Estudios demuestran que la inteligencia se hereda de la madre

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Por Q abril 17, 2017  más artículos

 

No era necesario que lo demostrara un estudio, aunque así tenemos dónde apoyar nuestra teoría. La inteligencia, señores, se hereda de la madre, por lo que debemos agradecerles a ellas (también) el habernos provisto de materia gris. Los estereotipos de género que hemos arrastrado a lo largo de tantos siglos vuelven a caer sobre su propio peso. Las madres solteras que quieran tener un hijo inteligente no necesitarán buscar a un Premio Nobel en un banco de esperma, pues serán ellas las portadoras del gen sabio y los hombres podrán enfocar el atractivo de una mujer más allá de su apariencia física, pues en la inteligencia de esta se basará la de sus descendientes. 
 
 
En la base de esta teoría se encuentra lo que se conoce como “genes condicionados”, los cuales se comportan de manera diferente según su origen. En práctica, estos genes tienen una especie de etiqueta bioquímica que permite rastrear su origen e incluso desvela si son activos o no dentro de las células de la descendencia. Curiosamente, algunos de esos genes condicionados solo funcionan si provienen de la madre. Si ese mismo gen se hereda del padre, es silenciado. Obviamente, otros genes funcionan de manera contraria; es decir, solo se activan si provienen del padre.

 

Sabemos que la inteligencia tiene un componente hereditario, pero hasta hace poco se pensaba que este dependía tanto del padre como de la madre. Sin embargo, diferentes investigaciones desvelan que los niños tienen mayores probabilidades de heredar la inteligencia de su madre, ya que los genes de la inteligencia se encuentran en el cromosoma X, del que las mujeres poeemos dos. 
 
 
Una de las investigaciones pioneras en este ámbito se realizó en el año 1984, en la Universidad de Cambridge, aunque le siguieron muchas más. En estos experimentos se analizó la coevolución del cerebro y el condicionamiento del genoma, para concluir que los genes maternos contribuyen en mayor medida al desarrollo de los centros de pensamiento del cerebro.
 
Al profundizar en estas diferencias, los investigadores identificaron células que solo contenían genes maternos o genes paternos en seis partes diferentes del cerebro que controlaban distintas funciones cognitivas, desde los hábitos alimenticios hasta la memoria. En práctica, durante los primeros días de desarrollo del embrión, cualquier célula puede aparecer en cualquier parte del cerebro, pero a medida que los embriones maduran y crecen, las células que tenían los genes paternos se acumulaban en algunas zonas del cerebro emocional: el hipotálamo, la amígdala, la zona preóptica y el septum. Estas áreas forman parte del sistema límbico, que es el encargado de garantizar nuestra supervivencia y está involucrado en funciones como el sexo, la alimentación y la agresividad. Sin embargo, los investigadores no encontraron ninguna célula con genes paternos en la corteza cerebral, que es donde se desarrollan las funciones cognitivas más avanzadas, como la inteligencia, el pensamiento, el lenguaje y la planificación
 
 
Se estima que entre un 40-60% de la inteligencia es heredada. Esto significa que el porcentaje restante depende del entorno, la estimulación y, por supuesto, las características personales. De hecho, la inteligencia no es más que la capacidad para resolver problemas. Sin embargo, lo curioso es que para resolver problemas, incluso un problema matemático o físico, también entra en juego el sistema límbico, pues nuestro cerebro funciona como un todo. Por tanto, aunque la inteligencia es una función que está íntimamente relacionada con el pensamiento racional, también influye la intuición y las emociones, que genéticamente hablando, es el punto en el que entra la contribución del padre.
 
Es por ello que no debemos olvidar que aunque un niño tenga un elevado C.I., es necesario estimular esa inteligencia y alimentarla a lo largo de la vida con nuevos retos que representen un desafío constante. De lo contrario, la inteligencia se estancará.
 
Más allá de lo que afirme la genética, los padres no se deben desanimar porque también pueden contribuir mucho al desarrollo de sus hijos, sobre todo estando disponibles emocionalmente y convirtiéndose en su modelo. El C.I. con el que nacemos es importante, pero no determinante.
 
 
 
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