La amante de aquel gran romántico

 1994
Por Q agosto 6, 2017  más artículos

 

 

I

 

        Hoy he soñado con algo maravilloso. Hoy, en mi dulce sueño, había empezado un nuevo día, un día diferente a los demás. Todos los días suelen ser muy parecidos, pero este difería hasta en la fuerza del sol rozando mi cara.

     Me había levantado en la mañana más luminosa de todas. Me parecía estar en una playa tropical, tomando zanahoria y olvidando el día en el que me encontraba. No recordaba lo que había ocurrido el día anterior y me importaba muy poco lo que ocurriera en el siguiente. Quería vivir esta sensación, este día, como el único de todos, como el fin de una vida o el principio de una nueva.

     Me sentía feliz sin motivo alguno y deseaba hacer un largo viaje; un viaje que me llevase hasta el fin del mundo, hacia todos los lugares que alguna vez había deseado visitar. 

     Hoy, como todos los días, al levantarme y pensar en sueños inalcanzables bajo el efecto del caluroso sol, me había aproximado hacia el cuarto de baño, donde todas esas ilusiones y fantasías desaparecen tras un fuerte golpe de agua fría sobre los ojos. Una vez allí, incliné mi rostro hacia el lavabo y, girando pausadamente la llave del grifo del agua fría, mi cara fue impregnada con agua dulce, cálida y maravillosamente refrescante. Después de vencerme en el lavabo durante un buen rato, permití al agua cesar, recordando las continuadas palabras de mi madre, exigiéndome algo de ahorro. Elevé mi cabeza y dirigí mis ojos hacia el diminuto espejo ovalado que, desde que yo tenía uso de razón, había estado colocado en la pared sobre el lavabo. Pero, mi sorpresa se amplió tal y como se agranda el sol al atardecer, cuando en esa pared no encontré el espejito elíptico, sino un enorme espejo del que no era capaz de percibir sus extremos y, en el que todo lo que en él se reflejaba, se convertía en una bella imagen. Así ocurrió conmigo. Hoy me había mirado en ese espejo y, para mi asombro, mi hermosura vulgar se había metamorfoseado en la concepción más perfecta de belleza que jamás hubiera imaginado. Mi rostro había cambiado, pero, sin embargo, había un enorme parecido con mi antigua apariencia. Parecía que estaba observando, en ese enorme espejo, a una hermosa hermana mía que nunca antes había visto.

     Mi endeble y graso pelo negro había dejado paso a una larguísima cabellera cobriza, que en su final se enrollaba para formar enormes rizos, como enormes tirabuzones. De pequeña, yo recordaba tener un cabello como este. Mi pelo se rizaba en su terminación y mi madre lo recogía en una inmensa cola de caballo de manera que pudiera presumir lo mejor posible del cabello de su niña.

     Yo acariciaba el cabello extraño que se posaba sobre la cabeza de “mi hermana”, y sentía un efecto abrumador en el que me consideraba una hormiguita endeble que debía sostener el doble de su peso con una sola mano que se enroscaba en esa melena increíble. Cuando mis manos percibieron su suave espesor, se acercaron a acariciar mi rostro y a sentir una piel suave sin la más mínima imperfección. Mis ojos se habían agrandado y su color marrón claro había sido sustituido por un color azulado. Aquellos ojitos pequeños habían desaparecido y unos ojazos azules habían ocupado su lugar.

     Estaba aturdida, pero me encontraba tan dichosa que no me importaba saber siquiera qué fenómeno había producido esta situación anormal. Quizás mis ojos seguían cegados por los humores viscosos que se depositan en nuestros párpados por las noches y que solemos llamar legañas. A pesar de que mis manos no hacían más que llevar abundante agua hacia mis ojos, seguía viendo, tras ellos, a la mujer más bella del mundo.

     Mi nariz era diminuta, por lo que no difería demasiado de su aspecto anterior. Mis labios eran algo más carnosos, y el rojo intenso que siempre había estado allí, se intensificaba aún más. Mis mejillas se coloreaban y unos hoyuelos las deformaban ante mi sonrisa. Mi 1´60 de altura se convertía en 1´75 o más. Mi figura se estilizaba y mis curvas eran mucho más curvadas. Tenía unas medidas perfectas, una sonrisa maravillosa y una felicidad inmensa. ¿Qué más podía pedir?

     Solamente deseaba sumergirme en un mar totalmente azul y permanecer allí el resto de mi existencia, concediéndole a Neptuno el privilegio de acariciar mi rostro y mi cuerpo durante toda la eternidad.

Yo seguía enamorándome de esta preciosa mujer en la que me había transformado y me preguntaba cómo el espejo que se encontraba frente a mí, me lucía tan admirable.

 

     Tras unos interminables momentos de confusión, decidí rozar con la yema de los dedos el gran espejo. En ese mismo instante, el espejo pareció moverse y, tras él, un mundo nuevo parecía tomar vida. Alcé la cabeza y dirigí la mirada por encima de mi cabellera. En esta angustiada búsqueda por localizar todo en su lugar y mi cuarto de baño empapelado con tonos rosas, me encontré con una antigua habitación. Antes de girar la cabeza hacia atrás, miré hacia abajo y, allí, el lavabo donde apoyaba mis brazos, había desaparecido y, en su lugar, una palangana de metal rebosante de agua fresca se ofrecía de soporte.

    Cuando giré todo mi cuerpo hacia el centro de la habitación, hallé una gran cama recubierta por una blanca colcha repleta de encajes. Al lado derecho se situaba un colosal armario de madera. Me acerqué hacia la puerta de este y, con cuidado y asombro, deslicé mis manos buscando el cerrojo que me permitiese saciar mi curiosidad. En su interior, una abundante cantidad de vestidos con interminables largos e igualmente interminables escotes, eran amontonados uno tras otro, esperando ser colocados en este agraciado cuerpo que alguien me había dotado. Sin duda se trataba de la habitación que siempre hubiera deseado tener y los vestidos que siempre me hubiera puesto. Ahora tenía la oportunidad y no pensaba dejarla escapar. Introduje mi mano en la abundancia de vestidos de todas las gamas, y alcancé aquel que me pareció más digno de acariciar mi cuerpo.

