Narrativa patriarcal y madres: la dificultad de construir una narrativa feminista

 5867
Por Judith Bosch agosto 6, 2017  más artículos

 

"Cuida tus pensamientos, porque se convertirán en tus palabras. Cuida tus palabras, porque se convertirán en tus actos. Cuida tus actos, porque convertirán en tus hábitos. Cuida tus hábitos, porque se convertirán en tu destino." Mahatma Gandhi.

 

Esta cita de Gandhi es bastante conocida y suele circular por las redes sociales. También la comparten aquellas personas que dicen que el lenguaje inclusivo es una chorrada, que hablar en masculino no le quita relevancia social a las mujeres (nosotros, vosotros, ellos, los otros, niños, adultos, cada uno), que el lenguaje y el pensamiento no están conectados (esto a veces hasta te lo argumentan. Lo más surrealista que me ha ocurrido hasta la fecha es que me argumenten que el lenguaje y el pensamiento no están conectados nombrando a Chomsky), que las únicas que pueden acabar con el machismo son las madres, educando bien a sus hijos (no se les ocurriría en esta frase decir hijos e hijas, faltaría) y tampoco se les ocurriría mentar en la frase a los padres, porque el lenguaje no tiene relevancia, claro, ni la narrativa patriarcal les ha sorbido el seso hasta el punto de compartir la cita de Ghandi y al mismo tiempo defender que el lenguaje no se toque.

 

"Detrás de un gran hombre hay una gran mujer", y después de toda reflexión cuñada hay una madre. Las madres, siempre las culpables de todo. Machismo se escribe con eme, de mamá. Claro que sí.

 

"Si todas las madres dejaran de educar en el machismo, se acabaría el patriarcado". Te juro que he llegado a oír esta frase, ya no de cuñados que te dicen que el lenguaje, la inclusión de mujeres en el sistema educativo (científicas, escritoras, filósofas), los cambios en las leyes, los sistemas de cuotas… son hembrismo, que son las madres quienes tienen que educar en el feminismo (sí, se contradice todo el tiempo esta gente), sino de personas que se hacen llamar feministas. Estoy hablando muy en serio. Hay un buen puñado de personas que se hacen llamar feministas y se dedican, como los cuñados, a ridiculizar nuestro movimiento político echando mierda sobre las madres sistemáticamente. La frase, por cierto, me recuerda aquella de "si todas las personas nos pusiéramos de acuerdo y diéramos un brinco al mismo tiempo cambiaríamos el clima." Cualquiera de las frases del tipo "si todas las personas pobres se pusieran de acuerdo no habría clasismo o si todas las personas de otras etnias distintas a la caucásica se pusieran de acuerdo no habría racismo", suelen sonar bastante surrealistas, excepto cuando hablamos de madres, que si se pusieran todas de acuerdo podrían crear una nueva estructura social, política y económica, nuevas religiones, nuevas maneras de convivir… ¡Qué diablos! ¡Si se lo propusieran de verdad podrían crear un nuevo planeta! ¡Una nueva galaxia! ¡Revertir el Big Bang y dar lugar a un Universo distinto!

 

"¿Y por qué no se ponen de acuerdo, entonces? Porque son unas flojas y unas comodonas." Ese es el trasfondo de estas frases de manual: pura misoginia. Y lo peor de todo es que ocurre de manera inconsciente por lobotomía de la narrativa patriarcal.

 

¿Qué es la narrativa patriarcal?

Podríamos decir que la narrativa patriarcal es el conjunto de elementos del lenguaje y la comunicación oral y escrita que contribuyen a educarnos y socializarnos en la asimilación, aceptación y normalización del patriarcado como sistema natural de convivencia y desarrollo humano. A través de la narrativa patriarcal, que va modelando nuestro pensamiento y las perspectivas que tomamos para analizar el mundo en el que vivimos, interiorizamos la estructura patriarcal hasta el punto de no poder separarnos de ella ni mucho menos observarla en tercera persona. Nuestro destino, a partir de aquí, a menos que hagamos el sobreesfuerzo de formarnos, investigar y deconstruirnos en profundidad, es contribuir a perpetuar esta estructura.

