Desde mi soledad

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Por Isabel Berdomas diciembre 9, 2016  más artículos

 

Como cada mañana, bien temprano, cuando apenas la luz del día asoma por el horizonte, abro mis ojos. Enciendo la pequeña luz que reposa sobre la mesita y espero unos minutos arropada por el calor de las mantas. 

Escucho el silencio que me envuelve, mi fiel compañero de vida. Me levanto y siento el frío que mis huesos temen, alcanzo la bata y despacito consigo abrazar mi débil cuerpo con ella. Camino con mis pies torpes y lentos hacia el baño. Frente a mí, veo unos ojos apagados que me miran, no reconozco quién se esconde detrás de ellos.


Mi piel me habla de muchas batallas, de amores vividos, me cuenta de sonrisas eternas, de bailes, de amaneceres compartidos, de luchas, pérdidas, olvidos, de caricias mudas, de tanto disfrutado y recorrido.

Cada línea trazada, cada surco, cada arruga, me hablan de una yo de tantos tiempos distintos, que mirándome, me cuesta reconocer a esa mujer que era yo. 


Escucho la cafetera que me avisa de la llegada del café recién hecho. A pesar de todos los años transcurridos, sigue siendo algo que me produce placer porque me recuerda lo hermoso que era cuando ese sonido era el motivo para sentarme junto a ti.


Si supieras cuánto te extraño... Cuánto de presente sigues en mí, que si cierro por un instante mis ojos, aún puedo escuchar tus pasos, sentir tu caricia en mi espalda y puedo oler tu pelo recién lavado que me llegaba cuando me regalabas el primer beso del día.


En cada latido de mi cansado corazón, la nostalgia me hace presa en su telaraña y a veces, aprieta tan fuerte, que me cuesta respirar...

 


Ha salido el sol de invierno, hoy ha cesado de llover. Camino hacia el mercado, invisible ante otras miradas, los niños corretean por el parque, las personas hablan, se ríen, las parejas se aman y la realidad me dice, que sin ti, amor, la vida sigue.

 


Sigue a pesar de no tener sentido, de no entenderlo. Sigue con una soledad que se clava en mí, agotando mis ojos hundidos, estremecidos con su helada compañía todo mi ser, retando la poca fuerza que me queda.

 

La vida sigue llena de personas sin rostro, con sus caretas puestas, mirando hacia otra parte cuando su egoísmo se lo recuerda. 

Todo ese individualismo tan falto de amor y empatía, que lleva al ser humano a una existencia vacía, que llenan con una falsa sonrisa de cosas que solo el dinero puede comprar.

 

Qué triste, mi dulce amor, la vida sigue... Una a una, todas las personas que he querido se han ido despidiendo, llenando mi alma de vacíos, lágrimas y silencios.

 
Tú, mi amor, amiga, compañera, mi amante, mi alegría, mi ser, mi vida, soltaste mi frágil mano una mañana de abril, deshaciendo la primavera que nacía y dejando a esta mujer con el único deseo de acompañarte en nuestro último suspiro.

 
 

Cuando la soledad se apodera de nosotros, cuando la pérdida del amor hace que nos ahoguemos, nacen pensamientos como este, pensamientos que si los exteriorizamos, nos hacen más fuertes, nos hacen amar la vida, salir de nuestro escondite y decir bien alto que... ¡LA VIDA SIGUE! 

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Foto de portada: We heart it