Tengo 22 años, pero hace pocos que realmente estoy viva

 1625
noviembre 30, 2017

Autoría: Los versos que no nos dimos

 

Me llamo Patricia Alonso y tengo 22 años. Hace pocos que realmente estoy viva. Sufro un trastorno de alimentación desde que era pequeña. Tenía 9 años cuando empezó, aunque yo me di cuenta y todo se desencadenó a los 12 o 13, un simple comentario de alguien que quería, hizo que comenzara a autodestruirme sin notarlo, sin darme cuenta de dónde me estaba metiendo. ‘Jolín, Patri, cómo has engordado’. Fue la primera vez que vomité después de haber comido. Me costó, pero me sentí aliviada. Y así, poco a poco, el vomitar cada comida se convirtió en rutina. Me estaba refugiando en aquello que me iba a matar.

Siempre había sido una niña normal, de complexión delgada, tenía amigos, en el colegio todo iba bien, y yo, no parecía estar mal.

También la muerte de mi abuelo ese año me afectó, era como mi segundo padre y se fue sin despedirse.

La falta de alimento y el descontrol empezó a afectarme mentalmente: empezó la ansiedad seguida de la depresión, autolesiones, se me empezó a caer el pelo y los problemas de garganta por los vómitos. Las relaciones en casa eran insostenibles y con mis amigos también estaban cambiando las cosas, sentía que no era yo. Por un lado, estaban mis padres, que pensaban que eran cosas de la edad y decían que dejara de hacer el bobo, y por otro lado estaba yo, visitando páginas pro Ana y pro Mía, perdiendo peso, pero aparentando ser feliz. La pérdida de peso no suponía ninguna preocupación para el resto, ya que siempre había sido una chica delgada. Saltó la alarma cuando mi abuela me encontró sola, al lado de la tumba del abuelo, cortándome con algunos cristales que había allí.

-No está bien- afirmó  mi abuela. Ahí empezaron los psicólogos, tenía 13.

Pasé por muchos psicólogos, unos de pago y otros proporcionados por la S.S.

-Tienes depresión.– Decían.

-Y bulimia.– Contestaba yo. Era consciente de lo que me pasaba, y el decirlo abiertamente creo que fue una forma de pedir auxilio.

La solución siempre eran los antidepresivos, que sí, funcionaban hasta que volvía. Volvía la voz que me decía que acabara con todo, que no comiera, que tal vez le haría un favor al mundo.  

Con 15 años fui consciente realmente de que estaba enferma, leía mucho sobre esas enfermedades. Veía imágenes de chicas totalmente consumidas, y a pesar de no gustarme, había algo en mi cabeza que me decía que yo debía ser así si quería ser aceptada.

Supongo que me acostumbré a vivir con ello, siempre mintiendo y manipulando para salirme con la mía. Si ellos decían que solo era depresión, tal vez era yo la que estaba equivocada.

Pasaron los años y seguí con mi vida, siempre restringía e intentaba comer lo mínimo posible, y vomitaba si tenía la oportunidad, pero todo se había normalizado en casa y con mi círculo más cercano. Sabía que estaba enferma, pero no sabía que llegara a ser tan peligroso, así que le quité importancia.

Terminé Bachillerato, y la falta de estudios en mi pueblo prácticamente te obliga a irte si quieres hacer algo. Elegí León. Estaba cerca de casa y si pasaba algo estaría cerca de mi familia.

Empecé a estudiar estética, opción no muy adecuada para este tipo de trastornos. Todo fue bien, hasta que llegó la parte práctica de masajes. Mi cabeza explotó. ¿Cómo me iban a tocar? Así que preferí tirarlo todo por la borda y seguir en el juego. Dejé de ir a clase, de lunes a viernes los pasaba en pijama, sin salir de mi cama, cocinaba, le enviaba una foto a mi madre de la comida y la tiraba. No tomaba la medicación y las autolesiones iban a más. Los fines de semana tocaba aparentar normalidad en casa. Tenía un cuaderno donde apuntaba todo lo que le diría a mis padres, exámenes, notas, cenas, salidas. Todo era mentira. Todo. Incluso mis amigos habían normalizado el problema, me atracaba y luego vomitaba delante de ellos, pero siempre les había hecho creer que tenía algún problema de estómago y que no me sentaba bien la comida.

Se acercaban las Navidades, y con ello el final del trimestre. Mis padres obviamente esperaron unas notas. No las había. No había asistido a clase. No había hecho ni si quiera un examen. ‘Quiero hablar con tu tutora’, dijo mi padre. Sé que había sospechas de que algo pasaba.