Me gustaría hacer un paréntesis aquí, para copiar y pegar una cita de Susan Wright que Julieta Evangelina Cano incluyó en su tesis La «otredad» femenina: construcción cultural patriarcal y resistencias feministas: «En su forma más segura, una ideología aparece como hegemónica. Esto es, se torna tan naturalizada, dada por hecho y ‹verdadera› que las alternativas están fuera de los límites de lo imaginable. […] en su dimensión hegemónica, la cultura aparece como coherente, sistemática y consensuada» (Wright, 1999:132).

Este estadio hegemónico e incuestionable del patriarcado no puede alcanzarse sin que nuestros actos cotidianos, nuestros hábitos, los pensamientos y la manera con la que narramos, aprendemos y explicamos el mundo se retroalimenten.

De hecho, el lenguaje y la narrativa que bebemos durante nuestras etapas tempranas de aprendizaje, presentes en la comunicación oral, los cuentos, los dichos populares, los libros de texto… son responsables, en gran medida, de que asimilemos como normal el sometimiento, cosificación y explotación de las mujeres y lleguemos a participar en ello. En este punto, me gustaría aprovechar para recordar este artículo que, igual que la cita de Ghandi, también ha dado mil vueltas por las redes sin llegar a mover un ápice de pensamiento crítico: "Una Inteligencia Artificial se vuelve racista y machista al aprender a leer."

 

¿Dónde está presente la narrativa patriarcal y cómo nos afecta desde la infancia?

 

Sería mucho más fácil responder a la pregunta ¿dónde no está presente? Pero vamos a hacer acopio de paciencia y pongamos un ejemplo práctico. El mío sirve. Nací en 1982 y así transcurrió mi infancia:

Mi madre hizo lo posible para educarme en casa (era feminista, contraria al sistema y había estudiado psicología y pedagogía). Una de las primeras cosas que me dijo cuando empecé a tener uso de razón, fue: "van a contarte muchas mentiras a lo largo de tu vida. La primera de ellas se llama Dios, la segunda, y no menos importante, es que por ser mujer tienes menos capacidades y habilidades que los hombres. Eso sí y te lo digo desde ya: por ser mujer vas a tener que esforzarte el doble que un hombre para conseguir la mitad de su reconocimiento."

¿Y sabes qué? Así, de entrada, sin que el mundo te haya tratado mal, desde la comodidad de tu casita con jardín en la que tu madre te levanta a las seis de la mañana para estudiar y te invita a escribir, dibujar, coleccionar piedras u hojas de plantas, no es agradable ni te encaja la posibilidad de pillarle antipatía al mundo. Así que, desde que tuve uso de razón hasta los ocho años, edad en la que empecé a ir diariamente al colegio, mi mayor empeño era rebatirle a mi madre la no existencia de Dios, que se me antojaba un señor la mar de simpático, así como la existencia del machismo (mi padre era un trozo de pan, ¿qué me contaba esta mujer de que a los hombres se les educa para estar por encima si mi padre me animaba a hacer de todo y aguantaba todas mis perrerías?).

Como digo, a los ocho años empecé a ir diariamente al colegio. Mi madre no pudo encontrar un colegio laico, así que en clase de religión me metían en la biblioteca y, en los recreos, las niñas y niños me acribillaban a preguntas sobre mi ateísmo. Esto, si te educaste en una familia laica en la España profunda de los ochenta y noventa, seguro que también lo has vivido. Aquí ya el tema de Dios empezó a resultarme desagradable, pero porque mi madre me prohibía ir a religión (catolicismo, si me dejas puntualizar. En clase de religión se estudiaría la historia de todas las religiones. Las clases que en España se llaman clases de religión son, en realidad, clases de catolicismo). Esto es: si no se me hubiera prohibido ir a religión y no hubiera vivido ese choque frontal que había entre el resto de niñas y niños y yo, Dios, en ningún momento, habría despertado en mí ninguna controversia. Me habría parecido de lo más natural que fuera hombre, creara al hombre a su imagen y semejanza y, de la costilla del hombre, creara a la mujer, con el fin de complacer al hombre en todo y darle hijos. Esta narrativa religiosa es una base muy sólida que refuerza todo tipo de violencias contra la mujer. Y ya no solamente por los aspectos troncales de la misma (completamente androcéntricos y misóginos) sino por el sinfín de mensajes que convierten cualquier libro sagrado monoteísta en el manual del perfecto femicida (todos los libros sagrados monoteístas te explican en qué casos castigar a una mujer; en qué casos venderla; en qué casos violarla; en qué casos cobrar por esta violación, como padre o hermano de la mujer; en qué casos lapidarla hasta la muerte, etc).

