistema educativo al que nos aferramos como borregos indefensos a las escuálidas patas del lobo que los va a devorar, no se les enseñan valores en la escuela, no se les enseña desde una base desprovista de tintes sexistas. No. Cada día se dan nuevos casos de violencia de género entre los más jóvenes, más casos de bullying, muchos más casos de machismos implantados a fuego en las mentes de estos chicos y chicas que han crecido absorviendo con sus esponjas todo lo malo que esta sociedad les proveía. Y, ahora, convertidos en chicas y chicos de 16 o 17 años, incluso más jóvenes, insultan, menosprecian a sus compañeras por su forma de vestir, por su forma de expresarse, de sentir, de ser. Ellos se escudan en los tan repetidos chistes machistas que parecen haber masticado lentamente durante años, y ellas, cada vez más conscientes de lo que se cuece a fuego muy lento, se exasperan, se molestan, se defienden en muchos casos, las más valientes, las más seguras de sí mismas, pero les cuesta, por la propia imposición social, salir en defensa "de las otras".

Necesitamos un cambio de perspectiva. Necesitamos una educación igualitaria que explique menos teoría y se adentre más en las personas. Que no nos haga repetir los libros absurdos de texto y que apueste por una educación en valores, motivadora y creativa, que genere personas con criterio, con juicio crítico, con expectativas, con igualdad de condiciones, respetuosas y valiosas para una sociedad que se desploma y que necesita más que nunca un modelo coherente al que acudir.

Que no se trata del "todo vale" o yo "sé más que tú o "mi idea es la correcta". Se trata de sumar, no de enfrentar. Se trata, más bien, de aunar, de pensar más en todas y todos, de generar debate para beneficiar el progreso y no los intereses de los que mueven los hilos de este teatro llamado mundo. De mirar por el conjunto, de mirar más allá de los privilegios a los que tenemos la suerte de acceder a costa del sufrimiento de muchos otros que se nos antojan tan lejanos que no les echamos cuentas.

El mundo no ha cambiado tanto. En esencia, sigue sustentado en los valores más arcaícos y obsoletos de nuestra civilización. Avanzamos en tecnología, en conocimientos, en información, en comunicación, pero retrocedemos en valores, en empatía, en la humanidad de una civilización que se atrasa y se empecina en seguir valorando a los hombres y a las mujeres en relación con estereotipos y actuaciones que nos dejan en mal lugar a ambos bandos, aunque tristemente, ni siquiera seamos conscientes de ello.

 

 

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Foto de portada: revistamito.com