¿Quién es el culpable?

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Por Editorial agosto 27, 2018  más artículos

 

“Ella siente tanto dolor para esconder su cara de sus ojos de aguas profundas:

Las Geishas no pueden querer, no pueden sentir.”

Memorias de una Geisha

 

 

Desde hace siglos e, incluso antes de que estuviera escrito, sabemos que las mujeres han sido tratadas como mercancía barata. Y acudimos al término “prostitución”.

 

En obras de arte, en la filosofía, en la literatura y en la religión aparece la figura de la prostituta como algo endemoniado. Tanto es así que solo tenemos que conocer a una de las prostitutas más famosas en la historia antiguaFriné, que fue objeto de la humillación pública en la Antigua Grecia. La sometieron a juicio y su única manera de librarse de su condena fue enseñar el pecho a los hombres que componían el juzgado.

Más tarde, la figura de la prostituta no desaparece en Europa. De hecho, una de las prostitutas más conocidas fue Saly Salisbury, quien apuñaló al dueño de un burdel en Londres tras trabajar en la prostitución desde los catorce años.

Tiempo más tarde, podemos encontrar incluso fotos de otra de las grandes mujeres que representan una figura luchadora de la prostitución; Martha Canary y Burke. Se tenía que vestir como un hombre para no ser reconocida y, así, poder encontrar otro tipo de trabajos que en ese momento estaban asociados al rol masculino.

Posiblemente, la prostitución sea uno de los oficios más antiguos del planeta. Y, a su vez, uno de los peores pagados y de los más precarios. Uno de los trabajos que más riesgo laboral tiene por contagio de ITS, por abusos sexuales y por muertes.

Pero, ¿Conocemos proxenetas famosos en la historia?

La respuesta es no. No conocemos a los mayores explotadores de la historia, pero sí conocemos a las explotadas.

Tampoco será fácil encontrar a un hombre que consuma estos trabajos sexuales, aunque sabemos que es uno de los mayores negocios clandestinos de España.

Pero, nadie habla de los proxenetas, ni de los tratantes, ni si quiera hablan de las condiciones a las que someten a estas mujeres.

No hablan de los burdeles escondidos tras la licencia de “pub” o de “bar de alterne”.

“Ella siente tanto dolor para esconder su cara de sus ojos de aguas

profundas: Las Geishas no pueden querer, no pueden sentir”

 

No hablan de las muertes de tantísimas mujeres que mueren a manos de su “clientes”.

No hablan sobre cómo esas mujeres fueron violadas mientras ejercían la prostitución.

No hablan de cuántas mujeres son contagiadas de enfermedades de transmisión sexual en el negocio de la prostitución.

Nunca abren las noticias con la cara del proxeneta detenido, que en algunos años estará de nuevo en la calle. Ocultan sus identidades, pixelan las imágenes.

Ojalá aquellas chicas que han sido explotadas por ese hombre puedan pixelar sus vidas. Puedan difuminar su pasado escribiendo en un folio en blanco su nueva vida.

Algunas de ellas no han podido luchar porque las mataron; otras muchas tienen que vivir escondidas tras un alter-ego; otras, ni siquiera tienen más fuerzas para luchar.

Ahora podremos seguir hablando de ellas, que son y serán siempre las víctimas. Podremos seguir usando el argumento sencillo que justifica todo abuso: “ella quiere”, “ella no se quejó”, “le gusta el sexo”.

Lo que ocurre, en realidad, es que nos da miedo darnos cuenta de que el chico que está al lado en nuestra clase es un putero. Nos da miedo reconocer que nuestro vecino es un putero. Nos da pánico pensar que nuestro hermano es un putero. Y, que ellos, patrocinan al proxeneta.

Y, que ellos, consumidores de la vida y del cuerpo de una mujer, no son ni serán nunca menos culpables que el chulo, sino sus mecenas y laureados clientes.

 

Autora: María

 

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