El machismo ha dominado toda mi vida y no estoy dispuesta a que domine la de nadie más

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Por Editorial junio 18, 2018  más artículos

 

No sé cómo empezar. Soy una chica de veinticinco años y he sufrido tanto machismo e injusticias que aquí, en esta página, me siento libre por primera vez para contarle a todo Internet lo que he tenido que aguantar desde pequeña.

Mi infancia fue bastante represiva, porque me crié en el ambiente de una iglesia mormona, que censuraba el sexo, los novios y la homosexualidad. A mi alrededor, desde que era pequeña, ya me sentía como un pez fuera del agua, porque por naturaleza soy basta y poco refinada, para qué nos vamos a engañar. Si me parecía guapo un chico, yo quería contárselo a mis amigas, si tenía curiosidad por el sexo a los ocho años, pues allá que iba a hablar del tema. Pero, el resto del mundo no era igual, y todas las noches me iba a la cama llorando pensando que era impura y que iría al infierno, hasta que toda mi familia y yo nos salimos de ese ambiente cuando tenía unos doce años. Para entonces, ya había mamado tanta desigualdad que, aún a día de hoy, el primer pensamiento que me viene a la cabeza cuando me gritan cerdadas por la calle es que es culpa mía, por vestir con escote, maquillarme mucho o enseñar las piernas. Luego, pasa un segundo y la culpa desaparece, porque mi sentido de la lógica prevalece sobre las estupideces sexistas que me han metido en la cabeza de pequeña.

Pensaba que la pesadilla machista había acabado, pero el mismo año que me salí de la iglesia, un hombre me intentó violar un domingo a las seis de la tarde, con toda la calle llena de gente, presionando un cuchillo de caza contra mi cuello, manoseándome toda entera, haciéndome daño al agarrarme del brazo con esas asquerosas manazas de psicópata. No sé cómo logré escaparme, pero lo hice. Llegué corriendo a casa, se lo conté a mis padres y me lavé tanto los brazos para quitarme esa sensación de suciedad que me había dejado aquel hombre que casi me dejo los brazos en carne viva. Apenas me acuerdo de lo que hablé en la comisaría, pero sí que me acuerdo de que me dio tanta vergüenza contar que aquel hombre me había tocado, que dije que no había llegado a hacerme nada. La policía me dijo que probablemente él solo sería un pirado que quería asustarme, pero nunca le llegué a admitir a nadie que realmente sí me había tocado. Me sentía humillada, asustada y sucia pero, sobre todo, me sentía culpable. ¿Por qué? Por haberme dejado tocar, por no haber forcejeado más, por no haberme dejado matar antes de que aquel hombre me pusiera sus manazas encima. Siempre la culpa.

A partir de ese día tuve que dormir con una lucecita en mi cuarto. Empecé a tener pesadillas, insomnio, ojeras y bolsas. En la comisaría me habían mostrado unos cuantos álbumes de fotos, cada uno debía de contener doscientas fotos de hombres que habían agredido sexualmente, que habían acosado o que habían hecho exhibicionismo. Casi todos ellos estaban sueltos. No he vuelto a salir a la calle a gusto desde entonces.

Con la culpa, el insomnio y la baja autoestima, empecé a ser el blanco perfecto para todos los niñatos de clase que buscaban a alguien con quien meterse. Me desarrollé mucho y los últimos años de colegio fueron una pesadilla.

"Hemorroide con patas, mostacho, mujer lobo, Pinocho, doctora almorrana". Yo quería ser invisible, y ellos me tenían en el punto de mira. “Ellos” quiere decir los chicos, ellas me ignoraban. No se metían conmigo, pero tampoco me defendían. A esa edad, o intentas pasar desapercibido o te unes a ellos. No las culpo. 

Todos esos años de inseguridades por mi aspecto empezaron a tocar fin a los quince años, cuando mi cuerpo y mi cara cambiaron. Empecé a tener amigas y a divertirme, y entré en la vorágine de cuidar más mi aspecto que mis notas, con el fin de que nadie se metiera conmigo. Aún, a día de hoy, cuando veo a un grupito de adolescentes riéndose en voz alta, pienso que se meten con mi aspecto. Cuanto más guapa era, más chicos me hacían más caso del que yo quería, y más suspendía. Cuando empecé a liarme con chicos, pasé de ser la fea a ser la guarra.