    Me situé frente al espejo que me había descubierto este nuevo mundo, y coloqué sobre mi cuerpo, el vestido más bonito que pude encontrar en ese ingente armario. Tenía un color azul, tal como el que muestra el cielo en sus mañanas más soleadas, que hacía un juego perfecto con mis ideales ojos. Un elegante escote con forma de barco dejaba descubierto mi cuello, decorado ya por un collar de perlitas blancas. Mi cintura quedaba estrechamente ajustada por una cinta blanca que permitía un delicado deslizamiento de la falda azul por mis caderas serpenteantes y mis piernas extraordinariamente largas. Mis pies eran vestidos por unos zapatos de tacón blancos. Jamás había llevado un zapato con tacón, entre otras cosas, porque no guardo con demasiada precisión el equilibrio. Sin embargo, me sentía como si toda la vida hubiera estado vistiendo así y comportándome como una dama de algún siglo pasado.

 

     Observándome en el espejo me parecía ver a la mujer más linda; una mujer que era ajena a mí. Sin embargo, yo era la que pensaba, la que reía y la que daba vueltas por toda la habitación creyendo ser un pájaro libre para volar por donde quisiera. Así me sentía yo, increíblemente satisfecha.

     Cuando suspendí mis giros, una mesita llamó mi atención. Estaba situada en un pequeño y oscuro rincón de la habitación y se percibía gracias a una lámpara que la alumbraba. Sobre ella encontré un óleo sobre lienzo enmarcado que representaba el retrato de una familia. En esa imagen pude ver mi nuevo cuerpo retratado junto a un hombre de avanzada edad, una mujer igualmente mayor y dos muchachas muy semejantes a mí. Era muy extraño. Esa gente me resultaba muy familiar y, sin embargo, nunca antes los había visto.  

Un cajón se entreabría bajo la mesita. En su interior solo había un viejo libro con cubierta de piel. Según rezaba la contraportada, se trataba de un conjunto de poesías completas pertenecientes a un autor llamado Garcilaso de la Vega.

Abrí el libro y comencé a leer algunos versos. Una vez más tenía la extraña sensación de resultarme familiar lo que percibían mis ojos, a pesar de no haberlo escuchado ni leído antes. Conforme iba leyendo, más me maravillaba la forma que tenía ese Garcilaso de enamorar mediante palabras.

     Una aguda voz interrumpió mi lectura y alimentó mi inquietud. En ese momento aparecía por la puerta una muchacha muy parecida a mí. Yo diría que tan solo su edad, algo más avanzada y sus ojos negros nos diferenciaba.

   - ¿Qué haces en ese rincón? ¿No sabes que es muy tarde y debemos salir con nuestra madre?- dijo la mujer que posaba junto a mí en el retrato de familia. La mujer permanecía mirándome asombrada ante mi extraña posición curvada y derrotada en el suelo con la mirada pegada al libro de Garcilaso.

   - Lo siento, no entiendo nada.- Contesté yo, esperando una explicación, mientras mis piernas me elevaban hasta su altura.

   - Julia, ¿a qué viene esto?- La que sería sin duda mi pariente se llevaba las manos a la cabeza con resignación y esperando captar una palabra coherente.

   - ¿Yo me llamo Julia?- Pregunté con asombro. La verdad es que no sé porqué lo pregunté. Era de suponer que también tuviera un nuevo nombre después de tantos cambios.

   - Julia, por favor, quiero que vayas al salón y hablemos tranquilamente. Es obvio que has sufrido un trastorno. Llamaré al doctor.- Su cara se impregnaba de tristeza y comprensión hacia la situación por la que estaba pasando, y de la cual yo todo lo desconocía. La muchacha, extasiada ante mi comportamiento, abandonó rápidamente la habitación.

 

    Julia, Julia,... Cada vez que pronunciaba este nombre mis sentidos se alumbraban como si aquella a quien llamaba sorprendidamente se tratase de mí misma.

    En ese momento, por más que lo pretendía, no podía recordar nada de lo que había ocurrido anteriormente. Apenas recordaba cómo había llegado allí y no tenía la menor idea de qué había sucedido antes de ir al cuarto de baño. Intentaba recordar mi verdadero nombre, pero no había manera de situar sobre mí otro apelativo que no fuese Julia. Me sentía ella; me sentía Julia y creía haber olvidado mi vida anterior.

    Me encontraba allí, plantada frente al espejo que me dotaba de toda la identidad que me faltaba. Julia era definitivamente mi nombre y mi cuerpo desconocido se convertía, para mí, en el laberinto más fácil de descubrir.

    Cuando me disponía a obedecer las órdenes de la mujer que había interrumpido mi lectura, el espejo me indicó una nueva curiosidad, situada en el lado izquierdo de la habitación, el cual no había investigado todavía.

    Me acerqué, y allí encontré un tocador de madera repleto de perfumes, joyas y pinturas. Me senté en una silla frente a la cómoda y coloqué mis codos en el borde de ésta. Frente a mí, otro espejo me miraba con admiración; éste era bastante más pequeño que el anterior y su forma era ovalada como el espejo de mi cuarto de baño.

Entre todas las joyas, una pulsera atrajo mi atención. Se trataba de una continuación de circonitas verdes entrelazadas que establecían una forma semejante a las olas del mar. La rodeé en mi muñeca y cerré el broche con fuerza con la esperanza de no perderla nunca.

   

     Cuando admiraba cada una de los objetos que se posaban sobre el tocador y que se habían convertido en propiedad mía, la misma voz aguda que anteriormente me pedía volver en razón, me llamaba por el nombre de Julia con insistencia.

   - Julia, Julia. Hace ya un buen rato que te dije que vinieses al salón. No espero más.- Me decía la voz desde otras habitación de la que desconocía su ubicación.

   - Ya voy, espera un momento.- Le respondía mientras deambulaba de un cuarto a otro, buscando la voz que me reclamaba.

     Al fin llegué a la habitación de la que salía el grito histérico de la muchacha. Se trataba nada menos que del último cuarto que había en toda la casa, el cual era denominado insistentemente por la mujer como el salón.

    Ella permanecía sentada en una mecedora. Se balanceaba una y otra vez esperando mi llegada. Cuando me divisó desde la puerta me pidió que entrara y dijo:

   - Siéntate mujer. Tenemos mucho de qué hablar. No sé qué te ha ocurrido para comportarte de tal manera. Quiero que me lo expliques todo detalladamente, antes de que venga nuestra madre.- Ella, la que era sin más vacilaciones mi querida hermana, permanecía con la mirada puesta directamente en mí, solicitando repuestas, explicaciones.

    En ese mismo instante comencé a recordar. Recordaba a la perfección quién era yo, por qué está allí y quién era esa mujer.

