Abracadabrante Día de la Lengua Española

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Por Q abril 23, 2017  más artículos

 

Hoy, 23 de abril, además de celebrarse el día de Sant Jordi en Cataluña, el Día Mundial del Libro y del derecho de autor y, en QFem, el Día del Amor por el Libro y las Personas Lectoras, también hay sitio para celebrar el Día Mundial del Idioma Español en honor a nuestro más grande escritor, Miguel de Cervantes Saavedra, que murió este mismo día del año 1616

El idioma español se extiende hoy por todo el planeta. Es la segunda lengua más importante en todo el mundo con más de 500 millones de hablantes. Llegó al continente americano por los viajes de Cristóbal Colón por América. Pero su historia empieza mucho antes.

 

 

Cuando se desmoronó el Imperio Romano, en España se siguió utilizando el latín pero, cada región lo fue adaptando tanto que aparecieron las lenguas romances o neolatinas. El castellano es una lengua romance que se ha expandido por todo el mundo, conocido como español por ser aquí donde se gestó, en el Reino de Castilla. Se consolidó con la unión de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, los Reyes Católicos. También fue muy importante la publicación de la primera gramática castellana para asentar las bases del castellano de Antonio de Nebrija, en 1492, año en el que Cristóbal Colón llegó a América. El día del idioma se celebra a partir del año 1702.

 

Tampoco pretendo aburriros, pero sí que conozcáis un poco de historia. Es muy interesante conocer los orígenes y evolución de las lenguas de las que nace nuestro riquísimo idioma. Los que hemos estudiado Historia de la Lengua (y además nos fascina) entendemos la necesidad que había de esta labor de unificación de reglas para una lengua, la que se había hecho con todo el territorio español gracias a la expansión de los Reyes Católicos, los que decidideron que fuese el Castellano el idioma oficial de nuestra tierra por encima de sus dialectos hermanos, el catalán, el navarro-aragonés, el castellano, el astur-leonés, el gallego y el mozárabe (romance hablado en Al-Andalus).

Aunque no le vamos a reconocer todo el mérito a los dos monarcas, pues ya antes de ellos, el rey Alfonso X "el Sabio" y su sobrino Don Juan Manuel (autor del fabuloso libro de cuentos populares, El conde Lucanor) hicieron crecer al castellano por encima del resto por su insistencia en traducir todas las obras escritas en árabe, hebreo, latín o griego al castellano, y por su afán de darle eternidad a sus obras, por protegerlas por y para la posteridad.

 

Eso hizo que nuestra creación artística y literaria subiera como la espuma. Y más aún, cuando a partir de esos siglos (XIII-XIV) empezaran a surgir escritores con ganas de ser conocidos, de ser creadores de una obra de arte, más allá de las obras destinadas a temas jurídicos, legislativos, científicos, religiosos, etc. ¡Surgió entonces la ficción! ¡Y llegaron los más grandes (Manrique, Garcilaso de la Vega, Lope de Vega, Cervantes, Góngora, Quevedo....)! Un largo etcétera que no relataré aquí, pero que prometo algún día dedicarles su merecido espacio (a mis adorados clásicos). 

Desde que estudiáramos las palabras en latín, como llegaron a nuestra tierra hasta su transformación como las conocemos en la actualidad, han pasado varias fases, varias transformaciones y el influjo de otros pueblos como el árabe que, sin duda, nos han dejado un amplísimo vocabulario heredado de ellos (solo tienes que pensar en esa "almohada" que te espera cada noche o a la que consultas absolutamente todo...). Cierto es que si hubiera seguido los mismos derroteros, y si no llega la salvadora RAE a cerrar y unificar, probablemente, en tres siglos más nos hubiera dado para bastante más de lo que por hoy nos escandalizamos. En diez siglos de historia, tenemos una evolución de la lengua impresionante. Solo tenéis que buscar un texto en castellano antiguo para comprobar de lo que hablamos.  

 

 

Fijar la lengua al estilo cervantino y con los Siglos de Oro (siglos XVI-XVII) a sus espaldas, en plena época de la Ilustración (siglo XVIII) y de mentes lúcidas, fue un gran acierto el nacimiento de la Institución pero, en las últimas décadas, parece no importar ya esto y se osa resquebrajar una obra tan grande como el diccionario de la Real Academia de la Lengua con palabras que jamás hubieran tenido cabida alguna en épocas más doradas de nuestra Historia.

