El maravilloso mundo de Alicia

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Por Q enero 26, 2017  más artículos
 
 
Todos conocemos el maravilloso país del que nos habla Lewis Carroll en su Alicia en el país de las Maravillas. O hemos visto la película de Disney o nos hemos convertido en fanáticos de la gran creación y transformación del cuento del autor inglés por Tim Burton para la gran pantalla. 
 
 
Así es, Alicia aparece en todas partes y no es para menos, pues el mundo que nos describe su autor nos invita a dar alas a nuestra imaginación e introducirnos en un mundo único creado por nuestra grandiosa imaginación o, en este caso, por la imaginación de estos grandes artistas que hicieron que, ya fuese por la pluma o por el medio audiovisual, quedáramos eternamente enamorados de esa niña de cabellos dorados con tantos sueños por alcanzar.
 
 
Y así es, en un sueño, como se adentra Alicia en su mundo inventado, un maravilloso mundo que debe ser conocido por todos, y no solo por los niños, como cuento infantil que es, sino por los adultos, que verán en él reflejadas muchas sensaciones que creían olvidadas, se transportarán de la mano de esta ingeniosa chiquilla a su mundo, a un mundo que no difiera tanto del que todos, alguna vez, sobre todo en nuestra infancia, nos hemos imaginado, un mundo fuera de esta realidad, de la que buscamos despegarnos a través de la imaginación y, en este caso, del libro de Carroll.
 
 
Una vez te adentres a leerlo, si ya conoces los formatos cinematográficos de Disney y Burton, te podrá resultar que el cuento de Carroll no era todo lo que esperabas o, simplemente, irás buscando el "qué pasa" en la historia (lo que todos ya inevitablemente sabemos) en lugar de adentrarte en el "cómo pasa". 
 
 
Lo bonito de leer clásicos, y en general, cualquier obra, es el saborear la forma en la que el autor, hace ya bastantes años, materializó un sentimiento universal, que por mucho tiempo que transcurra, y por mucho contexto que nos separe, nos haga sentirnos unidos al protagonista, entendamos la intención del autor, el transfondo que hay más allá de la superficie escrita de cualquier obra, ese sentido oculto que se nos revela a través del contexto del autor y de los sentimientos universales y comunes que comparten autor y lector. 
 
 
Y es por eso de la grandeza de este libro, recomendado para leer con nuestros peques de la casa en 12 plácidas noches (cada capítulo os dejará con ganas de continuar al siguiente día), para hacernos las mismas preguntas absurdas que se hacen todos los personajes de esta obra que parecen estar muy, pero que muy locos, pero que no dejan de ser más que una distorsión de nuestra propia realidad, una crítica encubierta a la sociedad del autor y totalmente adaptable a nuestros propios cliclés y convencionalismos actuales.
 
 
Así, Alicia, a través de la voz de Carroll, lleva a cabo toda una burla hacia la sociedad y las costumbres de su época, reflejadas en actitudes de Alicia con los diferentes personajes. Alicia era una niña nacida en la época Victoriana, perteneciente a la clase media y con educación inglesa.
 
 
Una niña que existió en la realidad de Lewis Carroll y que le inspiró para escribir esta bella y disparatada historia. Sucedió en una tarde de julio de 1862, cuando en una barca de remos tripulada por dos clérigos y tres niñas, uno de los hombres, Carroll, un joven de treinta años, aire tímido y ojos azules, que tartamudeaba ligeramente al hablar, cautivó durante todo el tiempo a su infantil auditorio improvisando un fascinador cuento, en el que improvisó un relato de una muchachita aburrida que se sumerge en un mundo de fantasía donde nada es como se supone que sea.

Carroll era un hombre al que atraían las niñas hasta el punto de encenderle el deseo de pedir en matrimonio a una de ellas o a más de una. Así hizo con Alice Lidell, pidiendo su mano a sus padres, quienes lo rechazaron contundentemente. Lo intentó con otras chicas, pero se quedó soltero toda la vida. Una relación posible con esto la vemos cuando Alicia va paseando en barca con la Reina Blanca (Capítulo V de la segunda parte), y la niña intenta obtener unos juncos, y de hecho, consigue muchos, pero nunca puede coger uno más hermoso que permanece fuera de su alcance.

A Carroll le gustaban ciertamente los niños, a quienes dirigió sus cuentos, pero estos no están pensados por él en términos de cronología, sino como un estado de inocencia y honestidad perceptual. Si los niños son la audiencia propia del disparate, lo son solo en la medida en que dejan que las cosas extrañas sean extrañas, en que se resisten a imponer por la fuerza viejos sistemas a lo nuevo y en que subrayan más las diferencias que las semejanzas. De esto mismo se produce esta creación que juega constantemente con el lenguaje, del mismo modo que lo hacen los niños durante su aprendizaje.

Por eso, este libro invita a imaginar, a saborear el lenguaje, a crear metáforas absurdas y no tan absurdas que nos conducen a hablar y a hacernos las preguntas más vitales de la existencia: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? y ¿A dónde vamos?, las tres recogidas en esta primera entrega de las aventuras de la intrépida Alicia.

  

En el mundo de los adultos, tal y como descubre Alicia, todos o casi todos los valores son convencionales. Como en un juego de cartas, a unos les toca ser rey, a otros sota, y a los más, soldado raso. Su valor depende exclusivamente de unas reglas de juego que son de por sí convencionales. Todo el mundo de los adultos está regido por unas normas que, tal y como descubre Alicia, no tienen sentido alguno. La vida es un juego tan absurdo y arbitrario como el partido de «croquet» que organiza la Reina en sus propios jardines. 