   - Perdóname, Isabel. He estado algo tensa y no sabía lo que hacía. Ahora, viéndote ahí sentada, mi mente se ha aclarado al instante.-

   - Gracias a Dios, creí que te habías vuelto loca.- Suspiraba Isabel observando mi buen estado.

    De una manera increíble, había conseguido entenderlo todo. Yo era Julia Espín, una bellísima mujer de la alta sociedad madrileña, hija pequeña de don Joaquín Espín, persona notable por su relativa privanza con la Corte.

Mientras contemplaba aquella habitación, aún no divisando con total conocimiento todos los objetos, me sentía como en mi casa e iba olvidando con una facilidad pasmosa todo lo anterior; todo lo referido a mi situación de muchacha prosaica del siglo XX.

   - ¡Esto es maravilloso! ¡Todo es increíble! Gritaba yo repleta de alegría observándome en ese cuerpo, y en ese lugar, que rebosaba elegancia.

   - ¿Qué pasa ahora?- Me preguntaba mi hermana Isabel con cara temerosa.

   - Nada de lo que tengas que temer, hermana. Solamente creo que me he dado cuenta de que todo esto es estupendo. Tenemos una preciosa mansión y somos auténticas señoritas.- Mi emoción se elevaba con estas palabras y mis hoyuelos marcaban mis mejillas ante una continuada sonrisa.

   - No me lo puedo creer, Julia. Nunca te había visto tan feliz.- Decía asombrada mi nueva hermana.

Yo, formada totalmente como Julia, pensaba como ella, una muchacha engreída y egoísta; pero, sin embargo, este brusco cambio había afectado a la presumida de Julia, porque, al igual que la que residía ahora dentro de ella, se sentía dichosa de tener lo que poseía y de vivir ese momento de descubrimiento.

   - Bueno, Julia, debemos marcharnos. Mamá seguramente se habrá marchado ante nuestra tardanza, pero nosotras debemos dar el paso diario por el parque.- Decía mientras recogía el bolso y la sombrilla.

   - De acuerdo.-

     Abandonamos el salón principal sin apenas tener la oportunidad de observarlo con detenimiento. Solamente precisé un balcón que se situaba al frente de la habitación y que me produjo una atención especial y el deseo de echar un vistazo por él, como si el propio cuerpo me lo pidiese. Pero no pude llegar hasta él, puesto que la agudísima voz de Isabel me llamaba persistente.

Bajamos unas viejas escaleras, en las que la madera desgastada no hacía más que crujir como si en unos instantes fuese a caer toda la construcción sobre nosotras. Cuando mi hermana Isabel abrió el pesado portalón de la casa que daba acceso a la calle, tuve la oportunidad de sentir de nuevo esa radiante luz del sol que calentaba mi rostro con ímpetu.

   - Rápido, Julia, abre la sombrilla. No valla a ser que te quemes la cara con el sol.- Me ordenaba Isabel con pánico, mientras ella intentaba taparse en lo posible con su paraguas, sus guantes y su extraño sombrero de plumas.

    Obligada por esa vocecilla que me volvía a insistir, cubrí mi melena con un sombrero del mismo color que mi vestido. Mi hermana sacó de su bolso de mano, unos guantes blancos que me ofrecía mediante gestos, y que me puse inmediatamente impidiendo a Isabel pronunciar una palabra más. Mientras tanto, ella me cubría con su sombrilla esperando con impaciencia mi rapidez al abrir el parasol que ella misma me había ofrecido.

 

II

     Cuando a mi hermana le pareció conveniente iniciar el paseo, nuestro camino fue interrumpido por dos hombres muy apuestos, altos y muy guapos, que se posaron junto a nosotras, sonrieron, y uno de ellos dijo:

   - Buenos días señoritas. Está usted bellísima esta mañana, señorita Julia. Sus pupilas azules quedan remarcadas gracias al hermoso atuendo que viste en este luminoso día.- Dijo aquel hombre que se inclinaba haciendo una reverencia, sin apartar ni un instante la mirada de mis ojos, esperando con anhelo una mirada mía, que yo le concedía con mucho gusto.

   - Muchas gracias, amable caballero. Es usted encantador, ¿Cuál es su nombre?- Mi sonrisa se acentuaba contemplando a ese hombre que acababa de conquistarme.-

    En cambio, Isabel, el hombre encantador y su acompañante, no reaccionaron como yo, y me observaban extrañados ante mi comportamiento. Yo no entendía nada. Solo quería ser cordial con ese hombre que me admiraba. El hombre me contemplaba casi petrificado, pero con una sonrisa amable que no apartó de su rostro durante mucho tiempo. Yo también le observaba y le sonreía abiertamente. Me había gustado su forma caballerosa de comportarse, su elegancia y su hermoso rostro. A pesar de que era imposible recordar su cara, yo sabía que lo había visto antes, y que igualmente antes me había halagado.

    Él era realmente atractivo. Yo permanecía embelesada observando sus movimientos, sus miradas hacia mí. Era bastante alto. Tenía una figura endeble en la que no asomaba la más mínima musculatura. Su elegante postura y vestimenta le bastaban para desearlo apasionadamente. Su rostro era maravilloso. Sus grandes ojos negros mostraban la timidez de un hombre enamorado. Los rizos oscuros de su cabello obstaculizaban su mirada puesta directamente en mí. Él los apartaba con sus manos; unas manos largas, de auténtico pianista. Bajo sus ojos se situaba una nariz admirable, sin imperfecciones de ningún tipo, que daba paso, mediante un majestuoso y refinado bigote, a unos labios afables, retocados por un intenso rojo que proclamaba el deseo de sentirlos acariciando los míos. Su barbilla era decorada por una cortés perilla.

  

    En ese instante, mi hermana tomó mi brazo y nos retiramos apresuradamente de la conversación. El hombre me miraba desde lo lejos con desesperación e inquietud. Isabel me arrastraba hasta el otro lado del camino y me decía con voz muy bajita: -¿Cómo es posible?-

   - ¿Qué ocurre? ¿Me he comportado incorrectamente?- Le pregunté esperando que ella resolviese mis dudas.

    Mi hermana, confusa ante el imprevisto, me dijo: - No, no has hecho nada fuera de lugar.  

   - Todo lo contrario. Has tratado a ese señor de una manera muy digna. Quizá yo he sido la grosera, pero mi sorpresa ha sido máxima cuando he comprobado tu reacción ante las palabras de ese muchacho.-

Yo, extrañada aún más que Isabel, le pregunté: - ¿Qué motivo habría para no ser cordial con un caballero tan fantástico?-

  - Nada cariño. Simplemente que tú no eres cordial.-

No podía creer lo que me decía Isabel; las expresiones que pronunciaba contra mí esa señorita a la que llamaba hermana, eran crueles. Según ella, esta mente con la que ahora pensaba, antaño había sido, además de egoísta y algo engreída, impertinente y maleducada. No, no podía creerlo.