Desde que llegara la RAE, se dieron muchos avances lingüísticos y, por supuesto, se les fue dando cabida. Muchas otras influencias nos llegaron de otras partes del mundo (como el italiano más literario y renacentista con Dante y Petrarca en el siglo XIV) y gracias a nuestros grandes autores clásicos, todo ese vocabulario fue formando parte del amplio corpus de nuestra lengua. Con esa referencia, era lógico que el castellano creciera tan hermoso... Las referencias hoy en día van por otros lares. Ahí está lo triste...  

 

 

Entonces, ¿está de moda hablar mal y aplaudir a los que lo hacen? Pues eso es lo que parece con las últimas andadas de la famosa Real Academia de la Lengua Española, esa que nació allá en el siglo XVIII, concretamente, en 1713, cuando se siente el peso de la literatura anterior y, aunque el idioma continúa su evolución, las novedades y vulgarismos comienzan a tropezar con la barrera de las normas establecidas. La Academia, símbolo de esta postura, surgió para imponer su lema “limpia, fija y da esplendor”, que quedó cumplido con sus obras: el Diccionario de Autoridades (1726-39), la Ortografía (1741-1815) y la Gramática (1771).

 

Y no creáis, nuestros escritores del Siglo de Oro no sentían por el rigor gramatical una preocupación tan escrupulosa como la que se comenzó a exigir con el nacimiento de la RAE. Las incongruencias del habla pasaban con más frecuencia a la lengua escrita. Por ejemplo, la conjugación verbal ofrecía muchas irregularidades. Coexistían “amáis, tenéis, sois” con “amás, tenés, sos”, que pronto quedaron relegados por vulgares y desaparecieron. El imperativo “cantad, tened, salid” alternaba con “cantá, tené, salí” y con algún arcaísmo. El verbo “haber” conservaba la duplicidad de formas “hemos – avemos”, “héis – avéis”. De hecho, sería la Real Academia la que fijaría la Ortografía y la Gramática (1815), así como las amadas reglas de acentuación. Antes, nos encontrábamos de todo, lo mismo daba escribir con "b" o con "v" ("haber" o "aver"). La verdad es que esto cuando mis alumnos son conscientes de ello, imploran a los cielos "¿Por qué tuvo que llegar la RAE con sus inventos??"

 

Y no les quito parte de razón, la verdad. Las tildes se las podían haber ahorrado. El inglés, como gran ejemplo, no las usa y los estudiantes del mismo lo agradecemos, que ya tenemos bastante con la pronunciación (¡Malditos listening and speaking!).

Aún así, como buena amante de mi idioma y de la historia que lo envuelve, les explico porque gracias a Ella todos los hispanohablantes podemos comunicarnos entre nosotros con un idioma oficial y regido por unas leyes, por una norma para todos. Si cada uno lo usara a su antojo (como parece ir pasando cada vez más a menudo), esto sería todo un "despiporre" en el cual cada día nos entenderíamos mucho menos. Yo, al menos, me quedo con el español clásico de la institución que nació para preservalo por y para la posteridad...

 

La conquista y colonización del Nuevo Mundo trajo multitud de nombres referentes a su geografía física y meteorología, plantasanimales y alimentos antes desconocidos, pueblos y tribus, usos, vestidos, cultura material e instituciones indígenas... (canoa, huracán, cacique, criollo).

Después llegarían más influencias de gran beneficio léxico para el castellano, como las llegadas de sus relaciones culturales y políticas con Italia, que dieron entrada a palabras referentes a actividades como la guerra (escopeta), la navegación y el comercio (fragata), las artes y la literatura (esbozo, terceto) o la vida social (cortejar). De Francia importamos léxico proviniente de la moda (chapeo), de usos domésticos (servieta > servilleta) o de la vida palaciega (sumiller, ujier). El portugués dejó, entre otros, “cachimba”, “testaferro”, “payo” o “mermelada”. Las lenguas germánicas prestaron escasas palabras. En tiempo de los Reyes Católicos participaron en la guerra de Granada soldados suizos, de largos mostachos, que prodigaban el juramento “bî Got!” (por Dios); los dos rasgos se asociaron en el español “bigote”, desviado del sentido original y registrado ya por Nebrija en 1492.