Volviendo al tema de las indicaciones de mi madre: para mí era importante encajar, como para cualquier niña de mi edad, así que si mi madre no me hubiera prohibido ir a clases de catolicismo, sus indicaciones sobre Dios me las habría pasado por el forro. Creer en su existencia me venía estupendamente bien para el desarrollo de habilidades sociales y relaciones afectivas con niñas y niños del colegio. Mi madre, prohibiéndome ir a clases de catolicismo, propició ese choque frontal que me abrió la mente en los años sucesivos. No fue ella quien me enseñó nada a través de los conocimientos que trataba de trasmitirme: ella simplemente aceleró la hostia social de la que aprendería el transfondo normalizador y adoctrinador de la religión. Universidad de la vida que la llaman, las madres solo son intermediarias que aceleran o retrasan las hostias que nos cambiarán la percepción del mundo; pero nos empeñamos en convertirlas en seres extraordinarios capaces de cambiarlo todo, que eso nos sale más rentable emocionalmente que analizar la sociedad en la que vivimos y aplicar cambios en todos los ámbitos.

En mis primeros años de colegio también aprendí la narrativa patriarcal implícita en la manera en la que nos explican el mundo los libros de texto: la historia del hombre; el hombre del neolítico; el hombre pisa la luna; Juanito tiene tres naranjas que reparte entre sus dos amigos; la madre de Fernando le prepara una cesta con cinco manzanas y un bocadillo… Mi madre insistía mucho: «no digas hombre, di ser humano». ¿Sabes cómo se tomaba el profesorado que interrumpiera en mitad de la clase para decir «No es el hombre, es el ser humano»? Risas a mansalva, que dieron como resultado acoso escolar hasta octavo de EGB. El acoso escolar estaba propiciado por estas «Salidas de tono de tu hija, que no sabe estar callada y siempre interrumpe las clases» [SIC] y por la manera en la que se había desarrollado mi narrativa personal, gracias a la educación en casa.

En casa no se me había enseñado a definirme como una niña guapa, alegre y sonriente a la que le gustaban las muñecas, el color rosa y jugar con las amigas. Era una maldita bocazas que siempre tenía que decir todo lo que pensaba y cuestionar lo que hiciera falta. Y esto, si te digo la verdad, me fastidiaba bastante. Ni recuerdo la cantidad de veces que le dije a mi madre «¿Por qué no soy una niña normal? Quiero ser una niña normal». Pero, ¿qué era una niña normal?

 

Aquí entramos en la narrativa que nos brindan centenares de cuentos machistas de niñas lindas y sonrientes cuyo único cometido es limpiar su casita, estar felices o quietecitas y esperar a que un príncipe las salve. También tocamos la narrativa social que se cierne en torno a la niña, a la que no se la nombra en el plano lectivo: cada vez que las seños o los profes (ojo ahí también a esa distinción) hablan de la infancia a la que enseñan dicen niños. La definición de niña la encuentras en los cuentos machistas, los programas de televisión machistas, los anuncios sexistas de juguetes y en la narrativa social de tu entorno: "mi hija es muy limpia; la hija de menganita ya sabe cocinar y hace su cama y la de su hermano cada mañana; la hermana de Ciclanito es muy guapa, mucho, mucho; de mayor los chicos harán cola en la puerta de su casa; mira qué trenzas tan bonitas lleva la sobrina de Fulanito."