 

   - Cuéntame más de ese hombre. Probablemente será el golpe que me he dado esta mañana contra la cama, pues me es imposible recordar nada de lo que me dices.-

   - Está bien. No te preocupes. Sentémonos aquí.- Me decía mi hermana mientras me indicaba el banco donde debía recostarme y escuchar asombrada las historias sobre mi conducta.

   - Ese hombre es un poeta sevillano llamado Gustavo Adolfo y, que según tengo entendido, firma sus obras con el apellido de su padre, Bécquer.-

Ese nombre, Bécquer, me acercaba poco a poco a la identidad del muchacho al que anhelaba, al que deseaba abrazar y demostrarle mi nueva y encendida pasión.

    - Es hijo de un pintor costumbrista de Sevilla y de una señora de reconocido valor. El caballero que le acompaña es su biógrafo, llamado Julio Nombela. Siempre que el poeta puede, procura pasar por el portalón de nuestra casa, esperando que, desde el balcón, llegue un día como éste y lo mires fijamente a los ojos y le sonrías.-

   Yo no podía creer lo que decía; pensar que jamás había observado los grandes ojos del poeta de mi corazón.

   - ¿Es eso cierto, Isabel?- Le pregunté a la mujer que se sentaba junto a mí, mientras agarraba su brazo buscando ansiosa una respuesta negativa.

   - Claro que es cierto. ¿Crees que yo te engañaría? Por favor, Julia, intenta recordar algo.-

   - No puedo. Por favor, sigue hablándome de ese hombre.-

   - No hay más que contar. Solamente que ese hombre lleva persiguiéndote seis largos años, y tú siempre le has rechazado. Además, tú, a pesar de los rechazos, te has convertido en su musa, y gracias al amor platónico que siente por ti, está componiendo una serie de rimas dedicadas por entero a su perdido amor: Julia Espín.-

    No podía ser verdad. Yo deseaba enérgicamente acercarme al galán que había arrebatado mi corazón; el corazón que no había evolucionado negativamente; aquel que deseaba amar y sentir el amor. No lograba comprender que, una vez, lo menosprecié.

   - ¿Cómo puedo pedirle perdón?- Insistía yo con mi mano sobre el delgado brazo de mi hermana.

   - Ya lo has hecho. Le has proporcionado la mayor felicidad a ese poeta. Tú le has mirado y, para él, eso es lo mejor del mundo. Ya se puede morir en paz.-

Sus palabras me resultaban demasiado atroces. Yo le preguntaba: - ¿Por qué hablas de esta manera, Isabel?-

   - Tu poeta se está muriendo, Julia. El día que os conocisteis, hace ya seis años, él venía de la consulta del médico. El doctor le había examinado y encontrado en sus pulmones la mortal tuberculosis. No te preocupes, tú no tienes la culpa de su enfermedad-

    A pesar de las palabras de consuelo de Isabel, yo me sentía destrozada. Mi inmensa placidez se había esfumado y, en su lugar, una tristeza abrumadora me oprimía el pecho de tal manera que ni el aire me llegaba para poder respirar correctamente.

    Ya conocía todo sobre el poeta. En cambio, me sentía culpable por lo ocurrido. Yo había sido cruel con él y debería intentar cubrir todo el dolor que ocasioné a mi gran amor. 

 

    Una ráfaga de aire alivió mi desesperación y una luz cortante iluminó mi rostro. El provocador del corte de la luz en mi cara era Gustavo. Él se acercó a mí con la cara impregnada de optimismo refulgente y dijo:

- “Hoy la tierra y los cielos me sonríen; hoy llega al fondo de mi alma el sol; hoy la he visto..., la he visto y me ha mirado...¡¡Hoy creo en Dios!!”-

Cuando el poeta finalizó el recitar de los versos más bellos que jamás habían rozado mis oídos, mi corazón palpitaba fuertemente y mi rostro anunciaba una sonrisa sobrecogida. Yo estaba completamente sorprendida y, sin saber cómo actuar, una carcajada eclipsó el silencio.

   - Eres sorprendente, Gustavo. Espero volver a verte muy pronto.-

   - Cuando tú lo desees yo surgiré de las oscuras profundidades para posarme a tus pies, mi diosa.- Dijo el poeta sujetando mi mano cuidadosamente.

    Yo sujeté su mano cuando se dispuso a elevarla, y le dije al oído: - Deseo que me recites más versos. ¿Podrías verme mañana en este parque?-

    Gustavo, atónito ante mi proposición, dijo susurrando: - Aquí estaré mañana, a esta misma hora, esperando a que la mujer más bella del mundo me reciba.- Él se alzó dejando mi mano sobre mi falda, y le pidió a Julio Nombela que continuasen su camino. Los caballeros se despidieron y nosotras seguimos con nuestro paseo diario.

    Yo, emocionada, le comenté a mi hermana: - Isabel, amo a Gustavo.-

 

Mi hermana no sabía cómo reaccionar ante mi repentino enamoramiento: - No sé por qué actúas así, pero creo que es demasiado tarde para dar marcha atrás a seis años y adorar a un hombre que está a punto de morir.-

   - Le quiero y le ofreceré mi amor hasta el día de su muerte.- Decía la nueva Julia suspirando como suspira una niña con el primer beso.

   - Haz lo que quieras, pero será mejor que no lo difundas demasiado, hay muy malas lenguas por ahí y tu reputación de señora independiente y sobria podría derrumbarse.-

   - Me es indiferente, Isabel. He cambiado y no deseo ser la mujer fría que era antaño.- Mi hermana parecía comprender mi pasión. Yo tenía la sensación de que ella me entendía porque sentía lo mismo que yo; el amor había llegado a su corazón.

 

     A la mañana siguiente, después de asearme frente al enorme espejo que me había proporcionado la felicidad, y tras vestirme correctamente para mi primera cita con el hombre de mis sueños, me dispuse a bajar las escaleras de madera y a aproximarme hasta el portalón donde esperaría a mi ansiado poeta.

    Una vez allí, mi romántico escritor esperaba en el banco donde nos despedimos la mañana anterior.

   Él giró la cabeza ante el agudo ruido de mis tacones y el fuerte contoneo de mis caderas. Gustavo, extasiado ante la maravillosa visión, se levantó torpemente y dirigió hacia mí una reverencia muy cordial.