 

Y aunque el léxico seguía creciendo y creciendo gracias a los distinos préstamos, en 1815 quedó fijada la ortografía hoy vigente. Las reformas posteriores han sido mínimas, limitadas a la acentuación y a casos particulares, como las que se dieron en la nueva Ortografía de 2010, aunque algunas de ellas han conseguido grandes confusiones que a día de hoy se siguen dando como, por ejemplo, la eliminación de la tilde en los pronombres demostrativos "éste, ése, áquel" (ya nunca la llevan, aunque muchos se empeñen en seguir utilizándola para diferenciarlos de los determinantes) o del adverbio "sólo", que la llevaba para diferenciarlo del adjetivo "solo", también desaparecida, aunque siguen fervientes los amantes de la tilde en "sólo" y la utilizan aún concociendo la modificación de la norma aprobada por la RAE. Esta defiende su exclusión por romper con las reglas de acentuación ortográfica generales (acentuación de agudas, llanas y esdrújulas) y ser fácilmente diferenciables mediante el contexto sin necesidad de una tilde diacrítica (la que se pone para diferenciar dos palabras que se escriben exactamente igual).

 

 

Los principales cambios, por si no los conocéis, fueron los siguientes:

  • Exclusión de "ch" y "ll" del abecedario, pues ya no se consideran letras sino dígrafos (conjunto de dos letras).
  • La recomendación de utilizar un solo nombre para cada letra. Entre otros ejemplos, se da cabida a la forma de "y griega" o de "ye", o "v" ("uve") que también puede ser llamada "ve" bajita, pequeña, baja... (no es que afecte mucho).
  • Eliminación de la tilde en palabras con diptongos o triptongos ortográficos: guion, truhan, fie, liais, rio, etc. Pues estas tildes también contradicen las reglas de acentuación ortográfica generales. (Aquí la mayoría seguimos pecando al ponerlas, por lo que es fundamental conocer bien las reglas).
  • Los prefijos como anti-, ex- o super- se escriben pegados al sustantivo o adjetivo al que modifican sin necesidad de guion o separación: ex ministro > exministro / anti patriarcal > antipatriarcal / super modelo > supermodelo. Solo se escriben con guion si se trata de un nombre propio: anti-Trump o separados cuando se trata de varias palabras: pro derechos humanos. 
  • Los extranjerismos o latinismos no adaptados a la ortografía del español deberán ser escritos en cursiva o entre comillas. Esta última modificación es la que menos me agrada personalmente. O sea, que puedo escribir: Me encanta el "ballet" clásico o, de forma adaptada, Me encanta el balé clásico.

 

Y, ¿por qué mi molestia ante la última modificación de la RAE? Porque, desgraciadamente, esto ya pronosticaba momentos desastrosos para la Lengua Española, momentos en los que todo vale y si lo escribo mejor o peor, mientras lo entiendas, ahí se queda, y ahora, además, aceptado y justificado por la RAE... Llegará el día en el que para decir final feliz al modo inglés, ya no será necesario hablar de "happy end", sino que con un japién nos servirá. Aquí es donde llega el gran problema...

 

 

A partir del siglo XX, el anglicismo fue creciendo en intensidad, primero en los países hispanoamericanos más estrechamente afectados por la expansión política y económica de los Estados Unidos, y después en todo el mundo hispánico, sin exceptuar España (jersey, jeep, stop, tráiler, rock, marketing, gángster, etc.).

Pero ahora, en este nuevo siglo, lo que están surgiendo son muchos otros nuevos términos derivados de la evolución de la sociedad y nuevos extranjerismos que necesitan de una definición correcta por nuestra Institución lingüística por excelencia. En lugar de enfocar su atención en dar carta libre para españolizar cada día más anglicismos, sería más productivo incluir términos como: disforia, transgénero, queer, hembrismo, bullyng, transfobia, y, así, otro largo etcétera.

 

 

 

Sin embargo, parece ser más efectivo quitar tildes (que no todas, solo algunas) y creernos los reyes del mambo al hacer nuestras todas las nuevas denominaciones, sin origen ni leches, a lo "espanglis". Además, de incluir palabras que sirven de mofa para los más incultos lingüísticamente hablando, que la utlizan como defensa de sus malos hábitos lingüísticos heredados del registro vulgar del lenguaje. Para los que no estéis muy puestos en estos términos, existen tres registros: culto (lo que llaman muchos desconocedores del término como "hablar pijo"), coloquial (es un registro que se separa del culto para proporcionar una conversación más relajada, sin llegar a incurrir en errores gramaticales u ortográficos) y, por último, el vulgar (aquí entrarían todas esas palabras que utilizamos de una manera incorrecta en nuestra conversación). 