 

El Conejo Blanco (mensajero del Rey), fue concebido y pensado claramente como contraste de la figura de Alicia. Si reemplazamos la "juventud", “audacia” y “vigor” de la niña y “lo directo de sus propósitos”, por las notas de “nervioso”, “tímido”, “débil” e “inseguro” conejo, tendremos algo que se asemeja al momento (¡terrible momento!) en que el niño, al dejar de serlo, comienza a penetrar en el (para ellos) fascinante, misterioso y absurdo mundo de los adultos. Aquí utiliza al Conejo como reflejo y puente que la niña cruzará para convertirse en adulto y adquirir la enfermedad del mundo moderno: la prisa, “¡Es Tarde!” como exclama una y otra vez el Conejo.

Con respecto a este personaje, Carroll crea un opuesto, la Oruga, que se pasa la vida sentada en un hongo gigante fumando su misteriosa pipa y que representa al adulto que «pasa» del mundanal ruido y que piensa que ya no queda nada más por hacer.

 

Lewis Carroll nos cuenta el sueño de la niñez: el sueño en el que el niño se enfrenta al mundo de los adultos, no para verlo desde fuera, sino para ingresar en él. Este mundo, para el niño, es a la vez atrayente y repelente, misterioso y pedestre, racional y profundamente absurdo. El ingreso del niño en este nuevo mundo supone, para él, una aventura formidable.

 

Pero, cuando Alicia “crece” dentro de la casa del Conejo siente la angustia y la asfixia que produce el estar condenada a vivir entre las estrechas paredes del mundo de los mayores. Y qué alegría, qué liberación, cuando consigue volver a su tamaño de niña y sale corriendo de la casa hacia el campo abierto. Esta idea es la que más le interesa a Carroll, de cómo el niño, al conocer ese mundo, se da cuenta de que es mejor el de la infancia.

 

Esta idea se ha interpretado como una “paidofilia” presente en el autor, que apela a la idea de “inversión narcisista”, sugiriendo que en ciertos niños varones sensibles que han vivido con intensidad el vínculo afectivo a la madre, puede no tener lugar la identificación con el padre en el que normalmente debería resolverse el complejo de Edipo. El resultado sería una clausura narcisista en la propia infancia que, más tarde, en la mayoría de edad del sujeto, podría proyectarse al exterior, en el deseo de niños del mismo o de distinto sexo como un desesperado intento inconsciente de recuperar la felicidad perdida.  

Otra connotación clara en las dos partes de Alicia es la definición específica de Inglaterra. Esto se hace palpable en la merienda del Sombrerero y la Liebre de la primera parte: «El tiempo -le dice el Sombrerero a Alicia- se ha detenido para siempre en las seis.. Aquí estamos siempre en la hora del té.». El ritual del té es la culminación del absurdo inglés, la verificación, por parte de Alicia, de que se encuentra «en un país de locos...»
 

Carroll está muy influenciado por el contexto histórico y social al que pertenece, “la era victoriana”, que consiste en una reacción frente al movimiento romántico inglés. Los nuevos escritores rechazan la fantasía romántica y buscan un nuevo realismo. Incluso un libro tan aparentemente fantasioso como pudiera parecer Alicia, en el fondo no lo es. Alicia nos describe su mundo (el País de las Maravillas) con toda suerte de detalles y de la manera más lógica, coherente y realista. A pesar de la locuras de los personajes, ella desea ver el mundo con sentido e intenta comprenderlo.

Nuestro consejo para disfrutar al completo de esta obra es que te sumergas en su lenguaje, incluso a poder ser con el texto en su idioma original (inglés) al lado de nuestra traducción en español. Compara los juegos lingüísticos que crea Carroll en el original con los que surgen en la traducción. Deléitate con el texto para después, una vez analizados y disfrutadas las dos partes que completan la obra, Alicia en el País de las Maravillas y A través del espejo, te prepares un gran bol de palomitas y te sitúes delante de la pantalla para disfrutar de una sesión completa de Alicia y su maravilloso mundo. 

 

Será entonces cuando entenderás lo que consiguen tanto Disney (Alicia en el País de las Maravillas, 1951), como Tim Burton (Alicia en el País de las Maravillas, 2010, y Alicia a través del espejo, 2016), al transformar el libro original, añadiendo pasajes y suprimiendo otros que difícilmente atraerían al espectador en una pantalla (sí mucho al lector por los juegos lingüísticos), creando nuevos misterios, nuevas aventuras de nuestra querida Alicia, en definitiva, haciendo aún más grande a este gran clásico de la literatura universal

 

Así, nos encontraremos giros inesperados que no podremos leer en las páginas de este clásico, al igual que si no lo lees, te perderás juegos lingüísticos sublimes, momentos únicos, personajes peculiares y situaciones disparatadas que se te pasarán por alto de tu película favorita. 

 

Una buena forma de disfrutar de dos grandes aficiones, el cine y la literatura, de enseñar a los más pequeños los valores que estos libros nos traen, de hacerles amar la literatura, el cine, las las leyendas y las fábulas de animales increíbles con muchas moralejas que ofrecer, así como los sueños por los que merece la pena vivir, luchar y hasta volvernos todos un poco locos.

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Foto de portada: we heart it