   - Buenos días, señorita Julia. Está usted radiante esta mañana.-

   - Gracias, Gustavo, yo opino lo mismo de ti.-

   - Perdone que le pregunte...- Me decía él.

   - Pregunta sin miedo.- Le interrumpía yo.

   - Creo estar en un maravilloso sueño, en el que la mujer más amada por mí, me recibe con aprecio. ¿Es eso cierto?-

   - La verdad, Gustavo, es que yo también estoy confusa. Pero creo que este es el mejor sueño que jamás haya tenido y espero que dure mucho tiempo, y tú, mi poeta, estés a mi lado hasta el final.-

   - Me halagan tus palabras y me retienen tus súplicas. Yo solo me alejaré de tu lado cuando tú lo ordenes, musa de mis versos.-

 

     Había mucha gente en el parque esa mañana, seguramente más que la anterior. Yo tenía que actuar coherentemente, tal y como me había advertido mi hermana Isabel, y no difundir mi amor a los cuatro vientos. De lo contrario, la gente podría pensar mal de mí. Le pedí a Gustavo que me llevase a un lugar no frecuentado, donde solos él y yo, pudiéramos manifestar abiertamente nuestros sentimientos. Él me indicó el camino y los dos marchamos hacia allí. Una vez atravesado el parque, la iglesia y el ayuntamiento, el camino se hacía más estrecho. Era un camino para ganado. Según tenía entendido, por él pasaban todos los días decenas de agricultores que habitaban en pequeñas chozas a las afueras de la ciudad y, que por motivos de manutención de sus familias, se trasladaban hasta la metrópoli para malvender sus escasos productos cultivados a los propietarios de grandes comercios de alimentación.

    Gustavo conocía bien el camino de los ganaderos; sus pies iban con ligereza y su orientación no se extraviaba lo más mínimo. Era de entender que su paso por allí era habitual en los agradables días de mayo, cuando la lluvia ha cesado, las amapolas florecen y la brisa comienza a adquirir una calurosa apariencia.

    Al fin llegamos a la culminación del estrecho camino. Se trataba de un gran boscaje repleto de olmos por el que aparecían numerosos campesinos cargados con enormes cestas y enormes sacos saturados de patatas, tomates y otras hortalizas.

   El poeta tomó mi mano y, girando su cabeza y alzando su brazo, dirigió su índice hacia una choza propia de una familia campesina. La sonrisa de Gustavo se acrecentó y su mirada anhelaba un asentimiento por parte de mi rostro para aceptar la supuesta propuesta de acomodarnos en la choza y hablar con tranquilidad. Yo, extrañada ante la muda situación, me adentré junto a él en el bosque, esperando llegar a la puerta de madera que se divisaba aún algo borrosa.

    Conforme íbamos avanzando hacia la casa, el bosque se cerraba tras nuestros pasos. Miraba hacia atrás y no podía divisar nada más que centenares de olmos. Aquellos amables campesinos, que saludaban con la mano alzada, habían desaparecido y, solamente, Gustavo y yo, seguíamos nuestra caminata.

 

    Una vez que estábamos frente a la choza que Gustavo indicaba con su dedo poco antes, mis piernas subieron los peldaños de la escalera con una ligereza anormal; como si todos los días de mi vida, yo, una niña que siempre ha vivido en un tercer piso con ascensor, hubiera subido y bajado esos peldaños que me resultaban, como anteriormente me habían resultado otras tantas cosas, muy familiares.

    Gustavo me ayudó a finalizar mi andadura y con una sonrisa interminable me levantó del suelo y sujetó mi cuerpo entre sus brazos aparentemente fuertes.

    En ese momento, yo me sentía volar, como si aquel increíble hombre hubiera llegado desde el cielo igual que un ángel de grandes alas, y me hubiera regalado el mundo entero.

    Entre sus brazos me sentía segura, feliz y abrasadoramente amada. No deseaba que jamás me soltase, que me dejase en el viejo suelo de una choza de campesinos y volviese a la realidad terrenal. No. Yo quería seguir soñando con mi ángel de rizos oscuros.

Entre miradas y sonrisas, nuestro amor inesperado creció; creció de tal manera que, sin darnos apenas cuenta, nuestros cuerpos, al compás de la dulce melodía del amor, se unieron con el anhelo de no separarse jamás, de no ser divididos por ninguna triste u odiosa circunstancia.

    Mi amor por el poeta más romántico e infeliz de todos los tiempos aumentaba de una manera pasmosa. Era increíble la sensación de placidez que abrumaba mi exhausto pecho, mis torpes manos, mis ojos cegados, mis labios ardientes, mis temblorosas piernas,..

Ese hombre se había convertido, en cuestión de unas horas, en mi alma gemela, en la persona más importante de mi vida, en mi ilusión y en mi sueño hecho realidad.

   - Te amo, Gustavo.- Le decía mientras mis manos acariciaban sus rizos.

   - Yo te adoro, mi amor. Nunca pensé que pudieras ser mía, tan sólo una vez, y.., ahora que te veo, aquí a mi lado, permitiéndome acariciar tu dulce cuerpo, soy el hombre más feliz del mundo.- Decía mi poeta enamorado mientras presionaba su pecho firme contra el mío.- Gracias a ti, amada mía, idolatro la vida y olvido por completo mi angustiada enfermedad.-

   - Me alegro. No quiero que sufras, porque mi corazón se romperá en mil pedazos si tú estás triste un solo instante de tu vida.- Mis labios rozaban su cuello y mis manos se adelantaban hasta los botones de la camisa, dispuestas a deshacerse de ella y dejar al poeta medio desnudo.

    Gustavo entrelazaba sus brazos por detrás de mi espalda, con el propósito de desatar las cintas con las que mi cuerpo quedaba sujeto al vestido. La dura tarea de desnudar el vestido y el corpiño interior que estrechaba mi pecho y mi cintura, se hizo menos persistente gracias a una pequeña ayuda que brindé a mi amado escritor de rimas.

Mis manos se unieron a las suyas; mi cuerpo se enlazó con su cuerpo y mis labios saborearon los suyos.

    Mi pelo recogido en una enorme rosca, perdió su forma y dio paso a la melena excesivamente larga que había conocido la mañana anterior frente a mi amigo el espejo.

Nuestros cuerpos se desnudaban a la vez que nuestra pasión se acrecentaba. Él me observaba y acariciaba mi piel con perseverancia. Sus labios recorrían mi pecho. Yo me estremecía ante tal efusión.