 

 

Bueno, pues la RAE, en lugar de dar prioridad a otros problemas que se presentan en su diccionario, en lugar de hacer campañas de concienciación lingüística y ortográfica para que la gente conozca los cambios acaecidos en su Ortografía, no que estos siguen campando a sus anchas en los medios de comunicación sin ton ni son, en lugar de deshechar de una vez el lenguaje sexista de su diccionario, quedando aún muchos resquicios sueltos en él, prefiere decantarse por la inclusión de términos que bien podrían haberse quedado en el lugar que tienen asignado, el registro vulgar. Entre los 13 términos más desafortunados aceptados últimamente por la RAE, os nombro los siguientes:  

1. Palabro. Como palabra rara o mal dicha.

2. Almóndiga. Hace referencia a la palabra albóndiga. Está aceptada como vulgarismo y como término en desuso (pero está y de ahí la confusión de muchos con que se considere aprobada y, por tanto, correcta). 

3. Asín. De nuevo el vulgarismo de así.

4. Culamen. Versión más vulgar para referirse a culo o nalgas.

5. Toballa. Para nombrar a la toalla, y toballeta para designar a la servilleta. Ambas también están consideradas en desuso.

6. Abracadabrante. Que es muy sorprendente y desconcertante. ¡Interesante palabro!

7. Güisqui. Como adaptación del anglicismo whisky. ¡Dije que no lo escribiría, pero son exigencias del guion!

8. Cederrón. Otra adaptación del habla inglesa a lo Madein Espein, del término CD-ROM.

9. Otubre. Otra forma considerada vulgar, para nombrar al décimo mes del año. Esto lo único que va a traer es que de aquí a un tiempo (depende de lo rápido que evolucione la lengua será más largo o menos) los grupos latinos cultos -pt- y -ct- terminen desapareciendo (corruto en lugar de corrupto, setiembre en lugar de septiembre, otar en lugar de optar, ato en lugar de apto...).

10. Papahuevos. Como sinónimo de papanatas. 

11. Papichulo. Un coloquialismo proveniente de Paraguay, México y Puerto Rico. Este palabro hace referencia a un hombre que, por su atractivo físico, es objeto de deseo. Y que esto esté en el diccionario...

12. Espanglish. Como modalidad del habla de algunos grupos hispanos de los Estados Unidos, en la que se mezclan elementos léxicos y gramaticales del español y del inglés. Esto no es algo nuevo. El siempre conocido como Spanglish surge a comienzos del siglo XX y es por ello que no tiene sentido darle acogida ahora con una forma distinta que solo enturbia su origen y el entendimiento global de la palabra. 

13. Amigovio. Persona que mantiene con otra una relación de menor compromiso formal que un noviazgo. ¡Ahora me entero!

14. Tuit: mensaje digital que se envía a través de la red social Twitter... Ya sabemos lo que es, sí, pero añadirlo al diccionario como su forma original, o sea, tweet, hubiera sido un mayor acierto, aunque luego se indique que también se escribe como tuit.   

 

Entre los aciertos, también vemos algunos. ¡No todo va a ser dar caña!

1. Ño. Proveniente de señor, se considera en algunos países latinoamericanos el tratamiento que se antepone al nombre de un hombre. Es terminología regional que todos deberíamos conocer y estudiar para que el español latino y el castellano se unificaran en una mayor medida.

2. Euroescepticismo. Se ha convertido en el término de moda tras el estallido de la crisis económica: hace referencia a la desconfianza hacia los proyectos políticos de la Unión Europea. 

3. Conflictuar. Si hablamos de provocar un conflicto en algo o en alguien. Un nuevo verbo que nunca viene mal. 

5. Descambiar. Como bien indica el término: deshacer un cambio. Esta palabra la tenemos innata en el lenguaje desde hace mucho. ya era hora de que fuera aceptada como nueva forma verbal (o no tan nueva).

6. Vagamundo. Por su composición (vagar + mundo), podría parecer que es una palabra más lógica que la archiconocida vagabundo, pero frente a su predecesora la RAE la ha considerado en este caso como vulgarismo. Aún así, creo que se trata de una palabra que ya ha traspasado la literatura en más de una ocasión, y como neologismo formado por un juego de palabras, se merece un mayor interés que relegarlo al nivel de almóndiga. 

