La verdad tras la belleza: Encontrando empoderamiento en la operación

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Por Editorial abril 28, 2017  más artículos

 

Desde la Antigua Grecia, el individuo se ha embarcado en una búsqueda por la belleza física. Sin embargo, esto ha implicado una obsesión y ambición por alcanzarla, implicado graves transformaciones en la manera en que el ser humano se concibe a sí mismo, piensa, actúa y se relaciona. Por ende, la belleza se ha constituido como un campo de batalla, en el cual, el individuo, sobretodo la mujer, está en una constante competencia por alcanzar los estándares del cuerpo perfecto. Esta problemática ha estado presente a lo largo de la historia, sin embargo, es en el siglo XXI cuando la imagen corporal cobra un gran auge, causando trastornos alimenticios y problemas en el autoestima. Por lo tanto, es fundamental desarticular la manera en que la belleza opera actualmente y cuestionarse lo siguiente: ¿Es la belleza física un campo de poder que reduce el valor de la mujer a la apariencia de su cuerpo?


En primera instancia, el cuerpo ha sido utilizado como un lienzo, en el cual se dibujan dispositivos de poder con el fin de controlarlo. Esto es efectuado a través de procesos de disciplinamiento, vigilancia y normalización, que establecen patrones de comportamiento y reglas corporales que garantizan el orden social. Es así como la belleza física surge como una disciplina, puesto que “estos métodos que permiten el control minucioso de las operaciones del cuerpo, que garantizan la sujeción constante de sus fuerzas y les imponen una relación de docilidad-utilidad, es a lo que se puede llamar ‘disciplinas”. Así mismo, para que se constituya como disciplina, esta tiene que perdurar generación tras generación, y aunque los ideales de la belleza en cada época cambian, el cuerpo sigue siendo regulado y transformado.

Por añadidura, la belleza como disciplina implica que la mujer sea contemplada como un objeto, puesto que solamente de esta manera es útil para el funcionamiento del sistema. Esto es efectuado a través de prácticas disciplinarias. Según Sandra Bartky, existen tres de estas. La primera hace referencia a “aquellos hábitos que buscan construir un cuerpo de un determinado tamaño y forma: la mujer debe conformarse al ideal corporal de su época, lo que implica constantes dietas, ejercicio e incluso cirugías estéticas". Es así cómo la belleza impone sus fuerzas, pues conduce a la mujer a transformar su cuerpo.


Adicionalmente, el segundo método tiene por objetivo “controlar los gestos y movimientos del cuerpo. La mujer está restringida no solo en la manera en que se mueve, sino que está condicionada por ropa y zapatos incómodos.”  De esta manera, incluso la moda se constituye como una camisa de fuerza.

La tercera práctica disciplinaria, hace alusión al cuidado físico del cuerpo, implicando que la mujer es una “superficie para ser decorada”: ella debe hacer que su cara sea suave, limpia, y se espera que utilicen maquillaje para ocultar las imperfecciones”. Cabe resaltar que estos tres métodos implican que la mujer se someta ante prácticas de dolor, haciéndole honor al famoso dicho “para presumir hay que sufrir". Así mismo, es de suma importancia resaltar que dichas formas de disciplinamiento son normalizadas y, desde pequeña, la mujer empieza a ponerlas en práctica de forma natural. Esto es evidenciado cuando una niña juega con los zapatos y maquillaje de su madre.


Es fundamental visibilizar estos métodos, con el fin de permitirle a la mujer tomar conciencia y control de su cuerpo. Dicho concepto es plasmado en la película Kika, del director español Pedro Almodóvar, puesto que Juana, la criada de Kika, trata de romper con los estándares de belleza impuestos al no remover su pelo facial, lo cual es reafirmado cuando le dice a su jefa “el bigote no es patrimonio de los hombres”. Por ende, al romper la neutralización de dichos estándares, se posibilita a la mujer no ser esclavas de su imagen corporal.

  Kika

En segunda instancia, el capitalismo aumenta la cosificación de la mujer, pues logra expandir su mercado al crear productos que permitan la construcción del cuerpo perfecto. Es así cómo la belleza física es explotada como materia prima por las industrias de la cosmética, dietas, cirugía estética, moda y pornografía. Naomi Wolf argumenta que “la alucinación entre la realidad de las mujeres y el estado de la belleza, se vuelve más fluyente y penetrante cuando se transforma en manipulación mercantil consciente de las grandes industrias”. Es así cómo la mujer se convierte en una barbie, que puede ser moldeada hasta el punto en el cual se cumplan los estándares de belleza determinados por la norma social.  Asimismo, estas lógicas de mercado, conducen a una constante necesidad y obsesión por la estética. Se llega a una acumulación de la belleza, lo cual brinda un status superficial.

 

En tercera instancia, la belleza es un espectáculo visual, y establece un estatuto de poder pues, “llama a la imitación, a la compulsión de tenerla. Lo bello invita a ser atrapado con la mirada y nos provoca una necesidad casi patológica de seguir mirando, siendo incapaces de despegar la vista, con lo que llegamos a los extremos de vulgaridad de quienes lanzan esas tristemente famosas y penetrantes miradas masculinas. En este orden de ideas, la belleza puede condicionar a la mujer, volviéndola presa, y obligándola a vivir tras rejas invisibles. Retomando el film Kika, en una escena, Paul observa a la protagonista, y al no poder contenerse, la viola. Es en este tipo de situaciones en donde la delgada línea entre contemplar el cuerpo de la mujer como forma de honra -puesto que la figura femenina es digna de admirar- y querer aprehenderla, se rompe, ratificando que la belleza supedita a la mujer a los actos del hombre.

Por añadidura, la belleza como estatuto visual, establece saberes del sujeto y se configura como un todo, puesto que prioriza los asuntos relacionados con el cuerpo sobre aquellos del intelecto. Este concepto es analizado por Alexis Sossa, al sugerir que “el cuerpo es un signo, un mensaje que habla de su propietario. La apariencia física surge como un símbolo que puede resumir el carácter, la moral y los valores de una persona.” . De esta manera, la mujer es fragmentada, ya que su cuerpo es separado de su ser, y es pensado como su total representación. Lo anterior es puesto en evidencia de nuevo en Kika, cuando ella está impartiendo un curso de maquillaje y expresa: “Chicas: hasta la mujer más banal con máscara de pestañas parece inteligente, lúcida”. Esto reafirma la forma en que la mujer aprende a contemplarse como un objeto que puede ser mejorado a través de técnicas de embellecimiento.

En conclusión, la belleza física se constituye como un campo de poder que reduce el valor de la mujer al aspecto corporal, pues, a través de prácticas disciplinarias y por medio del capitalismo, se moldea el cuerpo para que encaje en un molde construido por la norma social. Asimismo, es fundamental visibilizar los estándares de belleza y las normas corporales que se han creado e impuesto con el fin de luchar contra la cosificación y así abrir las puertas de la cárcel invisible de la belleza.

 

Colaboradora externa: Carolina Chaparro 

 

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Foto de portada: pinterest