    Aún permanecíamos en la entrada de la casa, cuando Gustavo indicó de nuevo un camino. Arrastrada por la excitación, seguí sus pasos que me dirigieron a una habitación algo desoladora; una habitación que, sin duda, necesitaba un toque de amor desenfrenado; aquel amor que Gustavo y Julia le iban a conceder.

Al fondo, una cama ocupaba la mayor parte del dormitorio. Gustavo deslizó mi cuerpo por la cama que se convertiría en nuestro lecho.

 

     Tras la enardecida unión, esa mujer en la que me había convertido y que decía llamarse Julia Espín, la musa perfecta del poeta romántico, reposaba en un fogoso lecho de alianza. Gustavo enredaba sus dedos en mi melena mientras me decía:

   - Eres maravillosa. Si hubieras protagonizado el encuentro de las tres diosas con el troyano Paris, la chantajista Venus no podría haber hecho nada ante tu divinidad.-

    Mi rostro se inundaba con una sonrisa permanente. Las palabras de mi amado eran alegre sinfonía para mis oídos. Sin saber por qué yo reía sin parar y él me observaba como si pudiera conocer lo que yo pensaba, leer mis pensamientos como en un libro abierto. Él continuaba cortejándome:

   -  Cupido al fin se ha puesto de mi lado, y ha enviado al centro de tu corazón la flecha más profunda que posee.-

   - Estoy segura de eso, mi amor. Junto a ti me siento enamorada como nunca antes lo había estado, y me parece llevar toda la vida contigo. No creo que hayan pasado seis años y que no haya ocurrido esto antes.-

   - Yo sólo sé que prometí un día que siempre esperaría tu cariño, y por fin gozo de él. Yo solamente soy un poeta delirante y vulgar, pero tú, mi musa perfecta, quedarás inmortalizada en cada una de mis rimas, plasmando nuestros desamores y nuestro extraordinario encuentro.-

    Con estas palabras, mis ojos agotados quedaron nublados por mis párpados que lentamente se cerraban ante el abrumado cansancio. Gustavo me arropaba con una sábana blanca y me abrazaba con la esperanza de evitar el contacto del frío con mi piel.

 

III

      Era ya bastante tarde cuando mis párpados permitieron a mis pupilas azules ver algo más que la profunda oscuridad. Yo frotaba mi cara con fuera, consiguiendo mantener los ojos medianamente abiertos.

    Pero, cuando desperté y observé mi lado izquierdo, un hombre desconocido se encontraba junto a mí. Sí, se trataba del poeta de pelo rizado que todas las mañanas esperaba bajo mi balcón alguna atención por mi parte.

    Sin entender el porqué, había convertido una cama anónima en mi lecho de amor. Ese poeta corriente que esperaba enamorarme, me abrazaba adormilado y acariciaba mi melena. Julia era la mujer fría de siempre, que se dejaba ver más que nunca; esa mujer de clase alta, que supuestamente siempre había sido dominante, engreída e insociable, había regresado desde las profundidades más oscuras del corazón de la niña que permanecía en su interior y que, sin saber por qué, vestía sus ropas y ultrajaba su cuerpo.

    Yo, esa niña que amaba al poeta romántico, había desaparecido, y una mujer arrogante le pedía al señor Bécquer que se retirase de aquella habitación y le permitiese acicalarse como una dama honesta. 

    Gustavo no entendía nada. Todo su mundo se derrumbaba ante sus pies. Él amaba a Julia y, en cambio, ella rechazaba sus explicaciones, sus palabras de amor.

   - No sé qué ha ocurrido, pero no deseo verte nunca más.- Julia arrojaba sobre Gustavo toda su ropa y le empujaba como si de un perro se tratase.

   - Yo te amo, Julia. Cupido se ha equivocado de flecha, pero podemos olvidarlo y reconstruir nuestro amor nosotros mismos, sin la ayuda inútil de ese dios irresponsable.- Gustavo intentaba adelantarse hacia Julia, pedirle perdón por cualquier cosa y cortejarla durante toda la eternidad.

   - Lo siento. Tú eres un poeta imaginativo a quien basta un atisbo de ensueño para dar rienda suelta a tu fantasía, a tu inspiración. Creías que una única sonrisa bastaría para drogarme y traerme a este arrabal. Todo ha sido una farsa.-

   - No me importa lo que digas. Yo se que tu mente está confusa, tienes miedo de que ocurra lo peor, que tu adorada madre te desprecie ante tal injuria. Yo seguiré esperándote hasta que tú accedas a nuestro amor.- Gustavo dejaba la habitación lentamente. Mi arrogancia no me consentía sentir el amor que me había abrasado poco antes.

 

     Julia, angustiada, se vistió rápidamente y, como si un soplo de viento la arrastrase, se marchó de la choza de campesinos, sin dignarse tan siquiera a dirigir una última mirada a su amante olvidado.

    Cuando marchaba escuché al poeta, como en un murmullo, recitar lo que me pareció unos versos: -“Ahora ya los cielos no sonríen; la choza, este catre, mi yacer llenan de lodo mi destino; ahora el cielo llora, ¡es mi sino!; ¿Dónde está la sonrisa de Dios?-

                                                                     (Versos de mi amigo Antonio Hidalgo)

 

    Volví por el camino de ganaderos hasta mi casa en el centro de la ciudad, atravesando el ayuntamiento, la iglesia y el parque.

    Una vez allí, ante el portón de la casa donde siempre había vivido con mis padres y mis dos hermanas, volví a sentirme enamorada de Bécquer. El daño, sin embargo, ya estaba hecho. Una lágrima enrojecía mi mejilla y, desolada, me pegunté: “¿Por qué no lloré, cuando en mi mano estaba mantener nuestro mutuo amor?”

    Subí las escaleras pasivamente y, a pesar de destrozar todo lo bello que nacía en mi interior, yo tenía la certeza de poder rehacer el corazón atormentado de Gustavo. Él me esperaría, como todas las mañanas, bajo mi balcón, y yo estaría allí para recibirlo de nuevo.

    Cuando llegué a mi habitación me acerqué al espejo y me observé en él. El espejo reflejaba a una mujer muy hermosa, con enorme tristeza y resignación; una mujer malvada y arrepentida; una preciosa muchacha que deseaba una segunda oportunidad por parte de Venus y de su apreciado Bécquer.

    Tal y como había hecho en otra ocasión, decidí rozar con la yema de los dedos el gran espejo, y tal y como había ocurrido en otro momento, el espejo pareció mover sus láminas sigilosamente. No le di más importancia de la que tenía, pues el cansancio me hacía ver visiones sin sentido.