Me vi pillada, pensaba que si se enteraban me matarían, así que decidí hablar con la orientadora del instituto y explicarle mi caso. A los cinco minutos de hablar conmigo, por fin me lo confirmó: Tienes un trastorno de alimentación.

Creo que me dio pena, pero vi la luz. Por fin alguien me daba la razón, por fin podría salir de todo eso.

Habló con mis padres explicándoles lo que es un trastorno de alimentación: ‘No son tonterías, es algo serio que hay que tratar, no se trata de comer, se trata de sanarse psicológicamente’. Nos mandó a una asociación de León, donde me hicieron mil preguntas, miles de cálculos y por fin, un diagnóstico. No me dieron más de dos meses. Tenía dos opciones, ingresar en el psiquiátrico de León, donde estaría ingresada con gente con todo tipo de problemas psicológicos, y se basaría en hacerme comer y no moverme hasta que llegara a mi peso y volviera a casa; y la segunda, viajar a Barcelona, a ITA, un centro privado especializado en Trastornos de Alimentación. Se me iluminaron los ojos, recuerdo que miré a mi madre y le dije ‘Mamá, por fin’.

Iban a curarme, iban a ayudar a que me quedara. Pero eso suponía irme y no saber cuándo volvería, alejarme de mis padres y de mis amigos. Tenía miedo, pero recuerdo que la semana de espera a que sonara el teléfono, fui feliz.

Y sonó, tenía que irme. Llegué a Barcelona con 32 kilos, pero no me lo pensaba cuando me preguntaban cómo me veía. Gorda. Me veía gorda.

El 10 de marzo de 2014 ingresé en ITA y comenzó mi recuperación. Mi diagnóstico era de Bulimia nerviosa purgativa. Nerviosa porque es mental, purgativa porque vomitaba.

Éramos unas 70 chicas, y cada día llegaban nuevas. ‘Pero si son todas preciosas, ojalá fuera como ellas’ pensaba yo. Creo que el problema es que todas pensábamos lo mismo.

Asistía a 5 terapias al día, teníamos nuestras pautas de comedor y todo, absolutamente todo estaba controlado. Hasta las horas de ir al baño y cada puerta.

El principio fue difícil, supongo que no entiendes qué haces allí. Yo lo entendí rápido, quería curarme y salir de allí lo antes posible, así que por una vez iba a hacer bien las cosas.

Dependiendo en la fase que estuvieras, tendrías unos permisos u otros. Empecé con ‘terapias terapéuticas’, donde salíamos acompañadas de un terapeuta e íbamos a merendar por Barcelona. Posteriormente, el siguiente permiso era salir con tu familia a hacer el almuerzo. Si lo hacías bien, podrías comer con ellos la semana siguiente, si no, estarías una semana incomunicada del mundo exterior. Al estar tan lejos de mi familia, ellos no podían visitarme cada fin de semana, así que me pasé un mes y medio de terapias terapéuticas, lo que me hacía pensar que no avanzaba, algo que me preocupó durante semanas y que me hizo querer abandonar.

‘Si te pides el alta voluntaria vas a volver en dos semanas’ – me decían las que se habían convertido en mi nueva familia. Al final cedí y decidí quedarme.

Todo fue avanzando bien, empecé a tener más visitas de amigos, y al tercer mes, vi a mi madre. Cuando me fui de casa, era incapaz de mirar a mi madre a la cara si no era para gritarla o discutir, llegando a irme varias veces de casa. Cuando la volví a ver, lo primero que hice fue pedirle perdón y abrazarla fuerte.

Todo iba bien, estaba fuerte psicológicamente, así que decidieron hacerme Fase 3 directamente y pasarme a permisos largos. Podría ir a casa, 4 meses después.

Las primeras visitas al pueblo eran raras, todo el mundo hablaba, y tenía que aguantar comentarios como ‘Bueno, ahora te sobran unos kilitos’ o ‘Estabas mejor antes’. En momentos así, era cuando realmente me daba cuenta de cómo estaba, ya que esos comentarios que en el pasado hubieran hecho que me encerrara en mi habitación durante semanas, ahora solo me hacían pensar: ‘Qué lástima esos que hablan sin saber’. No me sobraban kilitos, estaba sana.

De León a Barcelona y de Barcelona a León. Fueron tres meses de permisos largos, hasta que por fin, me dieron la opción de alta. Me darían el alta con la condición de seguir en un tratamiento y no abandonarlo, ya que no estaba al 100%.

Y allí me vi, en el ‘sillón de las altas’, era un sillón rojo, en la última planta, el cual solo se usaba para las personas que salían con el alta. Y allí estaba yo, sin creérmelo, contándole a mis compañeras nuevas que hace seis meses yo estaba como ellas, y que ellas algún día estarían sentadas donde yo lo estaba. Fuertes.