En este contexto global de patriarcado hasta en la sopa no hay manera de que no te engulla la narrativa creada para normalizar la inferioridad jerárquica de las mujeres. De nada sirvieron en aquellos años las instrucciones, prohibiciones y conocimientos que trató de inculcarme mi madre, la amargada (así la veía su entorno y así aprendí a verla yo. A ver, no nos engañemos: mi madre no era la personalización de la alegría ni mucho menos, pero aquel amargada, realmente, no hacía alusión a su carácter, sino a su empeño por nadar a contracorriente).

A los dieciséis, aunque siguiera siendo considerada la rara de cualquier lugar, escribía en mis cuadernos de notas: "los hombres tenemos que ser más comprensivos los unos con los otros; uno tiene que adaptarse al entorno tratando de mantener un pensamiento libre; el hombre que reflexiona pero no actúa, no será capaz de cambiar nada; el hombre es lobo para el hombre; el hombre es egoísta por naturaleza y está llevando al planeta Tierra a la perdición…" Cada vez que le echo un vistazo a aquellos cuadernos de notas, me estremezco. ¿Sabes lo violento que resulta para una niña aprender e interiorizar que el mundo es de los hombres y acabar escribiendo con su propio lápiz los hombres son para referirse a la especie humana? ¿Sabes la indefensión adquirida que lleva consigo eso? Si eres mujer, lo sabes perfectamente, porque lo has vivido en carne propia.

 

Si quieres profundizar, escribiendo en Google entre comillas «Narrativa patriarcal», tienes bastante información que puedes ir seleccionando y estudiando poco a poco. Te lo digo porque esto no acaba en la infancia. Frases como «Los hombres no se pueden controlar y violan por instinto» o «Los hombres son todos unos hijos de puta» forman parte de la narrativa patriarcal. Igual que la actual dulcificación de instituciones patriarcales tan antiguas como la prostitución, a través nomenclaturas adaptadas a los nuevos tiempos como "trabajo sexual" o "trabajadoras sexuales". Se trata de una narrativa viva y en movimiento que tiene capacidad para reinventarse e, incluso, vestirse de progreso.

También hay narrativa patriarcal y perspectiva patriarcal en el mundo de las ciencias, tan neutro que parece y carente de ideología. ¡Ya! Es patriarcal hasta el tuétano, como todo lo demás, y si quieres profundizar sobre ello, te aconsejo que leas los siguientes artículos: Ruth Hubbard, desde la investigación de punta a la crítica feminista de la cienciaLa ciencia patriarcal, por Diana Coblier y Respuesta femenina a ‘El origen del hombre’ de Charles Darwin.

 

¿Qué ocurre cuando nuestras madres tratan de inculcarnos una narrativa feminista?

Puede que no ocurra absolutamente nada. O puede que, simplemente, tu madre contribuya a acelerar la hostia social que te cambie el chip y te invite a pensar diferente. Las madres no son responsables en absoluto de la creación y perpetuación de esta narrativa patriarcal. Las madres pueden participar en ella, como cualquier otro ser humano educado en el patriarcado, o bien, pueden rebelarse y mantenerse fuertes ante el acoso que sufrirán sus hijas e hijos.

Nadar contracorriente es duro. Las feministas que hablan ahora de la responsabilidad de las madres y la educación feminista, se han encontrado con todo hecho y un mundo que acepta ciertas posturas contracorrientes. ¿Por qué? Esta flexibilidad, sobre todo, se ha iniciado desde el ámbito educativo y por presiones políticas del movimiento feminista, que es un movimiento político, no un grupo de cuñadas que les echan la culpa de todo a las madres mientras defienden el alquiler de mujeres para sexo o gestación. Eso no es feminismo. ¡Ni carnets ni san carnets! Los carnets que no te quitamos no te dan descuentos para comprar los libros que no lees. Tanto hablar de carnets para desacreditar argumentos nos tiene hartas.