Tendida en la cama, mis ojos se cerraron anhelando el amanecer.

 

     Cuando la luz del sol golpeó mi cara, mis párpados se entreabrieron. Entonces recordé lo ocurrido la noche anterior. Tenía que llegar hasta el balcón y esperar a Gustavo para pedirle perdón.

    Mis piernas levantaron mi fatigoso cuerpo y se dirigieron sin más guía que la intuición hasta el salón donde se encontraba el balcón. Sin embargo, mi búsqueda fue inútil. Allí, donde ayer vi a mi hermana Isabel balanceándose en la mecedora, ya no existía. Para mi asombro me encontré en una habitación empapelada con color azul y con carteles pegados en la pared que reflejaban máquinas que, en el tiempo de Julia Espín, no tenían lugar. El dormitorio, aparentemente habitado por un niño de corta edad, permanecía rodeado de trastos. Una cama se situaba a un lado, un armario al otro. Cerca de la ventana se erigía un extraño aparato cuadrado de color grisáceo con un cristal central. A su lado, una estantería de madera estaba repleta de libros. Las tapas de estos libros eran muy extrañas. Cuando se abrían, en su interior no se encontraban hojas de papel endeble con palabras plasmadas en ellas, sino insólitos rectángulos rígidos. Alcé mi brazo y agarré uno de estos “libros” y en su portada encontré un título innovador: - “STARS WARS” = “La Guerra de las Galaxias”.- Seguí leyendo..: - Parte 2ª : “El imperio contraataca”. Eran extrañas para mí esas palabras. Yo, una señorita del siglo XIX, no estaba acostumbrada a ver estos infrecuentes signos. También aparecían retratos de hombres muy apuestos y de una mujer con un peinado extravagante. Las estrellas que yo solía observar por la noche desde mi balcón, quedaban reflejadas en un lienzo de inusual textura.

 

      Volvía a estar profundamente confusa. Cuando al fin conocía mi verdadera identidad, me encontraba en un lugar poco habitual en mi época.

    Salí de la habitación y me adentré en un largo corredor que se dirigía directamente al dormitorio en el que me había despertado. Al lado izquierdo de mi supuesta habitación existía un aseo. Me dispuse a entrar y, en él encontré una palangana de enormes dimensiones y un espejo ovalado más pequeño. Sus paredes estaban recubiertas por un color rosa semejante al rosa que solía tener el pastel de fresa que preparaba mi hermana Isabel en tardes primaverales.

    Cuando mi rostro tropezó con el pequeño espejo elíptico, mi confusión se transformó en un asombro terrible. Mis ojos azules se habían ennegrecido, y mi extensa melena había sido recortada hasta la altura de mi barbilla. ¡Oh! Mi barbilla presentaba impurezas muy notables. Mis labios eran demasiado finos y mi rostro era grasiento al igual que mi pelo. Sin embargo, había un gran parecido con mi antigua apariencia. Parecía que estaba observando, en ese diminuto espejo, a una fea hermana mía que nunca antes había visto.

    Mi escultural cuerpo había pasado a ser una simple línea recta sin atractivo alguno.

    Julia, la fría mujer que se había enamorado de aquel gran romántico, permanecía atrapada en el cuerpo de una adolescente.

    A pesar de mi repentino cambio, mantenía aún en mi mano la pulsera de circonitas verdes que había encontrado, unos días antes, en la cómoda de mi antiguo dormitorio.

 

     Julia no entendía nada. Creía que su mala suerte era un castigo de Dios por no haber amado y respetado el corazón de Gustavo. Ella se sentía vulnerable y deseaba obtener una explicación, salir de allí y volver junto a su amado.

    No sabía qué hacer. Decidí sentarme sobre la cama y reflexionar sobre lo sucedido; intentar hallar el gran enigma de esta historia.

     En ese momento, alguien llamó a la puerta y, a continuación, una mujer entró en la habitación con una bandeja en las manos.

     Entusiasmada, salté de la cama y me dirigí hacia la mujer: - Isabel, gracias a Dios que estás aquí. ¡Qué miedo he pasado! ¿Dónde estamos?-

     Efectivamente, esa señora era mi hermana. Solamente su edad más avanzada y sus ojos negros nos diferenciaba. Isabel mantenía su bella apariencia. Nada había cambiado en su cuerpo. Hasta su comportamiento era el mismo. Me observaba asombrada ante la situación que divisaba desde sus enormes ojos azabaches y me suplicaba diciendo:

   - Para un momento. ¿De qué me estás hablando? Debes haber dormido mal. Anoche llegaste a casa muy tarde. ¡Sabes que no me gusta que salgas con ese chico! Seguro que te ha drogado. Toma zumo y duerme.- Isabel me entregaba un vaso colmado de líquido naranja.

    Sus palabras me extasiaban. Ella pensaba seguramente que estaba loca, igual que había ocurrido días antes, cuando me amenazaba con llamar al doctor si no me comportaba correctamente. Mi hermana seguía diciendo:

   - ¿Te encuentras mal, hija mía? ¿Quieres que vayamos al médico en un momento? Tengo el citroën aparcado en doble fila. Date prisa,... iremos al ambulatorio.-

   "Citröen", "ambulatorio", ¿a qué se referiría Isabel con esas palabras? ¿Por qué me llamaba hija?

Sin entender nada, yo obedecí a Isabel, como era mi costumbre desde que tenía uso de razón. Vestí mi diminuto cuerpo con ropa propia de campesinos y me dispuse a bajar el portalón. Sin embargo, mi cuerpo no tenía fuerzas para llegar hasta la puerta de cristal que se ofrecía, en lugar del portalón, como salida hasta la calle. Mis piernas débiles y cortas se rindieron, al fin, en uno de los peldaños, y mi cuerpo abatido permaneció encorvado allí, hasta que Isabel subió a rescatarlo.

   - Hija, ¿qué te ocurre? ¡Oh! Estás demasiado débil. Llamaré al médico de urgencias y llegará en un momento.- La voz de mi hermana, que persistía en llamarme hija, estaba cada vez más lejos de mis oídos. Apenas percibía sus lamentos orientados hacia mí. Mis párpados se cerraban y mis ojos nublados no divisaban la figura de Isabel. Ella intentaba distraerme para evitar que cayese en un profundo sueño. Me sujetaba con fuerza mientras me trasladaba al dormitorio desde las escaleras. Mi cuerpo descansó sobre la confortable cama y mi hermana me sonreía lejanamente acariciando mi pelo grasiento.

