Las feministas y sus dramas

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Por FEM diciembre 16, 2017  más artículos

 

El feminismo a la palestra otra vez, y es que cuando te das cuenta de que algo anda mal no se puede evitar el fijarte más aún. Hoy ha sido totalmente inesperado, pero he tenido una conversación de esas que te hacen darte de bruces contra la maldita realidad. Ese punto en el que se mezcla el ideal utópico con la basta mierda que nos rodea. ¿Qué nos pasa? ¿Tan tontos somos?

Os pongo en situación, una comida con una pareja de heteros de los considerados adultos, porque aunque mi dni dice claramente que yo también lo soy, no todas las personas están dispuestas a considerarme como tal. “Demasiados pajaritos en la cabeza”, “tienes que poner los pies en el suelo”, me dicen, y yo sonrío por no llorar o por no estamparles la silla en la cara. Ya me estoy despistando, volvamos a lo importante.

Estábamos almorzando cuando en la televisión aparece otro de los casos de abuso en la industria del cine. Mi indignación aparece y sin pensarlo sale de mi boca un “qué asco”. Las cabezas de mis acompañantes se giran sorprendidos. Lo curioso son sus reacciones.

Ella me hace un gesto de comprensión y empatía, sabe de lo que se está hablando, sabe por qué mi queja ha sido expuesta, es superviviente de malos tratos y una luchadora nata de las que no tiene como referencia a Kollontai por desgracia, pero lleva su espíritu dentro y sabe de feminismo lo necesario para practicarlo con uñas y dientes. La reacción de él es totalmente distinta. Pone su cara de “¿qué le pasará a esta ahora?” "Las feministas y sus dramas".

 

Y, claro, me viene a la cabeza esta imagen. Drama Queen. Maravillosa. Pero de lo que hablamos es más serio. A ver si así nos entra mejor... El drama de ser mujer no es comprensible para todos… por desgracia. Hay un rumor constante que nos inculcan, espero que sea sin querer, sobre encajar y ser educados. En este concepto se escandalizan por una palabra malsonante o por una opinión emitida “fuera de contexto”, pero no importa que haya asesinatos, guerras y hambre en el mundo… Tú cuida de parecer y ser una señorita que del resto ya nos ocupamos los machotes, deben pensar.

Al ver que me fijo en sus reacciones, él me pregunta, le cuento que no lo entiendo, que me indigna que aún tengamos que pelear por ser iguales más allá de lo que tengamos en medio de nuestras piernas, más allá de que amemos a quien sea, más allá de una apariencia impuesta o de un estereotipo impuesto… Veo que se pierde en el discurso y me pone cara de situación. La miro a ella y me mira con brillo en la mirada, siente lo que digo. Él se ofende y lo primero que me dice es “creo que se están sacando las cosas de contexto y se está magnificando el asunto”. Mi cara se quedó como Margarita cuando Velázquez le dijo en el vídeo que era guapa… para que os hagáis una idea…

En ese momento se me enciende la sangre, se me abren los ojos como platos y me quedo muda mirándolo. Tengo que dar clases de póker o abanderarme como Miss expresividad, el caso es que ante mi brutal asombro me suelta un “¿qué?” retador. Y esta vez sí reaccioné. No quería soltarle un discurso que no entendiera, tampoco uno en el que se viese culpable, pues la sensibilidad de todos es más fina que una capa de cebolla y si quería que fuese mi aliado en esta lucha no podía entrar matando. Bendita paciencia.

Empiezo contándole que una cosa son las teorías sociales y otras la realidad, él me dice que en su realidad no hay machismo, yo le pregunto si es capaz de reconocerlo antes de decir soberana estupidez. Él me dice que el problema está en marcar los límites, yo le digo que en parte sí y otra parte es educación, pero no de la basura que tenemos ahora, sino una educación en valores donde todas las personas seamos iguales en la práctica; él me dice que ya lo somos, yo le pregunto entonces por qué las mujeres necesitamos tener una ley contra la violencia de género si no hay desigualdad. Él me saca a la jugada las denuncias falsas, le digo que por la cantidad que hay esa baza no es jugable y le cambio la idea hacia los piropos. Confiesa que jamás le han piropeado, le digo la de veces que me lo han hecho aun sin quererlo ni una. Le pregunto por situaciones cotidianas en las que se ve claramente esa desigualdad como, por ejemplo, en un caso de violación, en caso de andar sola por la calle a determinadas horas, el vestuario elegido en cada ocasión, la forma de hablar, en el sexismo en todas partes, en la televisión, en la calle, en los grupos de whatsapp y, así, un largo etcétera. Después de más de una hora hablando, intentando no perder los papeles en favor de ganar un aliado, no lo he conseguido… y se me ha partido el corazón. Ella seguía en medio de los dos, negando con la cabeza cuando hablaba él, asintiendo cuando lo hacía yo.

No podemos cambiar los errores que cometemos entre todos solo la mitad de la población. Ellos también tienen que verlo y tomar conciencia de ello. No quiero sentir que soy una exagerada por tener conciencia del grave problema que nos asola, no se puede decir “es que siempre ha sido así” porque que algo dure no significa que sea bueno, no podemos permitirnos llamarnos civilizados si actuamos como borregos. Me niego rotundamente a vivir de forma que perjudique a un ser semejante aunque sea una blanca cis que ha tenido la suerte de haber nacido en la cuarta parte del mundo más privilegiada.

 

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