Aquí quiero hacerte una pregunta: ¿cuántas compañeras feministas de familias profundamente machistas conoces? Yo no las puedo ni contar. De hecho, conozco a más feministas procedentes de familias profundamente machistas que a feministas procedentes de familias en las que hubo una madre amargada tratando de abrirle los ojos a su hija. De estas familias sí conozco mujeres que aún están rompiéndose la cabeza buscando investigaciones científicas que demuestren que las mujeres somos inferiores a los hombres. O mujeres que dicen "yo no soy feminista, yo no necesito el feminismo". Y tantas otras burradas. ¿Por qué? A veces, demostrarle a tu madre que se equivocaba, es una gran motivación para defender lo contrario que te quiso inculcar. Las madres feministas tienen muy mala hostia y aún no se nos perdona la mala hostia a las mujeres, sino que esta mala hostia sirve como incentivo para tratar de aplastarnos con insistencia.

 

¿Cómo construimos una narrativa feminista?

Es responsabilidad de todas las personas e instituciones luchar activamente por la igualdad que tanto promulgamos y a la que tantas trabas ponemos porque "no, el lenguaje no se toca; no, la Biblia es la Biblia; no, que los cuentos machistas se sigan enseñando en las escuelas; no, que las mujeres se sigan alquilando, que es su decisión libre ser alquiladas para sexo o gestación; el machismo es un asunto de las madres." ¿A que es divertida esta postura? Esto no es feminismo. Es muy fácil ser feminista de boquilla mientras hablas por hablar, ni siquiera te informas a consciencia, ni te has planteado deconstruirte y defiendes la igualdad por inercia, sin saber que todo lo que dices al respecto es lo contrario a la igualdad.

 

Todas las personas e instituciones tenemos la responsabilidad de nombrar a las niñas en el sistema educativo y decir «niños y niñas», por ejemplo, y si es poco económico, nos jodemos, pero la visibilidad de nuestras niñas tiene que ser prioridad.

Todas las personas e instituciones tenemos la responsabilidad de trabajar por una narrativa global que deje de presentar a las niñas como cositas bonitas y complacientes, para presentarlas y explicarlas como personas con metas propias.

Todas las personas e instituciones tenemos la responsabilidad de criticar duramente el humor machista costumbrista, los dichos populares machistas, y esas frases que soltamos por inercia y le dan a los niños licencia para violentar y a las niñas justificaciones para aceptar esta violencia.

Todas las personas e instituciones tenemos la responsabilidad de incluir en el currículum académico y narrativa de nuestra historia a mujeres que contribuyeron a los avances tecnológicos, sociales y económicos y hasta ahora han estado silenciadas, como Margaret Hamilton, que programó el Apolo XXII hasta la luna; Alice Guy, la verdadera inventora del cine; las matemáticas Sophie Germain y Emmy Noether; la astrofísica Jocelyn Bell, y tantos ejemplos más, empezando por filósofas feministas que toda adolescente ha de estudiar por libre porque están completamente vetadas en la escuela (bueno, hoy por hoy también está vetada la filosofía. Nada de pensar, mucho menos pensar y analizar el patriarcado. Ojo con eso. Luchemos para seguir caminando hacia adelante y trabajar el pensamiento crítico).

Todas las personas e instituciones tenemos la responsabilidad de abrir la mente y los conocimientos, para que las madres que decidan una educación feminista puedan hacerlo sin que nadie las llame amargadas y las niñas que abran los ojos en una escuela y una sociedad cada vez más igualitarias puedan explicarles el feminismo a sus madres.

El feminismo no es una moda ni una postura particular que cada cual defienda de boquilla con base a sus propios intereses y gustos. Es un movimiento político profundo y un asunto de todas y de todos, que ha de estar presente en todos los ámbitos que afectan al desarrollo individual y social de las personas, que es donde está metido y bien enraizado el patriarcado. ¡Basta ya de eludir responsabilidades colectivas vendiendo el maldito cuento de las súper madres, que ya cansa!

 

Y recuerda... ¡Si ayudarnos a crecer quieres, compartir este post debes! 

 

Sigue leyendo la serie "Narrativa patriarcal y madres"

Foto de portada: Facebook / Zarva Barroso