 

    Los párpados de esta nueva cara se abrieron y los ojos negros que antaño fueron azules como el intenso color del cielo, divisaron borrosamente el rostro apacible de un señor conocido para Julia Espín; se trataba de Julio Nombela, aquel amable hombre que paseaba junto a su mejor cliente todas las mañanas bajo el balcón de la musa perfecta de Bécquer, el poeta más romántico del siglo XIX.

    Mi voz no tenía fuerza para emitir un saludo al señor Nombela y preguntarle por mi amado escritor. Pero mi sonrisa lo recibía cortésmente, esperando alguna buena noticia de Gustavo.

    Él me observaba, colocaba inusuales instrumentos en mi cuerpo y conversaba con mi hermana Isabel.

   - ¿Es algo grave, don Hilario?- Le preguntaba mi hermana a Nombela, utilizando un falso nombre y mirándome con pánico.

   - No hay nada que temer. Sólo es una mala indigestión. Probablemente ayer noche alguien introdujo en su bebida alguna droga de diseño.- Julio Nombela hablaba con palabras técnicas y yo no entendía nada. Él continuaba diciendo:

   - La jaqueca, los mareos y los vómitos serán frecuentes en las próximas horas. Sólo le receto estas pastillas y un continuado descanso.- El disfrazado Nombela le entregaba a Isabel una pequeña caja de medicamentos.

 

    Indudablemente, mi hermana, el biógrafo Nombela y mi amado Gustavo se habían hecho cómplices de un asesinato; de mi asesinato. Esas pastillas conseguirían trasladarme a un estado de somnolencia continua, y la coartada ante el tribunal de justicia no sería otra que las palabras del “doctor” Nombela, atribuyéndome una psicosis incurable. Gustavo me odiaba con razón y quería vengarse por mi desfachatez.

    Mis ojos observaban vagamente a los dos traidores. Mi hermana se aproximó a mi cama con una taza en la mano derecha y una pastilla blanca en su mano izquierda.

 

    A partir de ese momento, mi memoria quedó nublada y me fue imposible recordar nada más. Solo sé que desperté cuando la luz del sol rozó mi rostro sensiblemente y me proporcionó la sensatez para identificar mi mundo del avanzado siglo XX.

 

    Es imposible. Mi cerebro no se hace a la idea de que haya sido un simple sueño o el efecto del LSD en mi vaso de la pasada noche. Para mí ha sido el encuentro de mi alma con el más allá; con una vida anterior, con un pasado que he hallado tras el diminuto espejo del cuarto de baño. Una nueva oportunidad de satisfacer a mi amado Bécquer; una nueva vida que malgasté y que siempre pesará en mi corazón.

    Si alguna vez soñáis algo y creéis que es la historia más maravillosa del mundo, no dejéis de plasmarla en unas hojas de papel, ni de preguntaros por qué ocurrió, qué hizo que vosotros os dirigieseis hacia allí.

 

   - Julia, ¿qué haces escribiendo? Estás muy débil. Descansa.- Isabel acaba de entrar en mi habitación, y como siempre insiste para que le obedezca.

   - Lo siento, mamá. Ya he terminado.- Debo retirar de mis manos el cuaderno que me sirve de apuntador, pero una última curiosidad que recorre mi mente debe ser saciada. Interrumpo la marcha de mi madre diciéndole: - Mamá, espera un momento.-

   - ¿Sí, hija? - Contesta aquella preciosa mujer que una vez confundí con Isabel Espín, girando la cabeza y aproximando su cuerpo hacia mi posición reclinada sobre la cama.

   - ¿Existe algún poeta conocido del siglo XIX llamado Bécquer?- Mi perplejidad se acrecienta ante la actitud de conocimiento por parte de mi madre.

   - Claro que sí. Además es muy bueno. No escribió mucho por causa de una enfermedad, pero tiene una gran obra titulada “Rimas y Leyendas”. Me parece que en la biblioteca de tu padre podrás encontrarlo.-

   - ¿Sabes algo más de él? - Mis ojos apuntan directamente a los de mi madre queriendo saber mucho más. 

- Solamente he leído sus rimas y son maravillosas. Según su historia, fueron compuestas por inspiración de una bella musa que jamás le correspondió, llamada como tú: Julia.-

Mi rostro se ilumina ante las palabras pronunciadas por mamá.

   - ¿Puedes traerme esas rimas, mamá?-

   - ¿Me prometes que después dejarás ese viejo cuaderno y descansarás de una vez?-

   - Sí, lo haré.- Mi madre es feliz con una insignificante afirmación y ahora marcha airosa hasta la habitación repleta de estanterías de madera, con libros en su interior, a la que mis padres denominan biblioteca.

   Tras un interminable minuto, mi madre aparece de nuevo por la puerta y, entre sus manos, diviso el libro de rimas.

   - Aquí tienes.- Mamá posa el libro en mis manos y éstas lo abren escrupulosamente. Yo me dispongo a recitar los versos que un día el poeta escribió para su musa:

   - “Si al mecer las azules campanillas de tu balcón, crees que suspirando pasa el viento murmurador, sabe que, oculto entre las verdes hojas, suspiro yo.

    Si al resonar confuso a tus espaldas vago rumor, crees que por tu nombre te ha llamado lejana voz, sabe que, entre las sombras que te cercan, te llamo yo.

     Si se turba medroso en la alta noche tu corazón al sentir en tus labios un aliento abrasador, sabe que, aunque invisible, al lado tuyo respiro yo”.-                                                                         

 

    Cuando mis labios terminaron de pronunciar estas palabras, mi corazón latía con la mayor fuerza del mundo. A pesar de todo, yo sentía el amor de Bécquer. Sabía que esos versos habían sido escritos para mí, un instante después de haberme marchado aquella tarde de la casa de campesinos.

    Mi madre tocaba mi cuerpo, esperando una reacción, pero mi cuerpo no sentía nada en ese momento. Yo había sido la amante de aquel gran romántico. Y, a pesar de nuestro fatal final, tengo la certeza de que él sigue amándome como yo lo amo. Aquella noche terminó nuestro amor terrenal, pero mi ángel de rizos oscuros me espera en lo más alto del cielo para continuar nuestra interminable historia de amor.

     Hasta entonces, mis labios rozarán los versos de Bécquer todas las noches antes de conciliar el sueño, recordando los momentos que Julia y Gustavo pasaron juntos aquella perdida y olvidada tarde del siglo más romántico de todos. 

   

 

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