El feminismo falso narrado por una hipócrita

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Por Editorial noviembre 14, 2018  más artículos

 

Sí, soy una hipócrita. Me han criado hipócrita, altanera y sumisa a la vez

El único modo en que vi durante toda mi vida mi relación con las mujeres fue como una constante competencia para buscar la belleza social y aprobación ante los ojos de los hombres. En mi cabeza habíamos aliadas y enemigas, siendo este segundo grupo el predominante natural en mi entorno. En vez de una unión para llegar a la fuerza, veía a bestias de las que si no te cuidabas te arrancarían la carne a pedazos.

Sin embargo, a pesar de que por muchos años me di el privilegio de creerme superior que mi propia sombra, mi propia sangre o mi propio pueblo, he llegado a la conclusión de que, aunque comprendo mi hipocresía, negármela sería negarme el derecho de llegar a ver aún más tragedias que deben ser solucionadas. Por este mismo motivo, quiero generar una pequeña reflexión, ya que, supongo, que como yo, tú también puedes estar estancada en un feminismo falsamente correcto por nuestro defecto constante de no admitir que no tenemos idea de nada. Y, dado que mi objetivo al escribir estas palabras no es señalar tus defectos, sino que te encuentres a ti misma en los míos, me dispondré a narrarte algunos de esos momentos en que me han dado una bofetada de realidad con mis propios privilegios.

Pero, antes quiero contarte mi origen: todo inició en un momento que no recuerdo mucho pero, aún de este modo, sigue siendo demasiado para lo que quiero recordar. Caí de cabeza en una relación tóxica, con un hombre que yo sabía de antemano que era famoso por su victimismo y ser bastante abusivo. Sin embrago, mis “amigas” me insistieron y rogaron para que le diera una oportunidad a ese patán con piel de cordero y colmillos de lobo feroz, y eso que aún no he llegado al filo de sus garras o, peor aún, la letalidad del veneno de su lengua. Después de varios meses de martirio, varias amenazas de suicidio y algunas violaciones me rehusé a ser más la víctima de un lunático que prefería a todas las mujeres menos a mí, que me había despojado de mi nombre para convertirme en “SU novia” y que me mantenía amarrada a la idea de que de mí dependía que “nuestras amigas” no le dejarán tanto a él como a mí de lado, evitando de este modo que “con mi amor” se matara lanzándose a los bazos del alcohol o cortándose las venas.

Fue así de cínico el modo en que comprendí a las víctimas de la televisión, sí, a esas de las que se burlaban en los noticieros, revistas y telenovelas, esas mismas de las que hablaba mal mi madre y una de aquellas golpeadas “tontas” de las que se reía mi padre. Pasé de ser su verdugo a estar con ellas en una misma guillotina. Y, por más extraño que parezca, nunca antes de ese momento me había cuestionado qué decían ellas al respecto. Así fue que obtuve mi primera cachetada feminista, aplicada con toda la mano abierta, y pesadísima, de la realidad y, extrañamente, busqué más de ese dolor que me hacía libre. 

Después de esta vinieron muchas más, testimonios de prostitutas,actrices pornográficas, mujeres golpeadas, hermanas hablando por las chicas que ya no podían gritar desde la tumba. De esta manera, fue como me despojé de mi idea equivocada de superioridad de clase media alta, me alejé del colorismo que me ayudaba más por ser casi blanca y rechacé los rastros y despojos de personalidad que me establecían como indefensa, me armé con armadura de amor propio y sororidad y salí a las calles de las redes para activar un movimiento social necesario. ¡Oh!, pero cuánta razón tienen esos soldados que afirman que el entrenamiento no te prepara para la guerra.

En las calles me di cuenta de que estábamos tan mal en esta ola como en el resto y que era momento de hacer un cambio. Las blancas “enseñando” a las negras cómo ser feministas, las cisgénero heterosexuales “ayudando” y “defendiendo” a las lesbianas, bisexuales y trangéneras jurando que les daban voz mientras les cortaban la lengua, pobres en las calles siendo lanzadas a los caños y la inmundicia de la que habían tratado de salir por las manos de las ricas que pensaban en sus privilegios antes que en el impacto de sus actos en las otras vidas, sexo servidoras señaladas como esclavas del patriarcado en vez de ser llamadas víctimas y una que otra salvaje llamando necesaria a la carne de una vaca o de su ternero en su vientre.

Ahí estaba yo, recibiendo puñaladas y devolviendo los espadazos, un disparo de una cisgénero me daba en el hombro, pero una bisexual muda le atravesaba la cabeza con una flecha antes de que me cortara la yugular… Pero, ¡oh, no! Con ese mismo arco apuntaba hacia el pecho de una afroamericana y atravesaba su corazón. 

¡Viva la magia de los comentarios de Instagram, los memes de Facebook y las palabras lascivas de Twitter! Era una masacre de hipocresía. 

Luchaban como mujeres para y por las mujeres (sin mencionar algunas excepciones que llamaban a las transgéneras menos mujeres, menos auténticas o nada oprimidas), pero no como seres reales, yo misma no comprendía que además de mujer era un ser social con identidad, nombre, etnia, cultura, idioma, lenguaje, economía y gobierno. Me veía solo como una mujer, y no notaba cómo eso nos mataba como latinas, como hispanas, como bisexuales y como cristianas; morían mis hermanas y yo con ellas. Así que, eso es lo que busco hacer ver a quien lee mis palabras. Soy mujer y también latina, bisexual, cristiana, de género no binario en términos sociales, así que podemos decir que soy también parte de las trans, soy de clase media, familiar de pobres y marginadas, amiga de burguesas y de ricas… Y todas esas luchas deben ser contempladas por las feministas para llevar nuestro feminismo.

No puedo dar la espalda a la drogadicta, a la atea o a la musulmana, eso no sería feminismo. Tampoco puedo pretender hablar por las que tienen ya una voz, sino detenerme a escucharlas y darles más lugares en mi entorno para que hablen, porque eso tampoco sería feminista. Sería meramente una opresora.

Me declaro hipócrita porque deseo aprender mañana algo nuevo sobre las musulmanas, sobre las negras, sobre las mulatas y las intersexuales. Porque he comprendido que admitir que no sé nada me lleva por la vereda que me enseñará de todo

Por favor, recuerda mis errores, mi racismo y mi crueldad, mi islamofobia y mi clasismo, esto que día a día aprendo a asesinar, y trata de que cuando te veas en el espejo te mires toda, con tus nombres y reivindicaciones, tus luchas sociales y privilegios políticos, para que dejemos de creernos voceras de las indefensas y de los grupos minoritarios, para empezar a ser sus oyentes y aprendices en este magnífico mundo de un feminismo que yo ya contemplo como una quinta ola.

Amemos nuestras etiquetas, hagámoslas nuestras, quitémosle a las anglosajonas la personalidad de las hispanas; a las blancas la voz de las negras; a las cisgénero la realidad de las trans; a las ateas la libertad de las creyentes; a las ricas las decisiones de las pobres y a las heterosexuales las identidades de las lesbianas.

¡¡Es tiempo de la (R)evolución!!

 

            Autora: Dayque

 

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Foto de portada: QFem