Hagas lo que hagas, si eres mujer, te tienen que criticar por ello, así que seguí con mi vida y me empezó a resbalar todo lo que dijeran de mí. 

A los dieciséis años tuve mi primer novio. Llevaba cuatro años persiguiéndome y, como un clavo saca a otro, y yo lo estaba pasando mal por un chico, decidí darle una oportunidad. En qué momento. Me enamoré de él como una idiota. Cuanto más le quería, peor me trataba. Me presionaba continuamente para que tuviéramos sexo y, cuando no conseguía más que unos besos, me chantajeaba o me daba plazos. “Te doy una semana para que te quites esas tonterías de la cabeza de que no puedes enseñar las tetas”. Cosas así.

Yo le había contado lo que me pasó con aquel violador y, según sus palabras, él me estaba intentando ayudar a quitarme esas manías tan tontas que tenía con el sexo. Aparte del tema del sexo, me hablaba como si fuera estúpida, me mandaba, ninguneaba mis sentimientos y mis pensamientos, y yo cada vez le tenía más en un pedestal, y cada vez me sentía menos a su lado, hasta el punto de pensar que no lo merecía, que era él quien me hacía un favor y que debía complacerle o me dejaría. Y, así fue como me dejé violar. Una tarde, me presionó tanto que le dije que sí, que perderíamos la virginidad en ese momento. En cuanto me metió los dedos, sentí tantísimo dolor que le pedí que por favor parase. Pero, no lo hizo. Metió su rodilla entre mis piernas para que no pudiera cerrarlas y me penetró mientras yo lloraba de dolor, me retorcía y le pedía que parase. Estuve una semana sangrando. El sexo con él cada vez se volvió más violento. Me desgarró un pezón, todo mi cuerpo estaba cubierto de moratones con forma de dientes, tenía ropa rota, me llevé dos chichones en la cabeza y seguí sangrando hasta que me acostumbré. Con el tiempo, él cada vez empezó a mostrarse más frío y distante conmigo y, gracias al apoyo de mi mejor amiga, lo dejé.

La pesadilla no acabó ahí. Mi autoestima estaba tan minada que medía mi valía por la cantidad de chicos con los que me liaba y me acostaba, y volví con él. Volvimos y lo dejamos varias veces, con chillidos, celos y neuras de por medio, y corté todo contacto con él. A día de hoy, sigo soñando con él unas cuantas veces al mes y, cuando me lo encuentro, me suelen dar ataques de ansiedad e, incluso, alguna vez he vomitado. Él no sabe nada de esto, ni lo sabrá.

Inmediatamente después de aquellos episodios con mi ex novio, desarrollé un trastorno ansioso depresivo y, gracias a la medicación y a todo el apoyo que me han dado mis amigas, mi pareja y mi familia, estoy casi bien, y gracias a tanto pensar y razonar ahora me doy cuenta de cosas que no notaba antes.

Me doy cuenta de las miradas irrespetuosas y lascivas que me echan algunos hombres por la calle. Me doy cuenta de que mucho “sois unas exageradas”, “sois unas feminazis radicales”, pero poco respeto hoy en día por la calle. Soy de un pueblo de Madrid, pero hago un curso en Torrejón de Ardoz, y cada vez que voy a mis clases, no pasa NI UN MINUTO desde una mirada hasta un comentario. Me han llegado a seguir en coches, a seguir por la calle, agarrarme del brazo, masturbarse mirándome. Han cometido todo tipo de faltas de respeto menos la agresión física pura y dura, y estoy HARTA.

El machismo ha dominado toda mi vida, y no estoy dispuesta a que domine la de nadie más.

Basta de culparnos a nosotras y menos disculparles a ellos.

Que todas vosotras levantéis la mano si os ha pasado esto alguna vez, que seáis unas guerreras y contéis vuestra historia y os caguéis en el jodido machismo y en todos los que lo representan, y que seáis felices y libres.

 

¡MUERTE AL MACHISMO Y VIVAMOS NOSOTRAS!

                                                                                                 

                                     

Colaboradora: Loca Del Coño

 

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Foto de portada: pinterest