 

En marzo de este año saltaba la noticia de que la RAE, tras la petición de una joven de 18 años, a través de Change.org eliminaba de su diccionario la definición de "sexo débil" asignado a las mujeres y "sexo fuerte" a los hombres. Desde la RAE, se ha manifestado su desconcierto, en palabras de Soledad Puértolas, al uso de esta palabra como algo negativo: “Yo le preguntaría a esta chica por qué cree que débil está mal, si se considera más fuerte que los hombres como mujer. Yo reivindicaría como mujer mi debilidad, y ello no implica inferioridad".  

En palabras de la chica que lanza la iniciativa: "Es increíble que en los tiempos que corren se sigan permitiendo estos machismos y más en una institución tan importante como es la Real Academia Española, que dice 'velar por el buen uso de la lengua española'. Creo que son definiciones que no deberían existir por el mero hecho de que seamos mujeres u hombres".

 

Los tiempos cambian… Y no repentina o abruptamente, sino día tras día. Sin sorprendernos, aparecen nuevos términos en el habla oral que cambian el conjunto de palabras con las que nos comunicamos y es lo que lleva ocurriendo a lo largo de la historia.

De ahí que cuando leemos un libro en castellano medieval, la mayoría de palabras no las entendemos. Y es por ello que la RAE consigue frenar este problema y, desde entonces, podemos leer cualquier libro entendiendo la mayor parte de su contenido (a excepción de términos muy concretos y pertenecientes a una única época histórica o cultural).

Por eso mismo, defiendo el hecho de no prostituir nuestra lengua, de no confundir términos, de no hacerla servidora de todos los que la usan sin escrúpulos, sin amor, sin pasión por preservarla para un entendimiento común a lo largo del tiempo, más allá de nosotros, para que cuando transcurran otros diez siglos, nuestras generaciones futuras no crean estar resolviendo un galimatías cuando intenten transcribir las conversaciones por whatsapp o los tuits (o tweets, o como leche se diga ya...) del Siglo XXI, la época de la Revolución Social y la Tecnología.  

 

El vocabulario que surge nuevo debe tener cabida, casi de inmediato, pues es aquel que está transformando la sociedad, que está creciendo con la nueva era de la comunicación y de las redes sociales y humanas que se dan en el mundo hispano. El mantener los extranjerismos intactos nos acerca a la realidad de su origen y nos conecta con el resto de lenguas en un mundo plurilingüe. En la mayoría de países desarrollados, las películas se ven en el idioma original del país del film. Dentro de las excepciones se sitúa España, lo que nos acarrea una gran pobreza idiomática que se nota después en estos tipos de comportamientos lingüísticos autoritarios y acaparadores.

Es por ello que no pienso escribir en mi vida whisky de ninguna otra manera que como le pertenece, y si le pongo o no comillas, creo que tampoco debería importar demasiado. Creernos el ombligo del mundo y plagiar todos los términos que nos interesa hasta maquillarlos de españolismo, me parece absurdo y abusivo por nuestra parte.

Debería existir, para no llegar a la confusión y a que los que no saben hablar se escuden en que "la RAE lo dice", un diccionario anexo al de la RAE con los vulgarismos asociados al español, con absolutamente todos los que podemos encontrarnos a lo largo y ancho de nuestro mapa (desde el laísmo, el loísmo, el "si fuera ido", "sofales" y otro increíble y larguísimo etcétera). Estos dos tomos, con otra edición con el vocabulario propio de cada región hispanohablante, debería ser el GRAN LIBRO que los usuarios de esta lengua deberían tener en sus mesitas de noche y alentar así a toda la sociedad a honrarlo como la gran "BIBLIA del siglo XXI". 

 

 

  

Seguro que conoces más palabras que últimamente han sido aceptadas por la RAE o sacadas a la palestra para convertirse en oficiales o postergarlas para siempre. Además, seguro que también habrás buscado alguna palabra que te resulta familiar por los textos, por los artículos que lees, pero que no tiene reflejo en este diccionario. ¡Si es así, déjanos tus comentarios!

 

Os dejamos también la petición de Change.org de separar las asignaturas de Lengua Castellana y Literatura, para poder así abarcar como se merecen estas dos ramas de nuestra Lengua y de nuestra Historia.

 

Y recuerda... ¡Si ayudarnos a crecer quieres, compartir este post debes!

Foto de portada: pinterest