Volví a casa supuestamente recuperada, pero al salir de allí me sentí completamente perdida. Allí me sentía cuidada, protegida, nada podía hacernos daño allí dentro, hasta que volvías a la realidad. En ese momento llegué a Aclafeba, donde me rehicieron el diagnóstico, y este, por sorpresa, había cambiado. Ahora tenía Anorexia nerviosa no purgativa, que el Doctor Bombín me explicó que era normal pasar de una etapa a otra.

Fueron dos semanas maravillosas, estaba feliz de estar en casa, pero a la tercera semana, me volví a ver como había estado años antes. El tener anorexia me había descolocado por completo. No estudiaba ya que ya había comenzado el curso, y no sabía qué sería de mí. Las cosas en casa volvieron para atrás, las continuas peleas, los gritos, los ‘no me entiendes’. Necesitaba un cambio, ‘Papá, sé que te va a partir el corazón, pero si no salgo de aquí no sé cuánto tiempo aguantaré’.

Una de mis amigas vivía en Córdoba, y me propuso irme con ella un tiempo. Mis padres se negaban, ya que si estaba mal no podía irme, pues estaría peor. Tras las largas discusiones sobre el tema sin llegar a nada y solo empeorando la situación, decidí irme de casa a casa de mi abuela. A la semana siguiente, mi padre me fue a buscar y me dijo ‘Vete a casa, haz la maleta, y vete’. Me entró el miedo, no quería irme porque me echaran, quería irme con su aprobación. Al final quedamos en que me dejarían probar, pero que si no iba bien, volvería a casa. Así que dicho y hecho, a los tres días estaba en Córdoba, viviendo con amigos y dispuesta a salvarme la vida.

Las dos primeras semanas no fueron buenas, no encontraba mi sitio allí y al no tener a nadie que me controlara podía hacer lo que quisiera. Así que me saltaba comidas, pasaba días sin comer y volví a hacer deporte a escondidas. Me di cuenta de que algo no iba bien, pero cuando me di cuenta, ya estaba metida en una recaída.

Allí tuve ese click, que te hace despertar y moverte. Siempre diré que si no te salvas tú, nadie va a ir a salvarte. Volví siendo otra. Supongo que fue porque tuve que salir yo sola, sin ayuda de nadie, pero sabiendo lo que tenía que hacer y lo que no. Fue la primera recaída que superé sola, y no sabéis lo orgullosa que me sentí. No fue fácil, pero tampoco quise pensar que sería imposible. Empecé a comer y a hacer las cosas bien y todo empezó a cambiar. ‘Si tienes una mente positiva atraerás las cosas positivas’, dice Bernardo Stamateas, ese día le pude dar la razón.

Volví a mi pueblo tres meses después, y las cosas empezaron a ir bien, me apunté a un curso, algo que me tenía entretenida y me venía muy bien, y me aceptaron para estudiar otra de las cosas que siempre me había gustado, fotografía.

Actualmente, vivo en Valladolid y estoy estudiando Imagen e iluminación, aún acudo a terapias en Aclafeba y aún pienso cada día en la comida. Pero sé lo que está bien y lo que no.

Sé que no soy culpable de nada. Sé que puedo con ello. Sé que tengo que pedir ayuda. Sé que mis padres me apoyan. Sé lo que está mal y cómo no quiero volver a estar, y lo que no está bien lo quiero lejos de mí. Tengo que vivir en alerta, siempre, las recaídas van a seguir estando, pero siempre serán menos y menores. Es tiempo. Controlar al bicho, saber decirle a tu cabeza que no tiene la razón. Es como una radio puesta de fondo, y tú tienes la opción de bajarle el volumen. Ya no dejo que me controle, ahora la controlo yo.

Y hoy, no va por mí, va por mi familia, los que han sufrido tanto o más que yo, por Ana, mi Orientadora, que les abrió los ojos a los demás y me enseñó el camino, a Alba, mi psicóloga, por poner el primer peldaño de la escalera. A Aclafeba, por el trato recibido y sus ganas de ayudar siempre. Al Doctor Bombín, por esa bondad y esas ganas de dar vida. A Vinda y a Alicia, las cuales a día de hoy siguen luchando conmigo para que esté aquí haciendo una vida normal, sana, y feliz. Pero, sobre todo, por vosotros, los que lucháis día a día contra estas enfermedades, no os rindáis nunca, la enfermedad no es belleza.

 

 

Recuerda... ¡Si ayudarnos a crecer quieres, compartir este post debes!