Cuando la fiesta termina

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Por Karma agosto 24, 2017  más artículos

  

Me encanta salir de fiesta. La música, las risas, olvidar tu día a día por unas horas para darlo todo en la pista de baile… Ojalá todas las fiestas fuesen algo que recordar con una sonrisa. Es difícil que sea así cuando estoy bailando y tengo que soportar que el graciosillo de turno me tome por la cintura o me agarre por el brazo simplemente porque cree que tiene derecho a hacerlo.

Me encanta pasarlo bien, supongo que como a todo el mundo. Algunas personas encuentran mayor diversión en un libro que en unos bailes en una pista abarrotada de gente; otras personas son justo lo contrario y otras somos un tanto más impredecibles y unas veces nos decantamos por una opción más que por otra. Para gustos, las aficiones.

Analizando las fiestas a las que he ido, es fácil, al menos en mi caso, diferenciar dos ambientes en ellas. Un ambiente divertido, libre y abierto es el que encuentro en Chueca (espacios gayfriendly o lgbtfriendly), por ejemplo, y uno más agobiante, incómodo y fatigante es la típica discoteca plagada de los machitos ibéricos, las joyitas cishetero de España.

Comprendo totalmente a esas personas que repelen por completo las fiestas, ¿cómo no hacerlo si tienen motivos de sobra? Comenzando por los desagradables efectos del alcohol con su excesiva consumición y acabando con la gran cantidad de machismo acumulado por metro cuadrado en las salas de discoteca. Y, por mucho que el primero de estos motivos tenga tema para rato y podríamos dedicarle cientos de artículos tan solo a los terribles efectos del alcohol en exceso, en este artículo hablaré de algo con lo que toda mujer se siente identificada si conoce el ambiente de una fiesta, independientemente de si bebe o no.

Me molesta, indigna y repugna estar bailando, riéndome y, en definitiva, pasándomelo bien, y que tenga que acercarse un tío cualquiera, que no conozco y con el que no he cruzado siquiera la mirada, a agarrarme por la cintura para bailar conmigo, pegándose a mí.

Me molesta, indigna y repugna tener que acudir a la ayuda de otras amigas para quitarme al acosador de turno de encima porque me agarra tan fuerte que por mí misma no he sido capaz de soltarme.

Me molesta, indigna y repugna que muchos tíos que nos acosan en las discotecas solo nos dejen en paz si encuentran a otro macho con el que discutir para determinar quién es el alfa. Es decir, que el único ser humano capaz de hacerle ver que lo que hace no está bien sea otro hombre o este último le dice que es nuestro novio para que se aleje.

Me molesta, indigna y repugna rechazar o ignorar a un hombre que me acorrale a base de supuestos piropos y que su respuesta ante mi negativa sea un “no eres tan guapa”, “vas provocando”, “fea”, “zorra”, “estrecha”, “puta” o que me diga “que me lo tengo muy creído” acompañado del “con esa actitud no vas a follar”.

Me molesta, indigna y repugna tener que asumir estas conductas tan machistas y poco humanas por ser “algo a lo que sé que me enfrento a la hora de salir de fiesta”.

Me molesta, indigna y repugna que estas situaciones no sean más que un riesgo que se asume al salir, como mujeres, al mundo de la noche para pasarlo bien unas horas. Esto es normalizarlo. Esto es permanecer en silencio.

Me molesta, indigna y repugna que salir de fiesta signifique asumir el riesgo de que te humillen, traten como objeto, violen o, siquiera, tener miedo de pasarlo bien porque puedan echarte algo en la copa y no volver a casa. Me asquea que esto sea algo que tengamos que tener en cuenta porque es muy probable que pase y todo el mundo lo sepa y no esté castigado como debería.

Me molesta, indigna y repugna que nos hagan pensar que es nuestra culpa. Que nos enseñen a ir con cuidado y que no enseñen a respetar, a que la culpa es de quien falta el respeto.

 

 

Porque cuando la fiesta termina sigo siendo mujer. Sigo siendo acosada. Sigo siendo vista como un objeto para gran parte de la población masculina, algo creado por y para su placer. Sigo siendo una víctima del machismo. En la calle, en instituciones y en ciertas relaciones; seguimos sufriendo y seguimos luchando diariamente contra una sociedad que intenta detenernos y hacernos valer menos. Sin embargo, hay que plantar cara, ponernos la falda o las deportivas que queramos y sacar de una patada la idea de que todo es nuestra culpa por ‘asumir riesgos’.

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